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Con cerco pingüino, Cristina alienta usina de sospechas
Daniel Scioli, Carlos Zannini, Carlos Chacho Álvarez, Gabriel Mariotto, Martín Sabbatella
Hubo razones diferentes en su desplazamiento -el de Sigal más previsible y dramático que el de Bibiloni-, pero aparecen empardados por el hecho de que, a pesar de su pedigreé ultra-K, y sus juramentos de defensa del modelo, se vuelven por ahora a sus casas.
Eso, a pesar de que sobre ninguno de los dos pesa la sospecha de traición a la causa oficial, más allá de que al titular del Frente Grande, el canciller Héctor Timerman jamás le perdonó la «gaffe» del cable interno sobre la «embajada paralela» de Venezuela.
Cuando era Kirchner el ejecutor del régimen de premios y castigos (salvo en renuncias emblemáticas como las de Gustavo Beliz o Alberto Fernández), los desplazados dejaban sus cargos con una salvaguarda de contención y pertenencia. No ocurrió, por ahora, con Sigal y Bibiloni.
En esos casos, la presidente ignoró la Biblia que aplicaba su esposo que daba garantías laborales y políticas a quienes removía. ¿Somete, adrede, a la prueba del ácido a dirigentes que se declaran ultra-K a que, desde el llano más llano, ratifiquen esa identidad?
Por la dimensión de los cargos y los protagonistas, no se puede explicar la misma lógica que primó en su decisión de podar bruscamente a Aníbal Fernández, y de rebote sobre Julio Alak. Aquello respondió a la necesidad de dar un mensaje contundente de mando.
Pero subyace una misma matriz: Cristina de Kirchner se volvió prácticamente inaccesible para la inmensa mayoría de los habitantes del universo K, se replegó sobre un círculo pingüino, en parte heredado de su marido muerto, donde se hace kirchnerismo extremo.
El patagónico era implacable pero dominaba, a veces con destreza, otras sin ella, una Biblia que mixturaba la sospecha intensa y el pragmatismo necesario. La presidente, y sobre todo el «staff» pingüino, prefirió por ahora abrazar sólo el primer capítulo de aquel libreto.
Ocurrió con Aníbal F., por esos días ministro todopoderoso, que se enteró, junto al país televisivo, de la creación del Ministerio de Seguridad y la designación de Nilda Garré. El quilmeño niega la pérdida de poder como se rehúsa a rastrear razones para semejante castigo.
Refuta, además, la presunción de que fue víctima de una acechanza patrocinada por el anillo que conforman, aun con tensiones entre ellos, Carlos Zannini y Julio De Vido, con contribuciones de Héctor Icazuriaga y, en otro escalón, Juan Manuel Abal Medina.
La misma usina empujó a Amado Boudou a aventurarse a competir en Capital Federal, maniobra que busca arrinconar a Daniel Filmus, a quien Kirchner reprochaba su «autonomía» -estalló cuando se enteró de que el senador decía que medía mejor que Néstor y Cristina-, pero, en paralelo, entendía que ese factor le permitía ser el K con mejores indicadores en un distrito indomable como el porteño.
Pragmático al fin, al margen de sus pataleos con Filmus y a pesar de celebrar la teoría de Guillermo Moreno de que el PJ debía, en Capital, apuntar a su nicho histórico del 25% con un candidato «bien peronista», Kirchner contenía al senador como parte del dispositivo.
Con promesas brumosas sobre una hipotética vice o colectoras, hizo lo mismo con Martín Sabbatella. El dirigente de Morón, aunque habla con Abal Medina, perdió enlace y referencias en Olivos. A eso responde, quizá, su decisión de blanquear su hipercristinismo.
En todos esos casos -Aníbal, Alak, Sigal, Bibiloni, Sabbatella y Filmus, como paradigma para otros muchos-, el núcleo duro K aplica un criterio que presume infalible: ninguno de ellos tiene, dicen, relato político posible fuera del kirchnerismo. Quizá no se equivoquen.
Fantasma
El axioma se vuelve difuso frente a otros personajes. Desde hace quince días, la cofradía pingüina se dedicó a agitar otro fantasma: advierten que la relación con Daniel Scioli, nunca idílica, ahora estable, está condenada a truncarse, como mínimo, en 2012.
Y que, para prepararse para esa contingencia, así como Kirchner puso a Alberto Balestrini de vice bonaerense, Cristina de Kirchner debe ubicar a un ultra-K y sugieren -entre otros nombres- a Gabriel Mariotto, figura que consideran atractiva para la tribuna Nac & Pop.
En un desafío que no brota del propio Scioli, pero que se nutre de sus entornistas, desde La Plata se retrucó aquella versión con otra: el gobernador sueña con un vice propio, quizá un ministro (está lanzado Baldomero «Cacho» Álvarez, se menciona a Mario Oporto y a Alberto Pérez) que no complote contra él y además no desequilibre el poder territorial.
Esa cláusula gatillo supone una rebeldía contra los presuntos deseos de la presidente y alimenta otras conspiraciones. Por caso, la que jura que, como buena parte del peronismo, a pesar de levantar la bandera de la doble reelección -la de Cristina y la suya-, esperará marzo para definir sus próximos pasos.


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