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Incondicionales en el fin de ciclo
Quien fue un innovador primer ministro socialista termina apelando a una receta clásica del ocaso político. Relega sus líneas de gobierno más osadas, enviste de poder a un hombre experimentado de la nomenclatura del PSOE como Alfredo Pérez Rubalcaba y se recuesta sobre el reducido espacio zapaterista, entre ellos, la electa ministra de Relaciones Exteriores, Trinidad Jiménez, mujer con vínculos con el Gobierno argentino por su paso por la Secretaría de Estado para la región.
El Zapatero de los primeros años parecía imparable para los influyentes sectores conservadores de España, que se volcaron a las calles en masa para rechazar iniciativas como la ley de matrimonio homosexual con derecho a adopción, la transformación del PSOE de Cataluña en un partido nacionalista o el coqueteo del socialista con la revisión de los crímenes del franquismo.
Era el gobernante que ordenaba la abrupta retirada de sus tropas de Irak y el que presentaba un gabinete «igualitario» entre hombres y mujeres. Entonces fue designada ministra de Defensa Carme Chacón, una treintañera catalana que revistaba tropas embarazada. Más tarde llegó Bibiana Aido a la cartera de Igualdad, y como parte de un Gobierno innovador inventó el castellano al hablar de «miembros y miembras». Ayer salió Aido del gabinete y cerró su ministerio.
La emergencia de Zapatero como líder había solucionado la crisis de liderazgo en la que se debatía el PSOE desde la lenta salida del poder de Felipe González. El felipismo miraba de reojo las osadías del nuevo gobernante, entre ellas, sus simpatías con gobiernos de izquierda latinoamericanos, mientras el Partido Popular (PP) observaba cómo desde La Moncloa socialista le doblaban la apuesta y se aprovechaban de su propios dilemas de liderazgo.
El negocio electoral cerraba. En un marco de paridad política como la que vive España desde hace al menos quince años, lo que Zapatero perdía en los sectores centristas lo ganaba en el electorado de Izquierda Unida u otras formaciones regionalistas. Un delicado equilibrio que mantenía al PP a prudentes 5 puntos de distancia.
Con una economía tan boyante como la que había heredado de Aznar en 2004, Zapatero impulsaba además generosidades como los incentivos a la maternidad. Mientras, había para repartir, crecían y crecían en silencio las burbujas, en especial, la inmobiliaria. Un globo que se infló, en parte, a caballo de la coima a los concejales de ambos partidos que aprobaron las modificaciones necesarias de los códigos de edificación.
Ni Zapatero ni Mariano Rajoy objetaron los trazos centrales del rumbo económico. Tampoco los sucesivos ministros socialistas. Llegó impiadosa la hora del ajuste y de la desocupación del 20%, y con ello se acabó la sintonía con la izquierda. Con la crisis, lo de «miembros y miembras» se volvió intolerable. Fuego amigo. Algunos presidentes autonómicos (gobernadores) anunciaron que no quieren foto con Zapatero de cara a las elecciones regionales. La prensa conservadora se solaza y la de centro, próxima al felipismo, cobra deudas.
Con el PSOE por el piso en las encuestas, Zapatero dibuja un gabinete de supervivencia y lealtades. Salen los innovadores con vuelo propio, como el ex canciller Miguel Moratinos y la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega. La reemplaza como vocero Rubalcaba, quien ya estaba a cargo de Interior. Permanecen Elena Salgado (Economía, arquitecta del ajuste anticrisis), Manuel Chávez (relaciones con las autonomías, «barón» de Andalucía a la que gobernó 19 años), José Blanco (Vivienda, zapaterista de la primera hora) y Miguel Sebastián (Industria, zapaterista económico). Último intento de evitar elecciones anticipadas, o de llegar a ellas más armado.


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