Cada año llegan hasta el lugar cientos de gauchos a caballo para dar prueba de su devoción por el mítico personaje.
San Juan (enviada especial) - Emplazado en el árido desierto sanjuanino, Vallecito emerge como el descanso obligado para viajantes y camioneros, un pueblo construido en la sombra de una tragedia, hoy convertida en leyenda popular. En la base de las escalinatas que conducen al oratorio de la Difunta Correa, Gladys Vere, de 49 años, atiende su puesto de delicias autóctonas lideradas por el abrescoldo, un pan cocinado en la arena, y el incayuyo. Su familia fue una de las primeras en instalarse allí, atraída por el turismo y las incipientes ofertas laborales: «Hace 30 años que vivo aquí y el santuario recibe cada vez más visitas. El pueblo ha crecido mucho, tenemos una sala médica hermosa con buenos médicos, dentista, luz y gas, pero nuestro problema sigue siendo el agua», aseveró.
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Corría el año 2006 cuando las autoridades locales inauguraron obras que sirvieron para llevar el agua potable desde una vertiente hasta la pequeña localidad. Pero los temporales de lluvia que azotaron el departamento de Caucete durante todo el verano pasado hicieron que colapsaran algunos de los acueductos de la zona, y Vallecito fue uno de los más perjudicados. Mientras tanto, el pueblo es abastecido con agua que lleva la Municipalidad.
A pesar de los inconvenientes, en la calle se vive una auténtica fiesta. Locales de comida y puestos de souvenirs aguardan la llegada de los jinetes con ritmos folclóricos, en la que será una de las jornadas con mayores ingresos económicos para las más de 250 familias que habitan allí. Se trata de la XX Cabalgata de Fe en homenaje a la Difunta.
Según el mito popular, del que se hace eco hace más de un siglo, los episodios ocurrieron entre 1840 y 1850, en momentos en que en el país se libraba una férrea batalla entre unitarios y federales. La sanjuanina Deolinda Correa, esposa y madre de un niño de meses, escapó una noche tras las huellas de su marido, quien había sido reclutado por la fuerza por el general riojano Facundo Quiroga. Con mínimas provisiones y su hijo lactante, la mujer se adentró a pie en el inhóspito desierto hasta que finalmente falleció de sed y cansancio. Al día siguiente, dos arrieros pasaron por el lugar y encontraron el cadáver de Deolinda, pero milagrosamente su bebé había sobrevivido amamantándose de sus pechos. Finalmente, los hombres enterraron a la mujer en esa zona, hoy Vallecito.
El cruel pero asombroso desenlace de Deolinda y su bebé fue ganando lugar en las historias gauchescas hasta convertirse en un verdadero mito que rompe las fronteras y encuentra devotos en Chile, Bolivia, Perú y Brasil. Muchos habitantes de la zona comenzaron a peregrinar a su tumba, construyéndole con el tiempo un oratorio que paulatinamente se convirtió en santuario. Según cifras oficiales, más de un millón de personas acuden por año.
El lugar es una pequeña ciudad que crece a la par de sus fieles. Está dividido en pequeñas capillas temáticas: seguridad, novias, salud, deporte, todas ellas cubiertas por placas de agradecimiento, botellas con agua y objetos referentes al pedido y promesa. Es que, según sus seguidores, la Difunta cumple... pero también cobra y castiga. «Hay que cumplirle a la Correa; si no, fuiste», señaló el gobernador de San Juan, José Luis Gioja.
En muestra de agradecimiento son muchos los que optan por subir las escaleras de espaldas o de rodillas, como lo hizo José Javier Sánchez, oriundo de Rivadavia. El joven de 22 años, fiel de la Difunta desde los 11, confesó entre lágrimas que había pedido por un amigo que se encontraba preso.
Otros realizan ofrendas que abarcan desde maquetas de casitas hasta autos y cuadros costosos. «Estamos haciendo un museo para organizar las ofrendas, mucha gente se las robaba», afirma Daniel Rojas, administrador de la Fundación Difunta Correa.
La Cabalgata de la Fe surgió hace veinte años como una travesía de un grupo de amigos, devotos de la Difunta Correa. Con el transcurso de las ediciones fue ganando adeptos hasta convertirse en la cabalgata más grande de Sudamérica.
Desde la capital hasta la ciudad de Caucete y de allí hasta la Difunta. Son más de 60 km por la ruta a tranco lento que se completan en dos días. Miles de gauchos a caballo ataviados con sus mejores vestimentas y anécdotas convierten el camino desierto en una imagen pintoresca y tradicionalista. Al lado del camino, centenares de personas aguardan a la sombra el paso del desfile con mate o cerveza. El sol crudo es imán de las cabezas de los participantes y no hay viento o nube que alivie el calor.
La devoción de los paisanos por la Difunta la explica con paciencia el presidente de la Federación Gaucha de Tucumán, Augusto Díaz. «El caso de Deolinda Correa reúne varios símbolos que nos identifican: el amor fiel por su esposo y la devoción popular». A su lado, Gabriel Zamorano, fundador de la Confederación Gaucha Nacional, asiente con la cabeza. Sin embargo, no todos los que participan en la cabalgata son devotos de la santa.
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