- ámbito
- Edición Impresa
El rugby se vistió de fiesta
Cardenales venció a Huirapuca por 16 a 13, lo alcanzó y ambos festejaron el título en Concepción
Perdió, pero igual festejó. Huirapuca cayó en la última fecha pero igual pudo sumar una nueva estrella.; Ganó y cortó una racha negra. Cardenales fue corazón y garra. Gritó campeón luego de 11 largos años.
El otro jugó con inteligencia. Comprendió que las finales no se pierden con el corazón sino que se ganan con la cabeza. Esperó su momento como un animal salvaje acechando su presa. Golpeó y dejó 11 años de penosa sequía. Ese fue Cardenales.
Terminó el partido. Sonó la bocina y Chicho Núñez ya la tiró afuera de los límites del terreno de juego. Cardenales ya le ganó 16 a 13 a Huirapuca por la última fecha de la Copa de Oro. En un rincón, Pablo Varela, un ex jugador retirado el año pasado con la camiseta de Nales, cayó de rodillas. No pudo (ni quiso) contener el llanto. La película pasaba por su cabeza. Las 12 finales perdidas. El dedo acusador y burlón de los demás renombrándolos como pierdefinales. No puede hablar. Ni ponerse de pie. La sangre es un torrente en sus venas. El estómago se le cerró, como cada vez que sucede algo que conmueve. Lágrimas. Risas. Abrazos. Pablo Varela es la foto que resume lo que pasó por el corazón de cada uno de los Purpurados que estuvieron en el Parque de La Joven Argentina en Concepción. No hicieron 100 kilómetros en vano hacia el Sur de San Miguel de Tucumán. Volvieron con el alma henchida de orgullo. Eran campeones de nuevo. Todo el sufrimiento había quedado atrás.
Enfrente los de Rojo y Verde tardaron en reaccionar. Los segundos posteriores al final del partido fueron un flash de caras largas y decepción por la derrota. Luego les fue cayendo la ficha. Seguramente habrán recordado también los viajes inter-minables para un equipo al cual todo le queda lejos. Entonces sí. Tras ese recuento mental sobre la exitosa porfía, volvieron los rostros felices. Y los cantos hasta enrojecer las gargantas. Y los abrazos interminables.
Casi sobre el final se unieron en la mitad de la cancha. Eran dos símbolos: Chuky Faralle por los locales y Juan Simón por los visitantes. Alzaron juntos la copa y se abrazaron honestamente.
Detrás de todos, un hombre muy mayor, apoyado en un bastón dijo con un hilo de voz, casi inaudible por el llanto que le ahogaba la palabra por la emoción de ver a su Huira campeón: Esto es maravilloso. Sí señor. Esto es rugby.

