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La pintura de Luis Felipe Noé, una materia latente que no imita lo real
«Nos estamos entendiendo» (arriba) y «La estática velocidad», de Luis Felipe Noé, dos de sus pinturas murales que exhibe el Museo de Bellas Artes
El departamento de Museología del MNBA y la Cancillería decidieron exhibir junto a las obras los cajones que fueron y volvieron de Venecia, además de la mesa de trabajo con los materiales que utilizó el artista y el video realizado por Juan Chiesa, que registra paso a paso la gestación de la pintura hasta el momento del vernissage.
Tanto los objetos como las imágenes agregan verismo a un relato que comienza cuando la directora de Asuntos Culturales, Gloria Bender, y el ministro Sergio Baur, designaron al editor y crítico de arte Fabián Lebenglik curador del envío argentino, y él propuso presentar a Noé. Lebenglik le sugirió al artista realizar una obra expresamente para la Bienal, después de conocer el espacio de 300 metros cuadrados donde montarían la muestra, y a partir del tema «Hacer mundo», idea rectora del curador general de la exhibición veneciana, el sueco Daniel Birnbaum.
Vale la pena aclarar que pintar esas obras gigantescas en alrededor de cinco meses implicó no sólo un enorme desafío, sino, además, un riesgo que pocos artistas se atreverían a asumir. De hecho, cuando en la Bienal de 2007 León Ferrari ganó el León de Oro, el curador Robert Storr tomó una apuesta sin riesgo y expuso el célebre avión bombardero, una obra ya consagrada de 1965. Y sin ir tan lejos, el año pasado, en el pabellón de España Miquel Barceló presentó una muestra antológica con obras de la última década, más apropiada para un museo que para una Bienal.
Pero Noé, como observó el curador, es capaz de brindarnos su arte más «revelador» y más «pleno» a partir de sus dudas y vacilaciones, de su capacidad exploratoria. «Cuando se trata de hacer y pensar, nunca dice que no. Es más fuerte que él», señaló Lebenglik, y lo impulsó a encerrarse en el taller del barrio de Barracas para pensar y pintar la obra.
Velocidad
«La estática velocidad», es una inmensa pintura de once metros de largo por tres de altura, un territorio cruzado por tensiones que determinan espacios de choque, donde se detiene o fluye la pincelada.
El título de la obra reúne dos términos antagónicos que, sin embargo, coinciden en la imagen de esa forma «estática», detenida, donde se aquieta la «velocidad» de las pinceladas en movimiento.
Noé trabaja en un campo imposible de definir como figurativo o no-figurativo, su pintura no imita las cosas, es ella misma una cosa, una materia latente, que genera vibraciones e irradiaciones a medida que la mirada del espectador se desplaza. La imagen exhibe el fluir de los rastros del pincel, que si bien puede verse como una metáfora del transcurrir del tiempo, ostenta, a la vez, una palpitación que coincide con los ritmos del hablar y del pensar de Noé, con su característico nerviosismo y con sus urgencias.
Entendiendo
«Nos estamos entendiendo» es una serie de pinturas de formas irregulares, cuadros de marco recortado que configuran islas de colores vibrantes. Si bien cada pintura abre un punto de vista diferente, el conjunto se presenta eslabonado, se «organiza» ante la mirada del espectador. El artista atribuye al turbulento contexto histórico de nuestro país su interés por analizar la estructura del caos, fenómeno que bajo una desordenada apariencia lleva implícita la idea de cierto orden, un orden que abarca la complejidad que habita su obra.
Entretanto, hay algunas pinturas de Noé, como las que fueron a Venecia, que muestran una extraña condición: la pintura parece todavía fresca. Acaso es por esta razón, por esta cualidad que el artista le aporta a la materia, que obras del pasado como «Convocatoria a la barbarie» de 1961, pintada cuando integraba el grupo Nueva Figuración, el «Incendio del Jockey Club», o «Mambo», realizada en París en 1962, resultan todavía escalofriantes.
Las heroicas pinturas de su serie «Federal», cortan aún el aliento, su dramatismo conmueve como un hecho reciente. Pero Noé huye de su pasado, de un pasado que se resiste a quedar atrás y se mantiene vigente. «Estoy vivo, me siento vivo. Y me alegra participar con obra actual. No ser el viudo del Noé de los años sesenta» dijo, cuando lo convocaron para ir a Venecia. Artista, teórico y docente, hiperactivo y sumamente comunicativo, Noé, ha estado muy presente en Buenos Aires, con su pintura y también con sus textos y sus ideas, desde que a principios de la década del 80 regresó de su exilio en París.
El diplomático Sergio Baur se reunió hace dos meses con Daniel Birnbaum en la Galería Portikus de Frankfurt, y contó: «Elogió mucho la presentación argentina en esta edición. Me alegraron sus comentarios porque destacó que el artista y la obra seguían los principios que el había enunciado para la convocatoria. Noé hizo un work-in- progress, pensó la obra a medida que la realizaba, sin proyecto ni bocetos previos».
El curador Birnbaum había encomendado «enriquecer la Bienal con artistas clave de la historia del arte que aún continúan productivos, y que ejercen su influencia en las generaciones siguientes». Y en ese lugar, Noé es la figura insoslayable de nuestro arte.


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