25 de octubre 2010 - 00:00

COMENTARIOS POLÍTICOS DEL FIN DE SEMANA

Hugo Moyano
Hugo Moyano
MORALES SOLÁ, JOAQUÍN. La Nación. Escuchen a Moyano y a Bonafini; ellos eran (son, todavía) los voceros más auténticos del oficialismo en su hora declinante, dice el cronista, que las palabras siempre les abren las puertas a los hechos.

Para el columnista, a Mariano Ferreyra lo mataron las palabras de un país inútilmente fanático y excesivo y la culpa de los Kirchner es haber habilitado a jugadores que desprecian el juego democrático. Moyano, señala el analista, viene de la derecha sindical más rancia y retrógrada, que percibe a la democracia dentro de los gremios como un enemigo que debe ser batido, y Bonafini es una estalinista hecha y derecha. Moboicotea empresas y diarios con sus camiones, y Bonafini promete la justicia de este mundo (violenta y con mano propia) a cualquiera que no piense como ella, y la pareja presidencial siente cierto deleite por esos métodos, asegura el periodista. Pero considera que el 40% de los activistas tienen ahora líderes de la izquierda como el Partido Obrero, y que Moyano profundiza cada vez más el conflicto avanzando sobre las empresas privadas que terminan pagando en negro que son los que terminan en la izquierda. Es así desde hace más de 40 años. A veces cruzan ese límite y a veces, también, esas refriegas esparcen un humo con olor a sangre y a muerte. Es lo que sucedió el miércoles ingrato. Moyano no tiene culpa en el crimen de Ferreyra, pero su prepotencia hace escuela entre la vieja y corroída dirigencia sindical, y Pedraza se sentiría amenazado por el crecimiento de izquierda sindical. Moyano se hizo de las acciones de un ferrocarril, bregó hasta que consiguió controlar la oficina estatal que distribuye el dinero de las obras sociales y se dedicó a vaciar de afiliados a los otros gremios. Kirchner lo consintió; los atropellos del camionero le gustan. Ahora es Moyano el que decide si le atiende el teléfono a Tomada.

Después el cronista habla de un papel que está circulando entre los principales líderes opositores de la Cámara de Diputados, con cuatro o cinco políticas de Estado para un eventual Gobierno antikirchnerista; incluye una cláusula especial sobre la investigación de la corrupción en estos años; Moyano también está incluido, gira al tema del papel de diarios y finaliza con que el periodismo figura en los primeros lugares entre las próximas víctimas de una violencia que vacila permanentemente entre la frivolidad de las palabras y la devastación de los hechos.



VERBITSKY, HORACIO. Página/12. No existe más tolerancia en la Argentina a la muerte «joven», un paso adelante que el columnista adjudica al matrimonio presidencial y a la repentina velocidad con la que ahora opera el Poder Judicial, hasta hace poco denostado y culpable de la lentitud en los juicios por delitos de lesa humanidad.

En ese contexto, el crimen de Barracas aparece sospechosamente próximo cronológicamente al «imponente» acto de Hugo Moyano en River Plate, donde no hubo violencia sindical y los manifestantes se trasladaron en autobuses doble piso con aire acondicionado, una superación de la vieja burocracia gremial que movilizaba adeptos en micros escolares.

El bueno de Moyano, desde la óptica del analista, sumó nuevos afiliados y les mejoró las condiciones laborales. Nada que ver con lo que ocurre con los tercerizados, que seguramente estarían mucho mejor con el camionero en vez de con los trostkistas del Partido Obrero. Y el movimiento obrero atravesaría una luna de miel, con Facundo Moyano apoyando los derechos humanos y superando las antinomias del pasado que estigmatizaban a la juventud sindical. Sólo faltaría que la CTA de Pablo Micheli no insistiera, según el columnista, con el irregular proceso electoral en la central alternativa para lograr la pacificación de las distintas facciones sindicales en el país.

El único culpable de los vicios sindicales parecería ser José Pedraza, quien ostenta un extenso prontuario judicial y, como principal cómplice político del asesinato de Barracas, podría perder cualquier tipo de apoyo de la Casa Rosada. En fin, un modelo de periodismo disculpatorio de cualquier responsabilidad ante guerra de gremios aliados al Gobierno contra quienes reclaman por ser «tercerizadas» sus empresas por los propios caciques sindicales.

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