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Cupones Bursátiles
En tal caso, con buen criterio, solamente se podían adquirir acciones nuevas -de «suscripciones»- de las compañías. Y que las mismas se hicieran de capital fresco, al mismo tiempo que incorporando más socios minoritarios. De alguna manera la mecánica más saludable para el sistema, compañías ampliando el capital y poder llevar adelante proyectos y expansiones, sin caer en endeudamientos funestos. El inversor recién ingresado debía aguardar tres años, antes de poder desprenderse de los títulos suscriptos.
Lo que no funcionó fue el exceso de confianza sobre la evolución bursátil futura. Y no tener en consideración que una vez llegado el primer vencimiento, lo demás vendría en cascada vendedora, si la tendencia no era favorable y la gente decidía no quedarse con los títulos comprados.
La tenemos que mencionar nuevamente, porque a lo largo de las décadas no surgió ninguna idea valiosa, o realizable, para dar un incentivo a la inversión en Bolsa y en títulos privados. Y para colmo, con
el descomunal avance de la cotización de papeles públicos de todo origen y colores, con el Gobierno de turno disputando, restando a la franja del canal privado.
A tal punto se ha llegado que, más allá de la grotesca rueda del viernes, donde las acciones apenas marcaron un 2 por ciento de negocios respecto del volumen total del día, difícilmente se llega a pasar de un 10 por ciento a lo largo del año.
A vuelo alzada, se puede decir que diariamente abren operaciones entre unas «60/70» sociedades. Da terror comprobar con cuánto se deben contentar las plazas, a sabiendas de que la captación de Tenaris sola suele llevarse una tercera parte del total -en ciertos períodos hasta capturando la mitad del volumen- y nuestra plaza se continúa secando, año tras año.
No ver esto, es mostrar desinterés. O verlo y asumirlo con resignación. Por eso, más allá de los que festejan por buenas alzas sepamos que sólo nos queda un retazo de mercado accionario. Penoso.


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