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Calentamiento global: ideología y mercados
Lo mismo ocurrió con la guerra con Irak. En aquel entonces, sin embargo, un congresista republicano del estado de Texas se convirtió en una de las voces más críticas de esa desafortunada aventura bélica. Se trataba de Ron Paul, un liberal en el sentido que nuestro lenguaje le da a esa palabra. Al igual que entonces, el debate sobre calentamiento global ha generado error y confusión. En este caso la de pensar que quienes creen en los principios de la libertad automáticamente deben estar en contra de la hipótesis de que el calentamiento global es producto de la actividad humana. Y una vez más, el público ignora que algunas de las mentes más esclarecidas del partido republicano no comparten el escepticismo de sus candidatos presidenciales. En 2002 fue Brent Scowcroft quien pronosticó acertadamente cuáles serían las consecuencias de invadir Irak; hoy es George Schultz, exsecretario de Estado bajo la presidencia de Ronald Reagan, quien hace un llamado de alerta sobre el calentamiento global. En una columna en The Washington Post, Schultz dejó bien clara su perspectiva sobre el tema: "Mi conclusión es que el planeta se está calentando y que el dióxido de carbono tiene algo que ver con ello. Quienes sostienen lo contrario terminarán siendo asaltados por la realidad". Es curioso que quienes ayer, basándose en una evidencia cuestionable (por no decir falsa), estaban dispuestos a ir a la guerra costosa e innecesaria hoy argumenten que la incertidumbre justifica la inacción gubernamental frente al cambio climático.
El debate sobre calentamiento global no es un debate ideológico, aunque muchos quieran llevarlo por ese camino para promover su propia agenda. Es un debate científico y económico. Tanto la observación propia como la ciencia confirman que el cambio climático es una realidad. El planeta se está calentando y todo indica que es consecuencia de la actividad humana, más específicamente de la combustión de combustibles fósiles.
La cuestión es qué hacer al respecto. Y aquí es donde la economía se introduce en el debate. Porque reducir la emisión de gases de carbono tiene un costo no desdeñable. Hoy casi el 85% de la energía que consume la economía mundial proviene de combustibles fósiles como el petróleo, el gas y el carbón. Limitar o prohibir su consumo de manera abrupta reduciría significativa y abruptamente el crecimiento económico. Quienes hoy gozan de un alto nivel de vida quizás piensen que ésta es una consideración irrelevante. Pero no lo es para la amplia mayoría de los seres humanos.
¿Cuál es la solución entonces? Tomar conciencia del problema es el primer paso para encontrarla. En ese sentido, el objetivo de "Laudato si'" es encomiable. "Lamentablemente, muchos esfuerzos para buscar soluciones concretas a la crisis ambiental suelen ser frustrados no sólo por el rechazo de los poderosos, sino también por la falta de interés de los demás", advierte la encíclica. "Las actitudes que obstruyen los caminos de solución, aun entre los creyentes, van de la negación del problema a la indiferencia, la resignación cómoda o la confianza ciega en las soluciones técnicas. Necesitamos una solidaridad universal nueva".
El Papa reconoce, sin embargo, que "no hay un solo camino de solución". Aunque laudable, su llamado a la solidaridad universal no alcanza. Tampoco sirve culpar a los mercados, que simplemente reflejan las demandas de la sociedad. O sea que la solución hay que buscarla por otro lado y con cierta urgencia, ya que, como bien dice Lars Hansen, un economista de la Universidad de Chicago que ganó el Premio Nobel en 2013, aunque no tengamos aún plena certeza sobre los efectos del cambio climático, "sería prudente actuar ahora porque cualquier retraso puede significar un costo enorme en el futuro". Es decir, sería no sólo prudente sino también racional "comprar" una póliza de seguros para el planeta, porque el costo potencial del calentamiento global excede en mucho a sus posibles beneficios (por ejemplo, más rotaciones y mayores rendimientos para ciertos cultivos).
Según Hansen, es necesario diseñar e implementar políticas a nivel global simples y transparentes para limitar la emisión de CO2 y a medida que avance la ciencia, ir ajustándolas. ¿En qué consisten esas políticas? Schultz ofrece una respuesta. En primer lugar, propone destinar más fondos públicos a la investigación y desarrollo de energías alternativas. Segundo, utilizar los incentivos del mercado para reducir el consumo de combustibles fósiles. Hace medio siglo, otro Premio Nobel, el economista inglés Ronald Coase, demostró que cuando ciertas actividades económicas tienen efectos secundarios que causan perjuicio a la comunidad (es decir, cuando su costo privado es menor que su costo social), la mejor manera de resolver el problema es imponiendo el costo de mitigarlos a quienes lo pueden hacer de manera más eficiente. En el caso que nos concierne, se trata de establecer simultáneamente: a) un impuesto a las emisiones de carbono con alícuotas crecientes (carbon tax), y b) cupos de emisión que puedan ser transados libremente en el mercado (cap and trade).
Hace 300.000 años nuestros ancestros aprendieron cómo controlar el fuego. Fue un avance tecnológico que tuvo enorme impacto sobre la evolución de la especie humana y su relación con el resto de los seres vivos. El homo erectus llegó a vivir casi dos millones de años sobre este planeta sin destruirlo. ¿Podrá lograr lo mismo el homo sapiens?
(*) Miembro del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y profesor en la UCEMA y en New York University.


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