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Grecia vuelve a la palestra
Cuando la canciller Angela Merkel visitó Atenas, estampó la decisión alemana de no botar al país de la zona del euro. No hizo falta contar con el bendito informe de la troika. Ni el FMI ni el BCE -ni EE.UU. ni nadie más que Alemania- abogó alguna vez por la expulsión de Grecia. No obstante, lo que Merkel dejó en el tintero es el corolario de tal determinación: ¿cómo (y quién) abonará el costo adicional de prolongar su estadía? Allí reside el atasco de la discusión. Si finalmente la permanencia de los helenos no corre peligro, ¿por qué todavía Europa habla de Grecia con el corazón en la boca? El drama es la factura. Extender el programa de salvataje por dos años, hasta 2016, costaría unos 32 mil millones de euros en comparación con los 8 mil millones del esquema original, según el citado borrador. Pero el problema es más profundo. El FMI considera que el propio programa (aun si se cumpliese a rajatabla) no ofrece una solución viable. La deuda resultante no es sostenible. El FMI (y se dice que también EE.UU.) empuja por una segunda reestructuración. Y esta vez los prestamistas oficiales deberían sufrir la reducción de sus acreencias (léase los fondos europeos de rescate y el BCE). El tema es tabú. Pero la disputa existe y salió a la luz cuando el ministro alemán de Finanzas se opuso públicamente diciendo que si ocurría Europa estaba obligada, por su legislación, a interrumpir su asistencia. Tal vez no haya quitas de capital, entonces, pero sí extensión de plazos a tasas irrisorias. O, como sugirió el ministro, una (dudosa) recompra de la deuda a descuento. Como sea, el asunto bulle en plena efervescencia.
¿Qué esperar? Que se aplique la solución europea a los tópicos verdaderamente difíciles. En lo posible, el cono del silencio. Merkel tiene elecciones en octubre de 2013 y, aunque la fecha sea distante, ya se advierten sus efectos. Si no fuera por la negativa alemana, por caso, la España de Rajoy obraría bajo el paraguas de un rescate convencional (y el BCE ya hubiera comenzado con las compras de bonos soberanos). La idea dominante en Atenas comulga con esta posición: zafar del infierno no los llevará al paraíso. Sino a un limbo de incertidumbre cuya duración dependerá de Berlín. Y a menos que los mercados le arrebaten el timón a Merkel, bien podrían permanecer once meses allí.


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