En épocas de bonanza en los mercados, ciclos netamente ascendentes -promoviendo, de paso, la formación de las legendarias «burbujas»- una de las reglas probadas es que las noticias buenas incentivan por demás, aunque resulten de escaso calibre, mientras que las malas pasan suavizadas. En la otra cara del mercado, por lógica, en plenas zonas de ciclos debilitados, lo que llega como de buena nueva pierde parte de su potencia, en tanto que la noticia adversa se agiganta. Esto es sencillo de entender desde las más simples, primitivas acaso, reacciones del ser humano. La de vivir el ensueño sobre que la bonanza y la felicidad resultarán eternas, así como que la depresión no se terminará nunca. Zonas donde lo técnico se ve reemplazado por la línea psicológica y el estado de ánimo es lo que determina las actitudes y la dirección del mercado. Pero en lo prolongado del estado de crisis -que es en lo económico, para colmo, no desde la raíz bursátil- a lo largo de 2012, y en los grandes centros de actuación, parece existir la orden tácita: hacer mejorar índices «por decreto». Entonces, se repite cada vez más el ver utilizar nimiedades -dándoles magnitud importante- como estímulos positivos. Diluyendo velozmente noticias malas, de fondo, que aparecen con frecuencia. Y así es que salvo un par de mercados -en especial Madrid, con el nuestro ya casi en superficie- en uno de los peores años de complicaciones de todo tipo y región: los indicadores muestran beneficios. En esta semana, hubo otro testimonio elocuente: cuando desde el Banco Europeo, surgió un comunicado tildando de «declaraciones engañosas» aquellas que corrían, como informes sobre una «intervención» del BCE, rescatando deuda europea. Pero ya el rédito se había logrado consiguiendo algunas ruedas de alivio y ante la carencia de elementos fehacientes, que se pusieran en práctica.
Ahora, sólo será cuestión de organizar otra avanzada de mensajes, maquillados como versiones, o con alguna señal apta para ser corregida y aumentada. En realidad, con tantos personajes peligrosos («Grupo de los 30», funcionarios de alto nivel y ex Goldman Sachs, junto con ciertos gobernantes del mismo cuño) vaya a saberse si la versión no partió desde el seno de la institución y, de pronto, alguien desactivó toda posibilidad mandando a desmentir la versión. Todo está de tal modo entretejido, en medio de la desesperación, que el inversor común es una mosca en la telaraña que le preparan.
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