11 de agosto 2011 - 00:00

“Pelléas”: una versión fría y estática, con magnífica soprano

Anne-Sophie Duprels y Markus Werba en la famosa escena de la cabellera rubia de «Pelléas et Mélisande», que volvió al Colón en una puesta donde falta la emoción.
Anne-Sophie Duprels y Markus Werba en la famosa escena de la cabellera rubia de «Pelléas et Mélisande», que volvió al Colón en una puesta donde falta la emoción.
«Pelléas et Mélisande», ópera en cinco actos. Música: Claude Debussy. Texto: Maurice Maeterlinck. Coro y Orquesta del Teatro Colón. Puesta en escena: Olivia Fuchs. Dirección musical: Emmanuel Villaume (Teatro Colón, 9 de agosto). 

A doce años de la recordada versión dirigida por Jorge Lavelli y Armin Jordan con Frederica von Stade, Didier Henry y François Le Roux, el Teatro Colón ofreció una nueva producción de «Pelléas et Mélisande», la pieza lírica de Claude Debussy estrenada en 1902. «Pelléas...», ópera simbolista, revolucionaria y exuberante en su austeridad, es una de las más perfectas versiones musicales de una obra teatral que se hayan logrado. Lo reconoció incluso el mismo autor del drama, Maurice Maeterlinck, después de boicotear el estreno en venganza por no haber podido imponer a su amante por sobre Mary Garden como la protagonista; en 1920, dos años después de la muerte de Debussy, el dramaturgo belga escribió a Garden, la maravillosa soprano escocesa creadora del papel: «Había jurado no ver nunca la ópera. Ayer violé mi juramento y estoy feliz. Por primera vez entendí por completo mi propia obra, y fue gracias a usted».

La producción presentada anteanoche tiene la virtud de la sobriedad, y un marcado afán de síntesis. El planteo escenográfico de Yannis Tavoris es casi totalmente recto (en contraste con la permanente ondulación de la música): una estructura giratoria en plano inclinado, un cuadrado central, unas varillas metálicas colgantes para el bosque; sólo el cilindro en el que los personajes se desplazan o se miran (la famosa Fontaine des Aveugles) y una gran esfera negra quiebran esa rigidez.

Si el cuidado trabajo de iluminación de Bruno Poet y la coreografía de Claire Whistler aportan gran belleza visual, el resultado general es de una frialdad y un estatismo notables; en el sentido opuesto, la marcación actoral de los protagonistas del triángulo amoroso es llamativamente hiperkinética, y en ningún rincón de esta régie de Olivia Fuchs parece haber lugar para la emoción.

Como es natural, la realización musical de la partitura debussyana, que plasma genialmente la prosodia del idioma sobre un andamiaje orquestal de extrema sutileza, requiere un elenco sólido de cantantes capaces de recrear ese lenguaje vocal tan delicado.

Aunque su color y su emisión tal vez no son los ideales para el papel, la soprano francesa Anne-Sophie Duprels fue una Mélisande magnífica en lo musical y lo teatral; a su lado, el muy solvente Markus Werba fue menos convincente, en especial por una fonética no siempre adecuada. El experimentado Marc Barrard compuso a un excelente Golaud. El pronunciado vibrato del bajo Kurt Rydl quitó algo de brillo a su composición del anciano rey Arkel, mientras que Vera Cirkovic impuso autoridad como Geneviève. Una mención especial merece el delicioso Yniold de la soprano Fabiola Masino. Desde el podio el francés Emmanuel Villaume obtuvo tibiamente de la Orquesta Estable la atmósfera sonora que la partitura propone, y por momentos el caudal proveniente del foso resultó excesivo respecto de las voces. El Coro preparado por Peter Burian fue impecable en su breve intervención «fuori scena».

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