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Europa ganó la guerra (hasta próximo accidente)
José Siaba Serrate
En el plano de los mensajes, la estrella de los programas públicos de estímulo se apaga raudamente. Su protagonismo lo heredó la prisa creciente del ajuste fiscal. No obstante, cuando se desciende de la retórica a los hechos, poco y nada de lo pactado se modifica. La solemne promesa del G-20 de recortar el déficit fiscal a la mitad para 2013 -y de estabilizar o reducir la deuda pública en relación con el PBI hacia 2016- no entraña novedad. No impone sacrificio adicional a los ya anunciados. Los planes de estímulo fiscal continuarán vigentes hasta agotarse conforme a su trazado original. ¿Qué importa, entonces, que el énfasis verbal cambie de destinatario, que ahora se mencione la disciplina fiscal con mayor insistencia, si las políticas en sí mismas no varían su curso previsto? ¿No es mejor ponderar el equilibrio de las cuentas públicas que hacer gala de déficits obscenos que, tarde o temprano, habrá que suturar? Ésta es la pulseada en la que Europa, como se dijo, impuso su criterio.
El problema es más complejo. La clave reside en la solidez de la economía. ¿Qué tan firme es la recuperación, por ejemplo, de los EE.UU., como para retirarle las muletas del aliento público extraordinario? Después de todo, se trata de un proceso en fase de construcción que todavía destruye crédito. Tampoco crea empleo -ni ingresos genuinos suficientes- como para recortar una enorme brecha de producto. ¿Se podrá sostener librado a su suerte? Nadie lo sabe con certeza. El mero repliegue del plan fiscal de estímulo -la ley ARRA- supone, el año próximo, un shock adverso de dos puntos del PBI sobre la demanda agregada y no es obvio que la demanda privada pueda reponerlos. Es más probable, en ese sentido, una recaída del nivel de actividad que una crisis fiscal en los EE.UU. (máxime a la luz de la crisis europea y de la fortaleza del dólar y de los bonos del Tesoro). El compromiso del G-20 -preservar las políticas actuales hasta que se produzca su extinción proyectada- resultará dañino si lo que de veras se requiere es extenderlas. En caso de accidente -y la crisis europea es capaz de provocar colisiones múltiples-, habrá que profundizarlas. Por supuesto, ante un contratiempo serio, toda promesa se esfumará. Qué mejor antecedente que el de la propia Europa: con una mano escribió el Tratado de Lisboa y sus cláusulas antirrescate y, más tarde, con el codo, sacó a Grecia del atolladero. Pero el punto es otro: hará falta un accidente para reaccionar, cuando la experiencia (de Lehman o de Grecia) enseña que lo crucial es evitarlo. Y atarse las manos antes de un accidente puede, a su vez, provocarlo en un mundo fragilizado y de volubles expectativas.
Batallas perdidas
Una a una, Alemania perdió todas las batallas. Quiso darle una lección ejemplar a Grecia, debió aceptar luego su rescate. Pretendió que lo rigiese una tasa no concesional, que no supusiera subsidio; se probó un oxímoron (ya que el mercado le cerró las puertas por completo). Trabó ad infinitum los desembolsos comprometidos, debió liberarlos pari passu con el anuncio de un mecanismo europeo de estabilización que elevó la ayuda potencial -ya no sólo a Grecia, sino a todos los desdichados de la región- hasta los 750 mil millones de euros. Se opuso a la compra de bonos soberanos por parte del Banco Central Europeo, pero, de hecho, lo aceptó. Otras ideas suyas -la eventual expulsión de un miembro de la eurozona o la creación del Fondo Monetario Europeo- tampoco tuvieron suerte. Sin embargo, a la hora del balance, la tenaz Alemania ganó la guerra. Instaló a la madre del borrego -la necesidad de virar ya hacia la disciplina fiscal- como el criterio de política dominante. No sólo en Europa. O en un simple papel con el sello del G-20. Es un éxito con raíces más profundas. Así, en los EE.UU., el último jueves, los senadores demócratas fracasaron por tercera vez -probablemente sea la vencida- en su intento de avanzar un pequeño programa de estímulo a la creación de empleos. El plan repartía beneficios por 83 mil millones de dólares a un costo neto, luego de retoques impositivos, de sólo 33 mil millones. Pero chocó con una negativa impenetrable alimentada por los republicanos y algún que otro demócrata. Todos hastiados, eso sí, de la intervención estatal.
El problema principal de un baño prematuro de austeridad es que no se sabe nadar en río revuelto. Y antes que ahogarse, se llamará de nuevo a las patrullas de rescate. La tesis subyacente -que el anuncio de ajuste fiscal supone una inyección de confianza que, a su vez, estimulará el crecimiento- no se verificó cuando fue ensayada. Grecia se carbonizó. Casos menos sospechosos como España y Portugal perdieron toda confianza de los mercados. Y, para peor, estabilizar la situación mediterránea (lo que evitó una remake de Lehman a escala global) requirió la urgente creación de nuevos mecanismos artificiales de sostén, a un costo potencialmente multimillonario. La lógica que rige no es la que se preconiza. Donde el crecimiento escasea, el ajuste fiscal no es creíble. La confianza se espanta. Y frenar la corrida resulta más costoso aún que mantener la política anterior de riendas sueltas. ¿Dónde está la ganancia? Porque los riesgos de un fracaso son enormes.

