31 de julio 2015 - 00:33

Burgos, primera "estrella mediática" del crimen

  El cura caminaba por una calle cercana a la estación de trenes de Hurlingham. Fue el 19 de febrero de 1955. El sacerdote casi se muere del susto cuando abrió un paquete que encontró al costado del camino. Contenía el torso de una mujer y sería el comienzo de uno de los grandes casos policiales de la historia.

En las calles ya se palpaba la Revolución Libertadora que derrocaría a Perón. Pero los diarios tuvieron espacio para publicar el macabro hallazgo en las portadas. Después, en Lugano, encontrarían las piernas y el muslo de una mujer y en el Riachuelo, en un canasto, el cráneo.

En la morgue de Viamonte se realizó el primer trabajo pericial en un cuerpo que permitió encaminar una investigación. Los médicos detectaron una cicatriz a la altura del hombro. Se trataba de una huella que dejaba un tipo de intervención quirúrgica que se realizaba, por entonces, para reparar fracturas de clavículas. Por eso fueron convocados los médicos que hacían ese tipo de cirugías.

Alcira Methiger, de 27 años, había sido operada en 1954 tras haber sido atropellada por un auto. Era salteña y había llegado a Buenos Aires diez años antes para trabajar como empleada doméstica. Fue su hermana, Ana, quien aportó más información. Alcira tenía varios novios y pretendientes. Uno de ellos, el último, estuvo preso algunas horas, aunque era inocente.

Jorge Eduardo Burgos, un soltero de 30 años que vivía con los padres. Integraba una familia de clase media acomodada que ocupaba un elegante departamento en Montes de Oca 280, en Constitución. Tenía secundario completo y había estudiado idiomas, destacándose en inglés. Cuando fueron a buscarlo, había viajado a Mar del Plata. Los sabuesos de la Policía Federal lo siguieron y lo detuvieron en la estación.

Amor eterno

Jorge había conocido a Alcira diez años antes, cuando ella se hospedaba en una habitación que alquilaba su padre. Le había jurado amor eterno y le había llegado a proponer matrimonio. La muchacha, según diría el propio Burgos, lo ninguneaba.

El 17 de febrero fue el día del asesinato. Su familia había viajado de vacaciones a la costa. En ese encuentro él descubriría una carta en un libro de ella. La había escrito un tal Pascual. Pascual le recordaba noches de pasión. Jorge estalló en ira, jamás había llegado a intimar y estaba profundamente enamorado.

Jorge, en la confesión, dijo que ella le gritó "infeliz". Aseguró que discutieron, que hubo violencia, que ella le mordió un dedo y él le apretó el cuello tan fuerte que se desvaneció. "No sé qué pasó, pero ella estaba muerta", fueron algunas de sus palabras. Horas después, tomó la decisión: había que hacer algo con el cadáver. Lo llevó a la bañadera, lo de-sangró y con dos cuchillos y un serrucho lo seccionó. La tarea le consumió toda la noche. Para entonces, estaba alcoholizado.

El juez lo condenó a 20 años de cárcel por homicidio simple. La Cámara, tiempo después, le rebajó la sentencia a 14. En prisión, el tímido y ya muy famoso Jorge Burgos se convirtió al evangelismo y mantuvo una conducta ejemplar, según los informes del Servicio Penitenciario.

Burgos fue liberado en 1965. Regresó a su departamento de Constitución, donde vivió solo, se dedicó a reparar muebles y murió casi 40 años después.

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