10 de diciembre 2009 - 00:00

Kirchner y una cláusula que no anula una futura traición

Néstor Kirchner
Néstor Kirchner
«Desconfianza + Desconfianza x Desconfianza = Seguridad». Impiadosa y brutal la fórmula de Néstor Kirchner para prevenir sorpresas políticas, sobre todo de sus soldados y aliados, se demostró una vez más insuficiente: la cláusula K que impuso en la reforma política bonaerense no destierra la chance de una traición.

El texto que el lunes aprobó, a desgano y bajo protesta, el Senado, entre amagues de renuncias y ausencias sintomáticas, dejó abierta de modo casi invisible una puerta para que, en caso de urgencia o preservación, el peronismo de Buenos Aires se desligue de una potencial candidatura presidencial del ex presidente.

El patagónico -con un telefonazo al jefe de Diputados, Horario González- hizo modificar el articulado de los plazos de convocatoria e incluir, expresamente, que la primaria bonaerense deberá realizarse el mismo día que la primaria nacional. Creyó, con eso, abortar cualquier maniobra de autonomía.

Mala noticia: el sistema, que ahora deberá promulgar Daniel Scioli, ensambla las internas abiertas en cuanto a fecha, pero no suprime la incompatibilidad para que éstas se deban realizar con la misma logística, es decir, en los mismos lugares de votación y, sobre todo, con el mismo padrón.

Posibilidad

De ese modo, aunque se hagan el mismo día -está pautado por el Congreso que será el segundo domingo de agosto-, la provincia podría separar la votación: en un lugar y con un padrón votar para presidente y diputados nacionales, y en otro -y con otro registro- para cargos provinciales y locales.

De ese modo, desaparece la lista sábana y única (que abarque desde presidente hasta concejales) y se anula el arrastre automático. En la práctica, se institucionaliza la oportunidad del corte de boleta.

El procedimiento, así dicho, suena engorroso, pero hay un factor legal: la Justicia Electoral bonaerense dispone de su propia logística electoral, incluso su propio padrón, por lo que podría excusarse de compartir «acto eleccionario» con la Justicia Federal que incide sobre el capítulo de las candidaturas nacionales.

Al final, el triple filtro de desconfianza que ejecutó Kirchner no fue todo lo efectivo que supuso. El daño, en la tropa propia, fue atroz: el vicegobernador Alberto Balestrini, un adorador del patagónico, ha pronunciado párrafos fulminantes. Orilleros, a su lado, se refieren al ex presidente como «el Malo».

Nada es gratis. Y las excusas no alcanzan: con un giro psicológico, hay quienes se escudan en que la derrota que padeció, en persona, en el Congreso empujó a Kirchner a sobreactuar su dominio del peronismo de Buenos Aires. Le llevará meses amortizar el costo de esa aventura perdidosa.

Puede, incluso, ser víctima de su propio despropósito: al «pegar» las primarias provinciales con las nacionales, suprime un recurso táctico que en 2011 podría volverse necesario para garantizar su supervivencia: anticipar la elección bonaerense, despegándola de la nacional, para «provincializar» la elección.

Esa hipótesis, alguna vez explorada en Olivos, sugería que Kirchner podría bajar a competir por la gobernación, concentrar el esfuerzo en Buenos Aires y sacarse de encima dos karmas: a Julio Cobos, que parece imbatible, y el balotaje, última guillotina para cualquier fantasía continuista del matrimonio.

En la provincia no hay segunda vuelta; quien gana por un voto es gobernador. El peronismo K parece una casa de enanos en el Delta: tiene piso alto, pero techo bajo. Lo primero le permite aspirar a imponerse, siquiera ajustadamente, en la provincia; lo segundo, le augura una derrota en el balotaje nacional.

Para los peronistas bonaerenses, además del destrato, la intromisión de Kirchner con la reforma consolidó una certeza: como ocurrió con las testimoniales, el patagónico no contempla ninguna opción de preservación. Las alternativas son: suicidio en masa o un salvataje conjunto.

A la distancia, para el PJ kirchnerista, 2011 promete más un Jonestown, con el patagónico en el papel del reverendo Jim Jones, que una supervivencia de la estructura. ¿Y cómo volver del desierto si, además de la presidencia, el peronismo pierde la provincia y, en el tsunami, entrega medio conurbano?

Los memoriosos, espantados, invocan un caso testigo. Martín Sabbatella ganó Morón luego de que, durante años, el peronismo controlara -entre Rousselot, Román y un staff inolvidable- ese feudo. No parece fácil, más allá de los méritos de Sabbatella, que el PJ pueda renacer allí. Algo similar ocurre en San Martín.

Con algo se nostalgia, hasta se añora a Eduardo Duhalde y su decisión, en 1999, de «pactar» con Domingo Cavallo a nivel provincial -aunque el ex ministro dañaba sus chances presidenciales- para que el PJ retenga el control de Buenos Aires: Carlos Ruckauf fue colgado de la lista de Duhalde y de la Cavallo, lo que le permitió vencer a Graciela Fernández Meijide.

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