- ámbito
- Edición Impresa
El imperio de los vuelos bonsái

Ryanair es la más popular de una serie de aerolíneas de bajo costo (low cost) que se impusieron en los últimos años en el mercado aeronáutico, gracias a las facilidades legales y comerciales -especialmente la desregulación de esta industria en 1992- que aportó la unificación de los países europeos. Así nació la idea de los vuelos bonsái: viajes cortos de una ciudad europea a otra que, en general, no superan las dos o tres horas y que se mueven como si fueran casi colectivos aéreos. Una ruta entre dos países o dos ciudades puede ser recorrida unas seis veces en el mismo día con la misma tripulación, que se encarga de subir y bajar a los pasajeros, limpiar el interior de los aviones y distraer al público (dato no menor para el estilo que impuso esta aerolínea).
Precios chicos, grandes ganancias
Esta empresa irlandesa nació en 1985 realizando viajes cortos a Inglaterra, pero fue la llegada del polémico empresario Michael OLeary en 1991 la que le imprimió su sello característico a la firma. El CEO introdujo, entre otros cambios importantes, la eliminación de la clase business y de servicios como los refrigerios, la contratación de pilotos no sindicalizados y la negociación con aeropuertos regionales que, no sólo tenían tasas de impuestos más bajas, sino que en muchos casos subsidiaban a las empresas para que llegaran a ciudades que antes apenas figuraban en los mapas turísticos europeos. Poco a poco, se fueron imponiendo en el mercado destinos como Girona (en lugar de Barcelona) o Bergamo (en lugar de Milán), por ejemplo. De esta manera la pequeña aerolínea irlandesa se convirtió en pocos años en un gigante (y un problema para las empresas aeronáuticas tradicionales): en 21 años de vida Ryanair logró formar una flota de 300 aviones que vuelan a 165 destinos europeos (y Marruecos) y obtuvo ganancias netas en 2010 por 339 millones de euros.
Pero además de los cambios señalados, Ryanair implementó otras modificaciones que significaron una vuelta de página en la forma de viajar de los pasajeros. Para empezar, todas las compras se realizan en la página de la empresa (que eliminó sus puntos de venta y tiene apenas un número de consulta telefónica pago a precio de llamada internacional). Allí, el pasajero tiene que decir la manera en que quiere viajar con una premisa básica e irrefutable: si se desea alguna comodidad extra, hay que pagar. Si se tiene que viajar con una valija que excede las medidas del equipaje de mano y pesa más de 10 kilos, hay que pagar (20 euros por anticipado, 40 euros en la puerta de embarque), si no se hace el check in previo o no se lleva la tarjeta de embarque impresa, también hay que tener la tarjeta de crédito lista para ser usada. Si no se tiene la tarjeta de la empresa, también hay que desembolsar una extra, y así sucesivamente.
Este cambio de modalidad fue uno de los aspectos que generó más polémica en su momento, cuando en 2009 la empresa anunció que iba a eliminar prácticamente todos sus puestos de check in en los aeropuertos, pero el estilo se impuso y otras aerolíneas lo siguieron. De hecho, Ryanair tiene varias competidoras en el mercado, como Easyjet (la más importante) y Wizzair (especializada en vuelos a países de Europa oriental), pero ninguna tiene la popularidad de la irlandesa. Hasta las aerolíneas más importantes tuvieron que salir a competir con variantes de bajo costo -por ejemplo, Vueling, de Iberia- sin lograr las ganancias de la empresa comandada por O Leary. Rynair es una aplanadora, en gran parte debido al estilo que le imprimió este excéntrico empresario.
Una cuestión de actitud
OLeary se ha hecho conocido en el mundo empresarial por sus feroces negociaciones y declaraciones polémicas. Uno de los aspectos que más critican a Ryanair sus competidoras es el modo en que negocian con los aeropuertos: por ejemplo, si la firma considera que las tasas se han incrementado demasiado, levanta esa ruta sin dudarlo dos veces, por más que se trate de un destino nacional como la ciudad de Belfast. En este punto, las aerolíneas tradicionales atacan a la irlandesa argumentando que aprovecha los subsidios de los gobiernos locales para abrir trayectos que luego no pueden o quieren financiar en momentos de crisis, como el actual.
Algunos de los rasgos que más molestan a las empresas tradicionales del rubro es la desfachatez con que Ryanair se dirige a sus clientes, desde la oferta (algo engañosa porque siempre se agregan costos adicionales) de vuelos a un euro, hasta las publicidades provocativas y los productos que se venden en los viajes. Los pilotos de Ryanair tienen que tener, además de la matrícula, cierto don carismático, ya que es más lo que venden durante el vuelo que lo que pilotan. Ellos son los encargados por ejemplo de anunciar rifas por el altoparlante o aclarar que, al ser un vuelo de no fumadores (como todos los del mundo), la empresa vende cigarrillos electrónicos a sólo cinco euros. Cualquier excusa, regla o centímetro cuadrado del avión es una posibilidad de venta, de hacer dinero.
Al CEO de la empresa no le molestan estas críticas, por el contrario, las explota todo lo que puede. Haciendo honor al famoso cliché publicitario de «la mala publicidad es buena publicidad», OLeary sale cada tanto a hacer declaraciones polémicas, como su anuncio de que la empresa iba a comenzar a cobrar un euro por el uso de los baños en los aviones o que estaban analizando eliminar los asientos y que los pasajeros viajen parados. Cada frase de este estilo le valen titulares en los diarios y millones de euros en publicidad low cost, precisamente. El último anuncia en esta línea fue la apertura de una ruta trasatlántica a Estados Unidos de bajo costo. Habrá que esperar para ver si los irlandeses intentan una reconquista aérea de América y llegan hasta el Cono Sur.



Dejá tu comentario