5 de enero 2009 - 00:00

Diálogos en Wall Street

Periodista: 2008 fue el año que vivimos en peligro. ¿2009 será mejor?
Gordon Gekko: Es muy probable. Si me pregunta, en cambio, si será un buen año, le diría que, para lograrlo, habrá que trabajar duro.
P.: El punto de partida es halagüeño. Se advierten signos evidentes de recomposición.
G.G.: El rally de Navidad dijo presente: la Bolsa trepó un 8%, aunque con un volumen más que modesto. Y resulta interesante la recuperación de los bonos corporativos (incluyendo el renglón de aquellos de alto rendimiento) así como el repunte de las acciones preferidas.
P.: ¿No le parece auspicioso?
G.G.: Terminar bien enero sería más prometedor. Recuerde que Obama asume el 20. Lanzará un torrente de anuncios. Supondría un voto de confianza a su estrategia de Gobierno. Pero, no se engañe, habrá que remar mucho para enderezar la barca. No bastará con las palabras.
P.: Por lo menos los mercados financieros ya no viven con el corazón en la boca.
G.G.: Nos hemos acostumbrado a las inclemencias del terreno. Que el Dow Jones apunte a 9.000 puntos provee hoy un motivo de alivio, pero su sola mención causaba zozobra en setiembre/octubre. Además, la volatilidad de las acciones cayó en picada después de promediar 60-70 puntos todo octubre y noviembre.
P.: Prueba de que se recupera la vertical.
G.G.: Señal de mejoría. Innegable. Pero, aun así, su nivel actual -el índice VIX se ubica en 39- supera todos los picos de tensión de la crisis, anteriores al descarrilamiento de Lehman Brothers.
P.: Quizás la contribución esencial de 2008 fue la de correrle el velo a la verdadera magnitud de la crisis. Ya nadie espera un trastorno común y silvestre. Las expectativas reinantes apuntan a una Gran Depresión II. Y, tal vez, 2009 demuestre que los temores exageran.
G.G.: Es una hipótesis plausible. Habrá que comprobarla. En rigor, 2008 aportó dos descubrimientos importantes. La crisis, que estallara un año antes, se reveló grave y filosa. Y también definió su naturaleza auténtica. Piense que hasta pasada la mitad del año, el diagnóstico no era uniforme. Quedó claro, después de Lehman, que el problema de fondo era la recesión profunda y la amenaza de deflación y depresión en todo el mundo. Sin excepciones.
P.: ¿Piensa que ya vimos lo peor?
G.G.: Pienso que no.
P.: ¿Ni siquiera lo peor de los mercados?
G.G.: Temo que no. Ni lo peor de la economía mundial. Ni de los mercados.
P.: ¿En qué se basa?
G.G.: La dinámica del sector real es muy complicada. El golpe es durísimo. Demoledor. Estaba revisando las cifras del PBI de Singapur.
P.: Cayó a un ritmo anualizado del 12,5%...
G.G.: Sí. Y considero que Japón, por ejemplo, no va a andar muy lejos de un registro similar. La inercia es terrible. No sólo las finanzas internacionales están correlacionadas: el comercio real de bienes y servicios frenó en seco y sus consecuencias se sienten en todas partes. No levantará cabeza en el primer trimestre. Con muchísima suerte, y si se suprimen shocks adicionales, se podrá estabilizar en el segundo, en un nivel bajo. Son aguas traicioneras que habrá que navegar con suma destreza.
P.: Los mercados se anticipan. Hicieron piso antes que se advirtiera la avalancha que se precipitaba sobre la economía real. ¿No estarán marcando un horizonte de recuperación, no inmediata pero sí más adelante?
G.G.: No lo veo así. Pero, admito, es tema debatible. No se olvide que los mercados ya no gozan de la liquidez que supieron tener. No repare demasiado en los precios que se marcan. Ni el petróleo de 147 dólares el barril ni el de 40, separados apenas por cinco meses de diferencia, proveen una guía confiable. El salto de la volatilidad produce espuma y perturba la visibilidad. Va a ser muy difícil, a menos que la economía se afiance de veras, que los mercados absorban los avatares lógicos de una recesión profunda, que todavía faltan desplegar, sin sufrir mella. Por eso me cuesta pensar que hayan establecido los mínimos del ciclo bajista.
P.: Es pesimista.
G.G.: Soy optimista en el sentido de que creo que no se repetirá el error de dejar caer otro Lehman. Y pienso también que la política económica se extremará en sus esfuerzos hasta controlar la situación. Pero, no se trata de una enfermedad ni leve ni habitual.