Otro lunes de magra carne bursátil abrió el último período de junio. Lunes que pareció calcado al de la semana precedente y donde, salvados momentáneamente por nuestro feriado, el Merval miró lo que les pasaba a los demás.
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Esta vez participamos y ya nadie escapó a la poda que se tradujo en bajas de promedio del 4%, en los mercados de la región y a partir de la flacidez de músculos que mostró Wall Street. Músculos de mercado que parecen ser querer inflados, libra por libra, por distintos personajes mediáticos que se van sumando al coro de ángeles -o sirenas- diciendo: «Lo peor quedó atrás...». Este lunes fue enmarcado por la reaparición de George Soros, viejo depredador de cuanta ocasión se presente y que -con naturalidad- se puso en la fila de los que se quejaban por la blandura de leyes y controles. Súbitamente se agregó a la campaña que parece organizada -nuestros propios «gurús» también pueblan páginas con igual latiguillo- y resulta que de tanto querer alejarse velozmente de la «malaria», casi como que la están colocando otra vez por delante.
Después de tanto desbarajuste, donde hasta la monumental estructura del capitalismo se ha puesto en duda, todo se quiere dejar atrás porque se han taponado agujeros con monstruosas emisiones de dinero.
Pero, cuando un hormiguero se pisa y se desordena, no se vuelve a la normalidad por algún par de indicadores que parezcan lucir mejor. Las Bolsas, sus convulsiones, no coinciden con las señales «favorables» que la dialéctica de encumbrados personajes -interesados- puedan estar dispersando.
Y los simples números testimoniales nos dicen que, a casi seis meses de trajinar, el Dow Jones -con lo del lunes- ratificó su negativo de junio. Y duplicó la baja que llevaba en el año, hasta zona de un 5%. ¿Cuál es la señal de mejor situación, que se quiere inyectar y que el termómetro desmiente? Salir de una convalecencia antes de tiempo -y lo sabemos todos- nos expone a lo más complicado de una enfermedad: una recaída, un nuevo ataque de ésta sobre organismo más desgastado en energías. Y esto es lo que se puede vislumbrar, como insistan políticos y mercaderes en decir que: el problema quedó atrás.
La verdad en todo el mundo, también aquí, es que las empresas se ajustan los cinturones y preparadas para resistir: como si lo malo no haya pasado, ni mucho menos. Lo demás es canto de sirenas. Como Ulises, mejor atarse al palo mayor de la cordura y no oír.
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