“El historiador no tiene derecho a usar la imaginación”

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La alucinada expedición que, buscando oro y especias, terminó dando con ese río Amazonas que los indígenas llamaban «la serpiente sin ojos», y el shakespeareano fin del conquistador Pedro de Urzúa son algunos de los temas con que William Ospina cierra la saga histórica compuesta por la novelas «Urzúa», «El país de la Canela» (con la que ganó el Premio Rómulo Gallegos) y la conclusiva «La serpiente sin ojos». El poeta, ensayista y novelista colombiano hizo una breve visita a Buenos Aires para participar en el programa «Colombia Cultural en Buenos Aires», y presentar su premiado ciclo de novelas históricas. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué siente al cerrar una saga histórica intensa y extensa como la que escribió sobre la conquista?

William Ospina: Alivio de haber podido llegar al final de un proceso que me tomó 15 años, si no incluimos los años que dediqué a «Las auroras de sangre», libro previo, sobre Juan de Castellanos, poeta de tiempos de la conquista que me dio la ambientación, la atmósfera, los detalles, y me abrió el deseo de escribir. Castellanos, que es muy poco conocido, escribió el poema más importante de la conquista de América, el más extenso de la lengua española. Cuatro tomos en octavas reales que cuentan minuciosamente desde los viajes de Colón a la Conquista de Puerto Rico por Ponce León, Jamaica por Garay, Cuba por Velázquez de Cuellar, el avance de los conquistadores alemanes por Venezuela, los primeros ataques de los piratas ingleses, entre tantas cosas. Esa vasta crónica fue muy mal apreciada por los europeos porque usó palabras indígenas para lo que no tuviera nombre en castellano, y nada lo tenía. Esta lengua tan madura que estaba en vísperas de escribir el Quijote enmudecía ante América, no tenía palabras para los árboles ni para los pájaros ni para los nativos y sus costumbres. Cuando su obra se publicó, en 1589, les pareció un adefesio monstruoso con palabras incomprensibles que no correspondían a ninguna realidad. Y allí había comenzado el mestizaje de la lengua. Para el historiador Eliot «lo que ocurria era tan nuevo e irrepetible que sólo era sensato el que quería contarlo todo».

P.: ¿Le sorprendió ganar con «El País de la Canela», segundo tomo de la saga, el prestigioso Premio Rómulo Gallegos?

W.O.: Fue muy inesperado. Cuando en 1999 comencé a escribir estas novelas, no me atrevía a llamarlas novelas. No eran de un género en el que hubiera incurrido antes, y me intimidaba la magnitud de la empresa. Quería escribir un relato que se fue alargando y haciendo más complejo a medida que avanzaba. Había publicado «Urzúa» en 2005 y mi primer asombro es que tuviera tanta aprobación de los lectores no siendo una novela que los adule con facilidades. Que la segunda novela recibiera el Rómulo Gallegos excedía mis expectativas. Fue un estímulo y un desafío tanto para terminar la trilogía como para persistir en que los tres libros no fueran el mismo libro escrito tres veces sino que cada uno se planteara sus propios problemas, buscara sus propias soluciones. Y que el narrador siendo el mismo pudiera sufrir una transformación apreciable de una otra.

P.: ¿Qué opina de la novela histórica?

W.O.: Con ese nombre se pueden nombrar muchas cosas distintas. De esfuerzos, no muy ambiciosos literariamente, por reconstruir muy aplicadamente los hechos históricos a reconstrucciones muy libres, y hasta tergiversaciones, de lo ocurrido. Para mí, era muy importante respetar los hechos, decirle al lector esto que va a leer ocurrió realmente. La novela intenta deducir más que inventar. La diferencia entre el historiador y el novelista es que el historiador no tiene derecho a usar la imaginación, y al novelista le sirve para hacer vívido el relato. Es notable que en la novela histórica lo más inverosímil suele ser lo más verdadero.

P.: ¿Qué transformaciones sucedieron a medida que avanzaba en la historia de Pedro de Urzúa?

W.O.: Con los años aprendí que «Urzúa» es un libro de guerras, «El país de la Canela» de viajes, y con «La serpiente sin ojos» comprendi que lo que contaba era una historia de amor. Que no era sólo sobre el navarro feroz que gobernó desde los 17 años, fundó ciudades a los 22, y tuvo un final digno de Shakespeare, sino sobre su amor con Inés de Atienza, la mestiza de alcurnia y tremenda belleza que hizo del invencible guerrero un guiñapo doblegado por la pasión.

P.: En sus novelas hace un mestizaje de narración y poesía.

W.O.: El narrador no puede expulsar de su lado al poeta porque lo va a necesitar muchas veces en el curso de su relato. Y más si trata de reconstruir un mundo que ha desaparecido, que ha sido diezmado y saqueado. No se escribe para decir lo que se sabe sino para descubrir un territorio. La aventura literaria debe ser de reflexión, de interrogación, de investigación, de comprensión, más que de afirmar supuestas verdades. Mi desafío fue no mirar los hechos de forma parcial, maniquea. En Colombia perdimos cinco siglos dedicados a negar nuestro componente indígena y africano, y podríamos perder otros cinco siglos dedicados a negar nuestro componente europeo, español. Mirar las cosas desde la perspectiva mestiza es entender que somos hijos de lo uno y de lo otro, que somos fatalmente hijos de los invasores y de los invadidos. Y mirar la complejidad de lo que ocurrió entendiendo que es irrenunciable. Que podemos aplaudir, al mismo tiempo, lo que haya de grandioso, valeroso, abnegado, temerario en esa gesta, y censurar y juzgar lo que hubo de atroz, de inhumano. Uno de mis asombros fue que el choque con los pueblos indígenas fue breve. Los grandes imperios, decía Borges, se rindieron al primer golpe. La conquista de México y del Perú tuvieron la forma de sangrientos golpes de Estado. A partir de un momento la guerra no fue con los indígenas sino entre los propios españoles. Los grandes capitanes de la conquista no murieron por flechas de indios sino por espadas de Toledo y de Sevilla.

P.: Usted comenta varios casos.

W.O.: Pizarro murió a manos de españoles, como Almagro, como Urzúa, que no muere a manos de indígenas sino asesinado por Lope de Aguirre, y Lope de Aguirre muere a manos de sus propios hombres. Si bien se dio el choque con el mundo americano, el mundo americano no tenía el belicismo que nos quisieron hacer creer. Eran pueblos mansos, dóciles, dadivoso, confiados como niños, que luego de tantas desilusiones y golpes buscaron vengarse pero no tenían los instrumentos técnicos para hacerlo.

P.: Unas décadas atrás, la literatura colombiana era la de García Márquez y Alvaro Mutis, hoy tiene una enorme diversidad de autores y géneros.

W.O.: Creo que es un fenómeno continental. El «Boom» hizo visibles a algunos autores muy importantes en cada uno de los países, y esparció penumbra sobre otros, tal vez sin los cuales no hubieran sido posibles los que aparecieron. García Márquez pareció un rayo en un cielo sereno, pero hay una gran tradición anterior. El romanticismo produjo «María» de Jorge Isaacs, que también pareció surgir de la nada pero era fruto de una larga tradición. A comienzos de siglo XX ocurrió lo mismo con «La vorágine» de José Eustaquio Rivera. Esos grandes resplandores hacen perder la genealogía de donde crecieron. Hay en Colombia una gran novela de la violencia que no ha sido reconocida dentro y es totalmente invisible afuera. El «Boom» nos dejó una lengua nueva llena de recursos nuevos, abierta a aventuras y exploraciones,y lo estamos viviendo en todo nuestros países. Obras posteriores a Rulfo y Fuentes, García Márquez y Mutis, Borges y Cortázar. Tenemos más escritores, y un retroceso; no circulan los libros en este continente de 400 millones de hablantes en español del modo que circulaban en el pasado.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

W.O.: Quiero experimentar la transgresión de las fronteras entre los géneros. Un libro que no sea fácilmente clasificable, que pueda ser visto como novela, ensayo o poema; una tentativa demasiado ambiciosa, y seguramente el fracaso está asegurado, pero para eso vinimos, para fracasar en cosas interesantes.

Entrevista de Máximo Soto

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