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El frío polar atrae a todos los osos
Sobre llovido, mojado. Con timidez, la semana anterior, el Dow Jones Industrial ya había puesto un pie en esa tierra de nadie que a falta de mejor nombre se denomina una "minicorrección". Es la franja que ocupan las caídas -medidas desde los máximos- que superan el 5%, pero no desbordan el 10%. Ayer tropezó y se empantanó allí el tropel de índices accionarios, sin excepción de pelajes. La pulseada entre los toros ("bulls") y los osos ("bears") -que sostuvo su porfía a lo largo de enero- se torció ostensiblemente para el lado de los agoreros. Y, por primera vez, el retroceso perdió la compostura. Los índices agresivos -aquellos que engloban acciones de transportes, tecnológicas o bancos y papeles de pequeñas compañías- abandonaron posiciones que permitían un rápido contraataque y huyeron sin disimulo a la retaguardia.
Una Bolsa que trepó más del 50% (computando el flujo de dividendos) en los dos últimos años y derribó así -en 2013- récord tras récord no debería chirriar demasiado. Pero hay una deuda del mercado alcista que los pesimistas querrán cobrar: desde julio de 2011 que Wall Street no sufre una "corrección" como Dios manda -o solía mandar- que exceda el 10%. Esa factura atrasada es su próximo trofeo.
Así como una golondrina no hace el verano, un temporal de frío y nieve -aún con las dimensiones que provocó el vórtice polar ártico- no condena a una economía al invierno. Desde ya, medio país se paralizó (literalmente) los días más rigurosos. Pero esa aberración nada dice sobre el vigor subyacente de la recuperación. El informe ISM manufacturero fue lapidario: tras anotar un registro de 56,5 en diciembre, se derrumbó al 51,3 en enero (lo que indica crecimiento industrial, pero famélico). Sin ignorar las inclemencias climáticas, nadie imaginó tamaña repercusión. La pregunta es obligada: ¿hay algo más que el mal tiempo en tan repentino enfriamiento? Imposible contestarla sólo con los datos de enero. Y conste que hay una espina clavada de antes por el informe de empleo (de diciembre) que también pisó el freno sin avisar. Sin embargo, a nuestro juicio, las condiciones de cuasi congelamiento lucen decisivas. Mientras la producción y las nuevas órdenes se desplomaron, los precios pagados (por los insumos básicos) saltaron de 53,5 a 60,5. ¿La economía se frena de golpe y se disparan los precios de las materias primas? Eso es un choque de oferta, localizado (bien se sabe que no hay un boom de commodities en el mundo), propio de un cortocircuito imprevisto en las cadenas de producción y suministros.
El problema es de Wall Street. La economía soportará la nevada, pero el frío polar atrae a los osos. La crisis de los emergentes era una buena excusa para una corrección, pero si le faltaba potencia a su pegada, las sospechas por la marcha de la actividad en EE.UU. completan el uno-dos. Es una ironía sabrosa. Los emergentes se derriten, precisamente, porque no ponen en duda que la recuperación será vibrante (y que la Fed deberá apretar el cinturón). Alguien tiene que estar equivocado.
"El primer dilema de Yellen: ¿subir o no subir las tasas" decía ayer el titular de WSJ a modo de bienvenida, en la misma cuerda. No parece ser un dilema inminente. La impaciencia no es buena consejera. El año 2013 cerró con la Bolsa trepando como si no hubiera tiempo para comprarla mañana (y los bonos cayendo como si se les negara el futuro). El año 2014 mutó los roles. Dejar las tasas como están es una decisión trivial, fácil de tomar. En ese sentido, la Fed mirará de palco. Sólo si estas "crisis" se complican, y mucho, intervendrá. Y, como ya escribimos, será la "desinflación" lo primero que la apure.

