El samba según Calcanhotto

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«Trobar nova». Presentación de «O microbio do samba». Adriana Calcanhotto (voz). Con D. Moraes (guitarras), A. Continentino (contrabajo) y D. Lancellotti (batería). (Teatro Gran Rex; 30 de junio).

Nacida en Porto Alegre y residente desde hace tiempo en Río de Janeiro, Adriana Calcanhotto forma parte de una camada de artistas que rompieron con la hegemonía carioca-bahiana que dominó durante años la música internacionalizada de Brasil. Como otros colegas, eligió moverse hacia un eje más urbano -con más cemento y menos playa; la «estética del frío» como la bautizó el cantante también gaúcho Vitor Ramil- en la línea San Pablo-Porto Alegre. En ese grupo de artistas, en el que con sus variantes personales podríamos incluir a Marisa Monte, Moreno Veloso, Arnaldo Antúnes, Carlinhos Brown, Clara Sandroni o el baterista Domenico Lancellotti, entre tantos otros, está Calcanhotto. Ella, como esos otros músicos/cantantes, no olvida la tradición más conocida pero tampoco escapa a las influencias del Caetano Veloso de la «Tropicalia», del rock sajón, de las experimentaciones sonoras de la música clásica ni de las herramientas más modernas del negocio del espectáculo.

En esta nueva visita -muy lejana de aquella primera, cuando actuó con su guitarra en el teatro Regio dentro de un ciclo municipal-, vino para presentar su último disco, «O microbio do samba». Y mostró su propia visión de este género tan popular. Podría decirse que «su» samba es más intelectual, menos bailable, más de concierto. Su show -algo más de una hora y media frente a un Gran Rex que mostró muchos claros en una muy fría noche porteña- recorrió prácticamente todo el nuevo álbum y apenas sumó unos pocos temas anteriores. En un espectáculo sin concesiones, obligó al público a «atender» sus nuevas canciones, a recibir el tratamiento que eligió darles, a mirar y disfrutar su planteamiento teatral que navegó todo el concierto, a divertirse con sus juegos tímbricos de manos de chirimbolos acústicos (un tenedor sobre un plato, una caja de fósforos, un secador de pelo que hace volar hojas de un atril) o electrónicos (un pequeño sintetizador) que ella misma comandó.

Minimalista en su sonido, con su presencia rutilante en el centro de la escena y con una voz que jamás pierde la belleza, Calcanhotto se respaldó en un trío que parece de club de jazz. Tuvo en las sutilezas percusivas de Doménico Lancellotti un aliado fundamental. Pero tampoco desentonan en este planteo estético, las guitarras -mucho más interesante con la acústica- de Davi Moraes ni el contrabajo acústico -otro acierto tímbrico- de su ya viejo compañero Alberto Continentino. Y, en todo caso, sólo puede cuestionársele la persistencia en un discurso estético que empieza a hacerse reiterativo promediando el show y que desluce apenas lo que fue un espectáculo muy interesante.

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