“Me obsesiona tratar de comprender la identidad mexicana”

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Contar la historia de un representante de la generación de esos jóvenes nacidos en los años 80, perteneciente a la alta burguesía mexicana, que no tienen arraigo en ningún país, aunque terminan eligiendo vivir en Nueva York: que no tienen ideales ni los necesitan; que consumen sin límite, que por tanto viven en una dramática crisis de identidad que los puede llevar a destruir y autodestruiste, hizo que Daniel Krauze con su novela "Fallas de origen" , que editó Joaquín Mortiz, ganara el Premio Letras Nueva de Novela 2012 dotado de un millón de pesos mexicanos que otorga la empresa Sanborns y el grupo Planeta. El mexicano Daniel Krauze, hijo del historiador y político liberal Enrique Krauze, estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana, la maestría Dramatic Writing en la Universidad de Nueva York, y ha publicado la novela "Cuervos" y el libro de cuentos "Fiebre". En su breve visita a Buenos Aires dialogamos sobre su premiada novela.

Periodista: Un muchacho regresa de Nueva York a México, no porque tenga ganas sino porque su padre ha muerto. ¿Buscó con su novela volver al tema de la relación con el padre, que desde la Odisea es uno de los fundamentos de la literatura?

Daniel Krauze: Lo que a mí me interesaba era contar de un chico reencontrándose con su identidad, y era casi obligatorio que ese reencuentro estuviera atado a la figura paterna. Matías se entera que el padre de la vida se está muriendo e inmediatamente regresa a México. Sólo algo del calibre de la muerte del padre lo obliga a regresar. Si no fuera por eso él estaría en Nueva York, donde vive su padre biológico, que se niega a verlo, y se niega a reconocerlo. Siento que los temas nos capturan a nosotros, que nosotros no los elegimos. Esto se debe acaso a que mi identidad está un poco dividida. Mi madre es católica de padres de provincia, y mi padre es judío de padres europeos, y yo nunca opté por ninguna de las dos religiones. Siempre sentí que no pertenecía ni a un lado ni a otro. Pero no es que haya escrito "Fallas de origen" porque consideré que era una buena manera de exorcizar esos demonios de la identidad escindida. Creo que Matías Lavalle es por momentos un alter ego con el que busco a mis demonios, lugares tenebrosos en los que pude haberme metido pero no lo hice. Con "Fallas de origen" reviso esas posibilidades. Esa búsqueda supone una crisis que tiene que ver con la cuestión de la identidad. Hace tiempo que estoy obsesionado con tratar de entender lo que compone la identidad mexicana. Eso que lleva a que de algo muy bueno se diga que es muy padre, y en "Laberinto de la soledad" Octavio Paz habla de la palabra chingar, y cómo la chingada es la madre. El uso que damos a las palabras permite pensar por ejemplo qué es ser madre en México. Y padre y madre son determinantes en mi novela, son obviamente claves en la exploración de la identidad.

P.: ¿Desde qué perspectiva eligió investigar el tema de la identidad?

D.K.: Me interesaba explorar la identidad desde el punto de vista de la lealtad. ¿A quién le debe ser leal Matías a la patria biológica que no lo quiere o a la patria adoptiva que lo recibe con los brazos abiertos? Esa es una duda constante en generaciones de inmigrantes mexicanos que llegan a Estados Unidos. Una chica emigrante indocumentada en Arizona me decía: México es la madre que no conozco y Estados Unidos es el padre que no me quiere. Se refieren a países como si fueran madre y padre. No por nada se habla de madre patria. Abordar la lealtad desde el punto de vista de figuras paternas me parece además de evidente, obligatorio.

P.: ¿Su novela es sobre la tentación del desarraigo que tienen las clases altas?

D.K.: Solía decir que mi novela es una especie de regreso incómodo a la patria, pero a medida de que pasaron los meses desde que publiqué "Fallas de origen" cada vez estoy menos seguro de lo que la novela cuenta. Hay lectores que me dicen que es la historia de unos que están envueltos en lo que, creo, en la Argentina le dicen la joda, el desmadre, y que eso es lo más divertido de la novela, y lo que más les interesa. A mí lo que más me interesó siempre es la relación de Matías con su padre, y por tanto con México. La responsabilidad que tiene este joven por un país en que no nació, del que es hijo a medias, que no lo quiere, que parece rechazarlo. Qué responsabilidad tenemos con el país en el que crecimos, con aquel que compone nuestra identidad. Yo siempre anduve brincando, sobre todo a Nueva York. Y el irme siempre fue una tentación. La burguesía mexicana puede hacer eso, tiene la posibilidad de vivir fuera de México. Es algo que siempre está acechando porque México no es un país enteramente cómodo o tranquilo, entonces jugueteamos con la posibilidad de irnos. A los veinte años pensaba: ¿qué le debo a mi país? ¿Debo quedarme?

P.: En cuatro días Matías atraviesa escenarios, personas, que lo remiten a su pasado, cuentas pendientes, sueños frustrados, venganzas. ¿Cómo construyó ese recorrido?

D.K.: Cuando estaba armando la estructura de la novela iba a ser como una road movie, pensaba mucho en la serie "Mad Men", con personajes que aparecen unos minutos y no vuelven a aparecer pero lo iluminan todo. Yo quería personajes así que permiten un atisbo a cierta realidad mexicana , y luego se apagan. Por ejemplo un amigo de Matías me permite burlarme de la obsesión que hay en México por el periodismo deportivo, que en 99 por ciento de los casos es pura estupidez, el opio del pueblo. A través de Adrián, otro amigo, quería hablar del mundo corrupto. Cada personaje era un símbolo de algo en específico, la entrada para criticar a un cierto sector de la vida en mi país. Todo eso lo tenía tan claro como que Matías hace frente a su historia, destrozando las vidas de todos los que dejó y todos los que lo han querido, casi sin esperanza de salvación.

P.: ¿Cómo se le ocurrió que Matías le pase droga a su madre?

D.K.: Cuando se me ocurrió dije: qué buena idea. Eso no es gratuito. El que drogue a la madre no es para hacerle daño, es porque es la única forma que tiene para que la madre le diga que lo quiere. Matías es adoptado, y sabe que su madre lo odia porque piensa que le arruinó la vida. Son imágenes que golpean al narrador. En las que hay que cuidar el tono justo. Así, yo quería que eso ocurriera en la boda del hermano de Matías, y que esa boda fuera un aquelarre, el lugar donde explotara todo lo que se había acumulado hasta ese instante.

P.: ¿Buscó que su novela fuera cinematográfica?

D.K.: Eso me la han dicho como crítica y como halago. Eso tiene que ver que cursé en Nueva York una maestría para escribir cine. Escribí cinco guiones en dos años. Y sigue siendo mi oficio frustrado, no porque no lo haga, porque trabajo con productoras que me han pagado, pero aún no me han producido ninguna película, por tanto no puedo decir que soy guionista. Aunque he ganado mucho más dinero como guionista que como literato. He hecho clínica de guiones. En México han aparecido una legión de cineastas. Y he trabajado con varios. Con Guillermo Arriaga estuve trabajando en la adaptación de una novela de un paquistaní estadounidense.

P.: ¿Es por eso que su novela termina con un golpe cinematográficamente sentimental?

D.K.: Estudiando para una maestría sobre literatura me di cuenta de que el cine comercial es el cine que me gusta porque es una especie de círculo perfecto. Y en la literatura para que sea literatura el círculo no puede cerrarse enteramente. O se cierra, pero sobre el final se desvía. Nunca es un círculo perfecto. Dado que yo busqué alcanzar esa circularidad integral, "Fallas de origen" no es literario. Lo literario es inconcluso, lo que concluye abriendo posibilidades. Yo sabía que "Fallas de origen" tenía que acabar antes de donde acaba. Terminaba en que Matías agarraba el coche y veía los volcanes. Eso dejaba abiertas miles de posibilidades. De la más burda: ¿se irá a suicidar a la montaña? hasta ¿qué reencuentro posible puede haber allá arriba con el padre? Pero no podía ser así, dejarla así. Y me di cuenta de que debía haber una apoteosis final, que Matías encuentre el lugar donde lo grabó su padre, que recuerde sus palabras. Hace años que vengo escribiendo sobre Matías, le tengo tanto cariño, me resulta tan entrañable, tan enternecedor el pobre cabrón que ha sufrido tanto, que le voy a dar ese regalo. ¿Es literario? No. ¿Sería mejor novela si terminara diez páginas antes? Sí. Pero le debo y me debo esa efusión emocional. Un final hecho para la gente, como se dice en cine, un final que redime al personaje. A mí me gusta entablar un cierto diálogo imaginario con mi lector, y pienso en qué le interesaría. Lo que intento con lo que escribo es que ocurran cosas, que provoque una lectura activa, donde lo activo pese más que lo contemplativo, porque así son los libros que a mí me gusta leer.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

D.K.: Estoy trabajando en el guion de una película basada en los últimos años de la vida de mi abuelo por el lado de mi padre, que en esos años finales fue a ver a las personas que más daño le habían hecho en la vida a perdonarlos, con todo lo que el perdón significa en la religión judía. Voy en el cuarto borrador. Tengo ideas para otras novelas, pero no quiero repetirme.



Entrevista de Máximo Soto

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