- ámbito
- Edición Impresa
Carricajo: lo público y lo privado, la luz y la sombra
Autorretrato de Javier Carricajo. El suyo es el realismo que hoy atraviesa el campo de las artes, con una versatilidad que impide definirlo de modo terminante.
Las vívidas pinturas que se exhiben en esta muestra se sirven del realismo de la imagen fotográfica. No obstante, se trata del «realismo» que hoy atraviesa el campo de las artes contemporáneas, que ostenta la versatilidad de su nutrida historia y una nueva diversidad estilística que impide definirlo de modo terminante.
Si bien los artistas comenzaron a utilizar la fotografía desde hace algo más que una centuria, en la pintura de Carricajo la representación de lo real aparece contaminada y se torna engañosa. El artista se deshace de la frialdad cruda, del automatismo y la serialización de la fotografía. Desde lejos, las pinturas tienen la apariencia propia del hiperrealismo, de aquello que se percibe como más real que lo real; al acercarse a la obra, las transparencias y veladuras generan una distancia que torna lejanos esos personajes que, en apariencia -y sólo en apariencia- percibíamos tan crudamente desnudos y cercanos. Al igual que la pintura impresionista: la obra muestra atributos desde la distancia que cambian al acercarse. Luego, más allá de la hibridación lograda a través de la manipulación digital, es evidente la influencia del arte barroco, pero, sobre todo, del cine.
La producción densamente elaborada de estas pinturas comienza por el montaje de las escenas. El realismo de Carricajo está teatralizado, dramatizado y, en ocasiones, resulta exasperado, como se vislumbra en las convincentes escenas de violencia y en esos guantes negros que ocultan los rasgos humanos de un presunto torturador. El guante es un elemento casi surrealista, un fetiche que según Walter Benjamín ostenta «el encanto sexual de lo inorgánico». Pero la violencia es un juego. Y allí se juega hasta con la muerte.
El taller de Carricajo capturó el espíritu experimental de la Factory de Warhol, de esa antesala de la fama donde desfilaban, provocativos, sus amigos y conocidos. Es el reino de un pintor cuya labor se confunde con la de un director de cine. Así, cada escena, cada secuencia, demanda de una sesión de fotografías que luego serán alteradas, hasta satisfacer esa retina perfeccionista e insaciable. El proceso culmina al trasladar las imágenes a la tela, respetando el estatuto de la pintura clásica y disfrutando de la densa materialidad del óleo. Del cruce de estos géneros deviene un cine inmóvil, el espectador deberá observar pintura tras pintura, secuencia tras secuencia, para recién entonces, disponerse a imaginar el sentido de la obra.
Al hablar de su producción, el artista señala: «Pretendo bucear en otro mundo dentro del mundo que me rodea. Mis escenas no son retratos, o tal vez son retratos de mi propia psiquis. Si como decía Eisenstein, un primer plano era un resumen emotivo de toda la película, del mismo modo, pretendo hacer esto con cada imagen, aunque sin hilvanar un relato. Construyo series de imágenes no narrativas, buscando la magia del momento justo en una escena ficcional».
La realidad pintada es un artificio, pero es una ficción cuyo sentido se vuelve tanto más explícito que la realidad misma. En esa búsqueda de «un mundo dentro del mundo», acaso, bajo el impulso de un «exceso de necesidad», como diría Hal Foster, Carricajo descubre en Villa Gobernador Gálvez una ciudad cercana a Rosario, una existencia distinta, más intensa, un universo íntimo y saturado de belleza.
Al pensar la historia del arte desde la perspectiva individual del artista, aparecen los rastros de antiguas formas expresivas consolidadas en la memoria, formas que se cruzan como visiones en el plano quieto de la tela. De este modo, la pintura es estática, pero la mente está activa, la mueven las resonancias del pasado que vuelven presurosas a ocupar su lugar en el presente.


Dejá tu comentario