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Banco basura: los antecedentes del plan para salvar a Wall Street

En primer lugar, hay que diferenciar que hay dos clases de activos financieros de mala calidad, los que son malos y los que «están mal». Por ejemplo, los activos garantizados por créditos hipotecarios ruines otorgados sin criterio para los tomadores subprime son «malos». No hay duda. Pero otros activos «están mal». Son los casos de algunos bonos corporativos o públicos, por ejemplo, vinculados a una obra de infraestructura -en etapa de construcción-, cuya garantía es el ingreso tarifario o peaje. En la actualidad, estos bonos tienen un bajo valor por la crisis crediticia y porque el flujo de fondos tardará en concretarse. Si un inversor institucional tuviera que venderlos, deberá asumir una pérdida al convalidar un precio menor de lo que valen. Recién cuando mejore el humor del mercado y la economía se reactive lo suficiente como para aumentar la demanda del servicio que preste la obra construida, esos bonos volverán a los precios precrisis.
Los activos que son «malos» son un daño, una pérdida. Pero los activos que «están mal» pueden ser ganancias alguien tiene suficiente liquidez y paciencia, como el Tesoro estadounidense.
Salvando las diferencias, algo similar se aplicó en México tras la crisis del tequila en 1994, en la crisis escandinava que sufrieron Suecia, Noruega y Finlandia en 1991 o lo que hizo el Gobierno brasileño en 1996.
En el caso de Brasil, el Gobierno aplicó esta receta con el Banco do Brasil y la Caixa Econômica Federal, cuando ambos sufrían el impacto del peso de los créditos hipotecarios y agrícolas de baja calidad. Gran parte de esos activos no tenía forma de cobrarse. La única manera de resolver la situación era inyectar liquidez en ambos bancos. El Gobierno lo hizo a través de la creación de una entidad, la Empresa de Gestión de Activos, para que se quedara con esos activos, y así compró los créditos ruines de ambos bancos (los mexicanos crearon un fondo, el Fobaproa, así evitaban mayores requerimientos de capitalización).
En la actualidad, el Banco do Brasil y la Caixa están en mejor posición y EMGEA sigue, de a poco, cobrando lo que puede.
La lógica de este esquema es que los fondos públicos no serán malgastados en bancos sin salvación, y permitirá a los banqueros establecer precios para los activos financieros y cobrar los créditos que están malos. En el caso de EE.UU., el banco basura estaría gestionado por la Corporación Federal de Garantía de Depósitos (FDIC en sus siglas en inglés), que adquirirá de las entidades los activos afectados por las hipotecas subprime. A cambio, la FDIC emitirá bonos garantizados por la propia institución. Así, se limpiarán los balances de las entidades. Pero para concretar dicha limpieza, una de las claves pasa por ver cómo valorará la FDIC los activos tóxicos que comprará. En función de esto, el banco basura podrá serlo «un poco» o «mucho». Si el banco basura compra los activos a su valor de mercado, obliga a los bancos a amortizar dichos activos y a limpiar sus balances. Al final, aquellos bancos que resulten ser insolventes son recapitalizados, nacionalizados o liquidados por el Estado. Sería el caso del banco no tan basura. Pero si el banco basura los compra a precios por encima del valor de mercado, para que las entidades puedan rápidamente volver a prestar, de modo de acelerar la reactivación, se generarán serias distorsiones, creando un banco muy basura.
Al respecto, el ex economista de Morgan Stanley David Roche sostiene que si se va por la segunda opción, el sistema seguirá tan corrupto como antes; los activos malos seguirán chupando recursos del sistema económico en forma de prestatarios zombis, mala distribución y precio distorsionado del capital, deuda pública y déficits presupuestarios.


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