13 de noviembre 2012 - 00:00

Grecia vuelve a la palestra

¿Vuelve Europa a los primeros planos? ¿Terminó la tregua internacional que orquestó Barack Obama para facilitar su reelección? Los viejos problemas retozan todavía: Grecia, España, la doble recesión que se esparce por el Viejo Continente, y la mar en coche. Desde agosto que se esperaba el informe de la troika que rige los destinos de Grecia. En España, desde septiembre se aguarda el rescate «inminente» (aunque Madrid ya obtuvo el fondeo que necesita para cubrir 2012). En la carrera por dilatar todo lo posible cualquier solución que luzca definitiva, Atenas lleva ventaja: afronta un vencimiento este viernes, y se sabe que no recibirá a tiempo los desembolsos del paquete de ayuda. Pero la emoción no alcanza los picos de antaño: también se sabe cómo se esquivará el impago. Bastará repetir el truco del mazo que cambia rápido de manos. La Tesorería emitirá Letras a cuatro semanas y a tres meses que los bancos locales comprarán con gusto para redescontar ante el Banco Central heleno. Éste, a su vez, podrá financiarse en una ventanilla especial del BCE -la de los préstamos ELA- entregando las susodichas Letras como garantía. Así, mientras se preserve la alimentación endovenosa por vía del BCE, Grecia podrá mantenerse corriente en sus pagos sin necesidad de ningún (otro) eurobono.

Cuando la canciller Angela Merkel visitó Atenas, estampó la decisión alemana de no botar al país de la zona del euro. No hizo falta contar con el bendito informe de la troika. Ni el FMI ni el BCE -ni EE.UU. ni nadie más que Alemania- abogó alguna vez por la expulsión de Grecia. No obstante, lo que Merkel dejó en el tintero es el corolario de tal determinación: ¿cómo (y quién) abonará el costo adicional de prolongar su estadía? Allí reside el atasco de la discusión. Si finalmente la permanencia de los helenos no corre peligro, ¿por qué todavía Europa habla de Grecia con el corazón en la boca? El drama es la factura. Extender el programa de salvataje por dos años, hasta 2016, costaría unos 32 mil millones de euros en comparación con los 8 mil millones del esquema original, según el citado borrador. Pero el problema es más profundo. El FMI considera que el propio programa (aun si se cumpliese a rajatabla) no ofrece una solución viable. La deuda resultante no es sostenible. El FMI (y se dice que también EE.UU.) empuja por una segunda reestructuración. Y esta vez los prestamistas oficiales deberían sufrir la reducción de sus acreencias (léase los fondos europeos de rescate y el BCE). El tema es tabú. Pero la disputa existe y salió a la luz cuando el ministro alemán de Finanzas se opuso públicamente diciendo que si ocurría Europa estaba obligada, por su legislación, a interrumpir su asistencia. Tal vez no haya quitas de capital, entonces, pero sí extensión de plazos a tasas irrisorias. O, como sugirió el ministro, una (dudosa) recompra de la deuda a descuento. Como sea, el asunto bulle en plena efervescencia.

¿Qué esperar? Que se aplique la solución europea a los tópicos verdaderamente difíciles. En lo posible, el cono del silencio. Merkel tiene elecciones en octubre de 2013 y, aunque la fecha sea distante, ya se advierten sus efectos. Si no fuera por la negativa alemana, por caso, la España de Rajoy obraría bajo el paraguas de un rescate convencional (y el BCE ya hubiera comenzado con las compras de bonos soberanos). La idea dominante en Atenas comulga con esta posición: zafar del infierno no los llevará al paraíso. Sino a un limbo de incertidumbre cuya duración dependerá de Berlín. Y a menos que los mercados le arrebaten el timón a Merkel, bien podrían permanecer once meses allí.

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