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Entre la euforia de Nole y el karma de Rafa
El abrazo entre dos gladiadores: Djokovic y Nadal.
Los protagonistas de la final de Grand Slam más larga de todos los tiempos -cinco horas y 53 minutos-, la primera jugada -parcialmente- bajo techo, no podían tenerse en pie. «Felicitaciones a Novak y todo su equipo, lo merecen, están haciendo algo fantástico, así que felicitaciones», aseguró el español. El serbio devolvió la gentileza. «Rafa, desafortunadamente no pudo haber dos ganadores esta noche, pero te deseo todo lo mejor. Seguiremos jugando finales como ésta».
Nadal agradeció con un gesto, pero la procesión iba por dentro. Acababa de perder su séptima final consecutiva con Djokovic, la tercera al hilo en torneos de Grand Slam, una final que tuvo en su mano, que tras remontar lo que se perfilaba como derrota pareció que ganaría. «Voy a seguir luchando», prometió el español. Casi una obviedad, porque si algo hizo Nadal en la final en Melbourne fue luchar. Pero Djokovic, que en los tramos finales comenzó a apretar con fuerza la cruz que colgaba de su cuello y a lanzar súplicas al cielo, es un jugador muy peligroso, en especial cuando parece vencido. La temporada recién comienza, pero Nole, otra vez, sitúa al español en situaciones nuevas, en sensaciones desconocidas: tener una final encaminada, estar luego cerca de perderla, sentirla prácticamente ganada y verla escaparse cuando ya se acaricia el trofeo.

