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Diálogos en Wall Street
Periodista: Si un memo interno del Citigroup puede elevar un 50% el precio de la acción, y arrastrar consigo a toda la Bolsa, solucionar la crisis financiera será más sencillo que lo que se pensaba. ¿Habrá que aumentar rápido el gasto en tinta y papel?
Gordon Gekko: La carta aportó una buena excusa. Apareció en un momento que se probó oportuno. Las condiciones para un rebote estaban maduras hace ya un par de semanas.
P.: ¿Qué tan creíble puede resultar? Pienso en Jimmy Cayne negando los problemas de Bear Stearns hasta último momento. O en Dick Fuld cumpliendo el mismo rol de fogonero de buenas noticias en Lehman.
G.G.: En este caso concreto, funcionó. Se le prestó atención. Creo que ayudó mucho que el contenido fuera verosímil.
P.: No se sabe si es veraz.
G.G.: No pretende ser un informe de auditoría.
P.: Tampoco, hoy en día, hay quien tome los dictámenes a pie juntillas.
G.G.: Mire, Vikram Pandit, el mandamás del banco, cuando describe la situación, no pinta un paraíso sino una mejoría de las operaciones corrientes. Inclusive deja de lado el tema más importante.
P.: ¿Cuál?
G.G.: No da cuenta de los cargos (write offs) por los activos en problemas. Y hasta admite una leve caída de los depósitos. Eso sí me llamó la atención.
P.: A mí se me pasó por alto.
G.G.: Hace referencia a una base de depósitos «relativamente estable». Imagínese que usaría otra expresión si las colocaciones hubieran crecido.
P.: ¿Se justifica una reacción tan potente? ¿No es una renovada muestra de histeria aunque sea con signo cambiado?
G.G.: El papel del Citi pasó de un dólar a un dólar y medio. Digamos que del horno al asador.
P.: No pasa de ser un rebote.
G.G.: Así es. No puede exigir mucho más. Pandit inoculó el virus de la duda. Sugiere que las penurias operativas de Citi comienzan a ceder. Apostar en contra, cuando la acción vale un dólar y el Gobierno juega a favor tiene sus riesgos. Esa sensibilidad es la que rozó la carta.
P.: No sólo movilizó la plaza de Citi. Treparon todos las acciones bancarias. Y la Bolsa en conjunto.
G.G.: Usted descontó en los precios la noche oscura de una profunda recesión y, de repente, una voz dice que amanece...
P.: No es una voz cualquiera. Aunque conozca el paño no deja de ser parte interesada.
G.G.: Con más razón todavía. Es un argumento frágil que desata una reacción poderosa. No se devane los sesos. Lo decisivo no es el texto de la carta sino la vulnerabilidad del posicionamiento.
P.: ¿Cree que el rebote tendrá piernas largas o que durará lo que un suspiro?
G.G.: Nos toca asistir al segundo «bear market» (mercado bajista) más profundo de toda la historia en los EE.UU. Una merma de cotizaciones que, entre puntas, superó el 55%. Sólo en 1929-1933 se batió esa marca. En estos mercados adversos, lo usual es que los rebotes sean breves, pero muy pronunciados. Hay margen por lo tanto para promover una suba importante.
P.: ¿Cuánto?
G.G.: El último rally contra tendencia, que se disparó el 20 de noviembre, permitió un avance, según el índice bursátil que se considere, de entre el 20% y el 25%.
P.: Y duró tres semanas.
G.G.: Un poco más. El grueso de la suba se produjo rápido, pero la tregua se extendió hasta la segunda semana de enero. Hasta hubo quien habló de un nuevo mercado bull (alcista).
P.: ¿Cómo repetir la película? ¿Hará falta que el titular del Bank of America escriba otra misiva?
G.G.: No hace falta mucho. Con que amaine la tormenta debería alcanzar. Lo ideal sería que afloraran atisbos de mejoría en distintos frentes aunque fueran pequeños.
P.: No es imposible.
G.G.: Para nada.
P.: No significa tampoco que la crisis comience a replegarse.
G.G.: Va de suyo. Los problemas no se arreglan con una buena prosa. Para tomar al mercado a contrapié, basta con la carta de Pandit. Para que se revierta la tendencia, la evidencia firme de lo que la esquela insinúa, y mucho más deberá ponerse sobre la mesa.
P.: La intención de dar marcha atrás con las reglas de la valuación a mercado («mark to market») me sugiere otra posibilidad.
G.G.: ¿La FASB 157?
P.: En efecto. Quizás no se pueda mostrar una mejoría. Pero sí ocultar el deterioro de los balances. Simplemente ignorando la valuación a precios de mercado. ¿Me equivoco?
G.G.: Siempre se pide más transparencia. Es curioso. Ahora que conviene se descubren las ventajas de la opacidad.
P.: La intención no podía ser más clara.
G.G.: Se piensa que ojos que no ven, corazón que no siente. El problema es que todo el mundo sabe del truco a mitad de la partida. Me pregunto: ¿fue la contabilidad la verdadera arma mortífera? Las pérdidas que reconoce la banca superan el billón de dólares, pero la destrucción de su valor de capitalización, sólo en las acciones financieras que cotizan en el S&P 500 es el doble. Aun cuando Bernanke, cada quince días, nos recuerda que las autoridades no dejarán que caigan los grandes bancos. Los inversores husmean el cuadro de resultados, pero todo indica que a las cifras las duplican.


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