19 de febrero 2015 - 00:00

Fiscales festejaron acto (pero hay más divisiones)

José María Campagnoli
José María Campagnoli
 Desde anoche las divisiones son más fuertes en el quinto piso de Comodoro Py. El límite entre presentes y ausentes en la marcha del 18-F perdurará a lo largo del año, más aún si se tienen en cuenta las reflexiones de los organizadores, que ayer ubicaron al acto como un hito en la historia argentina nunca antes visto.

El gris es ahora un color más esquivo, pero no por las diferencias macro en cuanto a las tendencias políticas, sino más bien por la posición que cada uno de los actores ha adoptado en función de su perfil institucional. Por eso hay fiscales como Gerardo Pollicita, hombre del momento, que eligieron preservarse de la manifestación para eludir cualquier interferencia en su función judicial, que es en definitiva lo que más les importa y donde más peso tienen, especialmente si alguna vez se concreta la reforma procesal penal.

Esta línea corresponde a aquellos que no asistieron pero tampoco criticaron la movilización. Apenas Jorge Di Lello refutó la organización fue fulminado por duras críticas. No todo siempre es tan solemne: es conocido que en realidad Di Lello y Raúl Pleé, uno de los convocantes, están enemistados por rencillas del gremio de jueces que poco tienen que ver con la memoria o el silencio.

Los principales organizadores de la marcha son, en cambio, funcionarios con un perfil cada vez más político que netamente judicial, algo que ya en el microclima de los tribunales no es ningún secreto: Guillermo Marijuan es cercano a Sergio Massa, Carlos Stornelli fue funcionario de Daniel Scioli y es cercano a Mauricio Macri por su filiación boquense, Ricardo Sáenz tiene un alto perfil en las internas gremiales y José María Campagnoli se constituyó como una terminal de respaldo opositor el año pasado, en parte gracias a los múltiples errores tácticos de Alejandra Gils Carbó.

Este perfil que se originó mucho antes de la muerte de Nisman es terreno fértil para los partidos opositores, que en las últimas semanas lograron resultados impensados bajo el paraguas del Poder Judicial, que es un terreno mucho más grato que el Congreso, donde el kirchnerismo tiene la capacidad todavía de marcar la agenda.

Esta tendencia es vista en ciertos despachos del fuero federal como un potencial abrazo del oso, y por eso ayer alguno de los presentes en la marcha pensaba dos veces antes de cada saludo y miraba a las cámaras cercanas antes de conceder cualquier muestra de afecto que fuera más allá de los formalismos de ocasión.

Este viaje de ida de la oposición hacia la esfera judicial es en gran parte el causante de que ciertos expedientes que en diciembre iban a gran velocidad, ahora tengan un ritmo más pausado. Ya sin ciertas estructuras de la clandestinidad, reclinarse en otros espacios de influencia podría ser un giro precipitado, más aún tras la muerte de Nisman, que es el terreno que se ha transformado en el denominador común ya desde los albores de un año de elecciones presidenciales.

Más allá de estos cálculos, los fiscales del 18-F ayer se felicitaban mutuamente porque cumplieron su cometido: enviaron un mensaje contundente a un oficialismo que no logra dejar atrás el estado de shock de enero porque la causa judicial que instruye Viviana Fein no tiene todavía certezas y porque su escape hacia adelante es condicionado por errores de cálculo que se presentan tanto en el intento de cubrir la quinta vacante de la Corte Suprema como en la reforma de la SIDE, que motiva urgencias severas en algunas representaciones diplomáticas inquietas por los cambios recientes en el personal de la catedral de la clandestinidad que debía coordinar acciones con servicios extranjeros.

El cuadro de una Plaza de Mayo atestada como la de ayer no fue, para los organizadores, un modo de ganar más respaldo público antes de decisiones cruciales (como las que vendrán), sino una construcción de legitimidad que en su propio microclima suele ser más esquiva.

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