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La belleza y la patología de las ciudades, según Siquier
Una de las cinco poderosas obras de la muestra de Pablo Siquier, un artista que pinta las sombras que conforman la trama compleja de las megalópolis, con sus tensiones, sus caminos de fuga y sus espacios de aislamiento.
Durante un vernissage privado, luego de los discursos y formalidades de rigor, el ministro de Cultura Hernán Lombardi anticipó que aunque evita expresar sus gustos personales y prefiere guardar reserva sobre sus preferencias artísticas, no podía dejar de decir que la obra de Siquier lo conmueve, que admira «las relaciones que entabla entre la conexión y el aislamiento».
Lo cierto es que con esa breve -y para algunos críptica- descripción, Lombardi sintetizó el trabajo de un artista que pinta las sombras de las ciudades, sombras que conforman la trama compleja de las megalópolis, con sus tensiones, sus conexiones o caminos de fuga y sus espacios de encierro o aislamiento. En estos lugares sin vías de escape es donde reside, según observa Siquier, «la patología de las ciudades».
En la sala hay un mural de vinilo negro de 13 metros de largo; allí, los laberintos urbanos se recortan con nitidez sobre la pared blanca. Y el blanco genera una luz inconfundible, que emana de las abstracciones de Siquier. No es de extrañar entonces, que esta magnífica evocación urbana, que este despliegue de impenetrable e intrincado diseño que pone en evidencia la belleza ornamental de la arquitectura, haya seducido al ministro porteño. Siquier pinta a Buenos Aires como nadie lo hizo antes.
De hecho, la propia ciudad parece convocar al artista. Sus murales están emplazados en lugares tan disímiles como el Art District de Puerto Madero, la estación de subterráneos Carlos Pellegrini, el Centro Cultural San Martín, el Sanatorio Güemes o el restaurante Calcio, además de numerosas casas de coleccionistas privados. Es más, cuando comenzó a crecer Puerto Madero, surgió el proyecto de llevar sus imágenes a las veredas (que nunca se concretó), para brindarle una identidad especial al nuevo barrio.
Estilo
Las pinturas del artista, liberadas de las ataduras de la figuración, exhiben algunos rasgos estilísticos del art déco porteño, formas que se cruzan con las derivaciones de éste y de otros estilos de la modernidad que han dejado su huella.
Al hablar de su trabajo, Siquier aclara: «La arquitectura siempre ejerció una fuerte influencia en mi obra, pero también el diseño, el urbanismo, el modernismo y las secuelas que ha dejado el modernismo. Me interesan sobre todo, los repertorios formales de los estilos, ver cómo se van ensuciando y modificando con el paso del tiempo y con los desplazamientos geográficos. Como el art déco, otros estilos también se van enfermando, uno se contagia del otro».
Al promediar la década del 90, críticos como Fabián Lebenglik, Carlos Basualdo y Fernando Farina encontraron un parentesco cercano entre la obra de Siquier y el arte concreto argentino. Consultado Siquier sobre su relación con el grupo de artistas concretos de firme ideología y la supervivencia de esos ideales utópicos, respondió: «Las mezclas de estilo, la hibridación, desactivan las ideologías. Pero siempre me gustó la arquitectura persuasiva que está al servicio de la ideología, como la fascista, la de Albert Speer. Me atrae Boullee, que en el siglo XVIII diseñó grandes proyectos que no se llegaron a construir por su dimensión desmesurada. Admiro la arquitectura de Salamone, esos edificios monumentales que levantó en La Pampa».
Sobre una pared de Cronopios hay otro mural realizado en carbonilla que trae el recuerdo de los que Siquier diseñó in situ para la 26 Bienal de San Pablo en el año 2004. El curador del envío argentino, Marcelo Pacheco, indagaba en su texto la gramática del artista: «En sus cuadros había algo de pastiche, de simulacro, de maqueta; había apropiaciones, hibridaciones, citas y artificios. Todo su vocabulario se volvía confortable, tenía una razón de ser en este tiempo de las escenificaciones y las nostalgias retro». Lo cierto es que el gesto del artista a través de la carbonilla, acarrea, a pesar del uso de la tecnología, connotaciones sensibles que no posee el mural en vinilo.
Aunque el vertiginoso mural en vinilo, un estallido de rectas y curvas y contracurvas que rítmicamente se expanden para conjugarse en una totalidad, ejerce su atracción visual por otros motivos: depara un incomparable placer a quien deja vagar su mirada por los accidentes del dibujo. Siquier presentó sus murales con características similares en la muestra consagratoria que le dedicó el Museo Reina Sofía de Madrid. Pero en el mural en carbonilla, ante ese goce del mirar se interponen los enigmas, generados por un dinamismo que se encierra en su propio y elaborado diseño.
Entretanto, las líneas vertiginosas del monumento de hierro que se yergue en medio de la sala, delatan la obsesión de un artista que, cuando no logra resolver algo, reconoce: «Lejos de buscar la solución por el camino de la síntesis, pruebo con diez elementos y, si no funciona, pruebo con 100 y si no con 1000». Hay una condición demencial en la naturaleza de la obra que resulta perturbadora. Hace unos años el artista contó que proyectaba realizar unas estructuras de hierro transitables; hoy, presenta una red tan cerrada que apenas deja filtrar la mirada.
Para explicar esta aceleración, Siquier remonta los orígenes de su formación. «Yo vengo del arte expresivo, del art brut. Comencé admirando a Dubuffet y el arte de los locos y de los alucinados, porque hay artistas maravillosos. Después advertí que no era loco o, que no era suficientemente loco, y me aparté. Pero queda un resabio de esos excesos. A pesar de la geometría soy un artista expresivo».
La expresividad aparece encapsulada en una breve salita. Allí, unos bajorrelieves ornamentales ocupan todo el espacio con su desmesurado volumen. Se trata de la materia prima que utiliza un artista que gusta de la arquitectura de Gaudí, pero que sólo tomará las sombras que proyectan esas molduras gigantescas para abstraerlas y llevarlas a sus cuadros. El ornato, magnificado por la dimensión excesiva en ese lugar cerrado como una capilla, envuelve al espectador y ejerce el peculiar encantamiento que provoca el arte decorativo. El lugar encierra un pequeño retacito del mundo con una cualidad muy especial: el espectador descubre que puede (o debe) mirarlo con los ojos del artista.


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