29 de septiembre 2010 - 00:00

Fin de gira a pura cábala en Queens para los Kirchner

Cristina y Néstor Kirchner compartieron gran parte de las actividades en Nueva York. Ayer estuvieron, por ejemplo, en la ONU. La sonrisa de ese momento se extendió luego a un distendido almuerzo y posterior cena.
Cristina y Néstor Kirchner compartieron gran parte de las actividades en Nueva York. Ayer estuvieron, por ejemplo, en la ONU. La sonrisa de ese momento se extendió luego a un distendido almuerzo y posterior cena.
Nueva York, EE.UU. (enviado especial) - Si alguna veta romántica tiene Néstor Kirchner -difícil de encontrar, teniendo en cuenta las características del personaje-, ésta apareció ayer en Nueva York, en las últimas horas del matrimonio en esta ciudad. Eufóricos por haber sido elegido el país en la presidencia del G-77 + China, nombre al que habrá que acostumbrarse porque parece que los Kirchner asimilan ya en importancia ese paso como un triunfo en la interna bonaerense, todos los argentinos partieron de la ONU a almorzar al restorán BICE, una especie de fetiche gastronómico de Cristina de Kirchner en Nueva York.

La despedida de la ciudad había comenzado. Hubo chistes de todo calibre en esa mesa donde se ubicaron Héctor Timerman, Amado Boudou, Jorge Argüello, las senadoras que pacientemente pasaron su semana en el hotel Jumeirah y ayer se llegaron hasta la ONU, Sergio Urribarri, Gerardo Zamora y su iPad y, obviamente, José María Díaz Bancalari, quien, sumando sus almuerzos allí, pasó más tiempo en ese restorán que cualquier otro político de la Argentina. Se lo tiene ganado: alguien convenció a los Kirchner de que les trae buena suerte en sus viajes y desde entonces nunca más se bajó del Tango 01. También se llegó hasta allí Carlos Zannini, que luego se dedicó a descansar en un sillón del lobby del Four Seasons con cara de pedir traslado urgente a Buenos Aires.

Amigos

En el almuerzo hubo llamadas a la Presidente en varios idiomas, siempre con traductor de por medio, para felicitarla por su discurso en la ONU. Cuando los presentes le preguntaban el nombre, enigmática, se limitaba a responder: «Son amigos». Esos «amigos» de los Kirchner desde ayer aparecieron en Yemen, China, Sudáfrica, Turquía, Nigeria, con cuyo embajador Mourad Benmehidi se abrazó en Naciones Unidas como si se conocieran de toda la vida. Son todos los integrantes de ese mundo del G-77 que parece fascinarla.

Fin del almuerzo y caminata, breve, hasta el hotel Four Seasons. Fue entonces cuando los dos se separaron del grupo y de la mano bajo la lluvia pasearon por primera vez en Nueva York. Una imagen romántica, complicada sólo por el agente del servicio secreto que los seguía dos metros atrás, que sirvió para que la comitiva hiciera la obvia broma.

Desde temprano se anunció que la partida del Four Seasons se adelantaría. Esa especie de segundo hogar de los Kirchner, donde alquilan suites y salones para sentirse como en la residencia de Olivos pero en un piso 32 sobre Nueva York, esta vez cobijó a más personal de asistencia que de costumbre; no es fácil trasladar un Gobierno casi completo a 10.000 kilómetros de Buenos Aires, sobre todo si se integra a secretarios, guardaespaldas y hasta damas para atender vestuario o el agua mineral presidencial.

La partida anticipada de allí tuvo explicación más tarde: tampoco quisieron los Kirchner dejar de cumplir con otra de las cábalas de muchos de sus viajes a Nueva York, y de ahí que en el camino al Tango 01, estacionado en el JKF, hicieran una parada en la parrilla Boca Juniors, en el Boulevard Queens del barrio de Elmhurst. Esa zona de Queens, cercana al aeropuerto, es el centro de la colectividad argentina en esta ciudad. Allí Walter Coni, que vive más tiempo en Buenos Aires que en Estados Unidos, encontró el filón de servir carne argentina en un restorán plagado de LCD que transmiten sin descanso partidos de Boca y memorabilia del club en las paredes. Allí, entonces, apuraron la cena para cumplir con la idea de no llegar hoy a Aeroparque mucho más allá de las 8 de la mañana.

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