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La receta keynesiana, un error
Pero pasemos ahora a la situación actual, en que la Argentina puede ser una enseñanza por los errores cometidos y sus patéticos resultados, a partir de la influencia del nacionalismo católico, que introdujo las ideas fascistas al país, y el advenimiento de Perón para implementarlas. Los resultados están a la vista. Mas mi propósito es que podamos aprender de los errores argentinos y que sirvan para analizar la actual crisis europea e implementar las políticas adecuadas para superarla.
Como ya escribí en anteriores oportunidades, debemos de saber que no es posible evitar las consecuencias de los errores cometidos. Lo importante es aprender de ellos para evitar su repetición, y al mismo tiempo determinar cuál es la política adecuada para reducir su costo y recuperar el equilibrio perdido. En ese sentido, también planteé que la supuesta alternativa entre crecimiento y austeridad es una falacia presentada por los economistas con el Sr. Krugman a la cabeza. Conforme a ella todavía pretenden aplicar políticas keynesianas, ignorando las diferencias sustanciales existentes entre la crisis del treinta y la europea de la actualidad.
No obstante ya parece haberse aceptado un principio que debió haberse tenido en cuenta cuando se creó el euro como moneda internacional. «No se puede tener una moneda común entre países que no tienen una política monetaria y fiscal común». Por tanto, un factor importante de la crisis no es más que la consecuencia ineludible de haberse ignorado ese principio. Consecuentemente, para la mayoría de los países de la zona del euro, el euro es una moneda sobrevaluada.
Y ¿qué significa una moneda sobrevaluada? El primer efecto de una sobrevaloración monetaria es la distorsión entre los precios de los bienes transables internacionalmente y los no transables. Ello significa que los precios de los últimos aumentan respecto de los de los primeros, y consecuentemente el país disminuye su eficiencia competitiva. Al mismo tiempo, una parte de los bienes y servicios no transables constituye un costo de producción creciente de los productos transables. Recordemos que el gasto público se habría convertido en Europa en el más importante servicio no transable y por consecuencia, en un mayor costo de producción.
Con respecto a este último aspecto podemos ver que la causa determinante de la crisis europea ha sido el aumento inusitado del gasto público. Debería ser evidente que existe un nivel de gasto público que no puede ser pagado por el sector productivo. Es por esa razón que se han acumulado los déficits de presupuesto y por consiguiente el incremento de la deuda pública. Todos los países de la eurozona en la actualidad han incumplido con las reglas de Maastricht respecto de los límites de los déficits fiscales (3% del PBI) y de la deuda pública (60% del PBI.)
No sólo la deuda de todos los países de la zona supera el 60% del PBI, sino que en la medida en que se mantienen los déficits fiscales, obviamente ello significa que la deuda no se paga, sino que aumenta. Entonces insistimos en que el origen de la crisis europea es el sistema socialdemócrata en función del cual el gasto público ha aumentado a niveles cercanos al 50% del PBI. Al mismo tiempo, el sistema del estado de bienestar ha impuesto cientos de regulaciones, y en especial en el mercado de trabajo, que igualmente reducen la eficiencia productiva. Pero como bien dijera recientemente The Economist, «el que lo quiere cambiar pierde las elecciones». Al respecto, permítanme recordar que hasta el propio Lenín después de cuatro años de fracaso de la política socialista en Rusia decidió que había que liberar el comercio, respetar la propiedad de la tierra y contar con los capitalistas.
Pero volvamos entonces a la experiencia argentina, donde en los últimos cincuenta años en múltiples oportunidades se ha sobrevaluado la moneda. Así hemos aprendido que la única solución a la sobrevaluación monetaria es la devaluación. Ello no significa una solución, sino el costo irremediable de la sobrevaluación. Por tanto, ante la realidad de que el euro para la mayor parte de los países de la zona constituye una moneda sobrevaluada, la única alternativa es la devaluación. Y ello significa la salida del euro y la vuelta a las monedas respectivas.
Ahora bien, ante la recesión, ¿qué pasa con los precios? Por supuesto la solución del proceso requiere la reducción del gasto público. Pero implica asimismo una caída de la demanda interna que perjudica tanto a los productores de bienes transables como los de no transables. Pero los costos de los no transables, que no son producto del gasto público, tienden a permanecer. Por tanto, me atrevería a sostener que la supuesta ventaja externa más que se compensa con la desventaja interna.
Por tanto, nuestra experiencia muestra que no hay alternativa a la devaluación, que tiene un efecto favorable en la evolución de los precios relativos entre los no transables y los transables, a favor de estos últimos. En tanto que los precios de los no transables tienden a permanecer, aumentan los precios internos de los transables, pero disminuyen en relación al exterior. Por consiguiente aumenta la competitividad externa y se reduce el déficit comercial o aun se recupera un superávit. El proceso inflacionario en tales términos reduce asimismo el nivel del gasto público en términos reales, y puede recuperarse igualmente un superávit fiscal. Demás está decir que la deuda convertida entonces a la moneda nacional disminuye igualmente en términos reales.
Podemos concluir entonces que ante la presente situación, la alternativa al dracmagedón, la liragedón, la pesetagedón y aun el francogedón es la creciente salida de capitales. Así estamos viendo la reciente creciente conversión de euros a libras esterlinas, no obstante las evidentes dificultades que enfrenta la economía inglesa. El otro aspecto relevante pues es la necesidad de una política monetaria expansiva que evite la quiebra del sistema bancario. La consecuente inflación de facto implica la reducción de la deuda pública, lo cual tiene por supuesto un costo para los acreedores, pero evita la quiebra del sistema. Y como también hemos aprendido en la Argentina, una relativamente elevada inflación no determina necesariamente una hiperinflación. Esta política no implica evitar el costo que tienen los desequilibrios creados, sino tan sólo el inicio de un proceso por el que se eliminen las causas que determinaron la crisis.


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