29 de mayo 2014 - 00:00

Legendario Entremont toca hoy en el Colón

Entremont: “No creo en el movimiento historicista, de ‘instrumentos originales’. Los pianos de la época de Mozart no eran buenos, incluso los que tocaba Beethoven eran un horror.”
Entremont: “No creo en el movimiento historicista, de ‘instrumentos originales’. Los pianos de la época de Mozart no eran buenos, incluso los que tocaba Beethoven eran un horror.”
Próximo a cumplir 80 años, el francés Philippe Entremont es uno de los más longevos pianistas en actividad. La semana pasada llegó a Buenos Aires y esta noche actuará como director y solista junto a la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires en el Teatro Colón, en un programa que abarcará una primera parte dedicada a Mozart (obertura de "La flauta mágica" y el Concierto 20 en re menor K. 466) y en la segunda la "Quinta sinfonía" opus 100 de Prokofiev. Dialogamos con él:

Periodista: Usted ha estudiado con la célebre Marguerite Long. ¿Qué recuerdos tiene de aquellas lecciones?

Philippe Entremont:
Ella representaba lo que se denominaba "el piano francés". Una idea un poco deformada, porque se lo identificaba con el piano de salón, algo extremadamente elegante y refinado, sí, pero sin profundidad, lo que para mí es un error. No era para nada eso. Recuerdo que tuve bases muy sólidas. Estoy a favor de las escuelas siempre y cuando estén bien representadas. Está la escuela rusa, la alemana, la italiana y la francesa. También se puede hablar de la española, ya que España dio muy buenos pianistas, como Granados y mi querida amiga Alicia de Larrocha, de manos pequeñas pero inmensa artista. Yo soy partidario de tomar lo mejor de cada escuela.

P.: ¿No se siente entonces representante de la escuela francesa?

P. E.:
Siempre me negué a que dijeran que la represento. Por supuesto que tomé muchos elementos de ella, pero no soy para nada sectario. La escuela rusa me interesó en cierto punto, la alemana también, la italiana es maravillosa.

P.: ¿Qué vigencia tiene aún esta escuela? ¿Hay a su entender representantes auténticos?

P. E.:
Sí y no. El mundo se ha vuelto muy chico. La escuela rusa ya no es lo que era, me cuesta mucho identificar las escuelas hoy en día. Y es mejor, porque de esta manera se evita el encasillamiento, y los grandes pianistas pueden tocar todo. Están también los grandes pianistas chinos; los coreanos tocan mucho y fuerte, pero no son los grandes artistas que son los chinos. Hay una inmensa diferencia.

P.: Usted ha colaborado con grandes directores de orquesta. ¿Este intercambio ha sido gravitante en su decisión de incursionar en la dirección orquestal?

P. E.
: Sí, pero en el caso de una sola orquesta: la de Filadelfia. Toqué mucho con Eugene Ormandy en tiempos en que esa orquesta era tal vez la mejor del mundo, en los 60 o principios de los 70. Iba a todos los ensayos, y después de pasar el concierto que tuviera que tocar, me quedaba a escuchar, algo que los solistas no hacen nunca. Durante horas y horas escuchaba los ensayos de Ormandy, el más formidable arquitecto orquestal que haya conocido. Obtenía un sonido de una calidad extraordinaria, y ahí aprendí todo, mirando y escuchando, porque la dirección es una disciplina muy difícil, uno no tiene ese instrumento en casa.

P.: ¿De qué manera se dio el paso a la dirección?

P. E.:
Fue a pedido de mi compañía discográfica, Columbia, que me encargó dos conciertos de Mozart. Yo acepté encantando porque siempre amé a Mozart, pero cuando pregunté quién iba a dirigir me contestaron "Usted". Yo no tenía idea, pero lo hice. Varios años después pregunté quién había dado esa idea, porque nunca creo en las ideas de las compañías discográficas. Me respondieron que había sido una sugerencia de músicos de la Orquesta de Filadelfia, que habían visto que me interesaba mucho, que estaba siempre en los ensayos... Así fue.

P.: ¿Cuál es su vínculo personal con la "Quinta sinfonía" de Prokofiev?

P. E.
: Es casi una historia de juventud. La escuché por primera vez cuando tenía dieciocho años, en Luxemburgo. Me pareció tan extraordinariamente bella que me enamoré de ella. Cuando me remitieron el programa ideado por el maestro Diemecke me entusiasmó mucho.

P.: ¿Cómo encara el desafío de tocar y dirigir, como lo hará aquí con Mozart?

P. E.
: Me encanta. No hay que olvidar que el director de orquesta es una invención moderna, no existía en la época de Mozart, ni de Beethoven. Descubrí muy rápidamente que ésta era la única manera de hacer los conciertos de Mozart. Es magnífico. Si se puede hay que hacerlo. Es muy importante recuperar el espíritu de la música de cámara. En un concierto la orquesta es tan importante como el solista.

P.: Este concierto es bastante especial dentro de la producción de Mozart.

P. E.
: Sí, yo diría que es el más grande. Y está bien tocarlo en piano.

P.: ¿No le interesa el movimiento historicista?

P. E.:
No. Hay instrumentos muy perfeccionados, por ejemplo los últimos claves eran maravillosos, son el equivalente de nuestros pianos, pero no creo en los instrumentos de época. Los pianos de la época de Mozart no eran buenos, incluso los que tocaba Beethoven eran un horror. El instrumento con el que contamos hoy está totalmente perfeccionado. Y no creo que se pueda perfeccionar los instrumentos que hoy tenemos.

P.: Tal vez surjan otros diferentes...

P. E.:
Yo no los veré. Estamos en una época en la que temo que la música clásica se transforme en una pieza de museo. Creo que el sonido cambiará.

P.: El sonido y también el oído.

P. E.
: Me choca mucho leer lo que en los diarios se publica en la sección "Música". Pasa incluso con diarios muy serios, como Le Figaro en Francia. Lo que se engloba en este rubro es a veces espantoso. Me gustan Madonna y Lady Gaga, pero me choca que se las englobe en la música. "Variedades" sí, pero no música.

Entrevista de Margarita Pollini

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