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Política y fe: un lazo olvidado
El factor religioso tuvo fuerte presencia el martes último, en la asunción de Barack Obama como presidente de EE.UU.
Es que en nuestros días, como en aquel entonces, como en esa circunstancia narrada en el Éxodo, buena parte del mundo adora al becerro de oro construido por el nuevo Aarón; es decir, los valores supremos de la sociedad de consumo y del mercado que no son otros que el dinero, el poder inútil, la fama efímera, el éxito que no permite la verdadera trascendencia, las falsas luces de la gloria. Y no es que esté mal que el hombre busque superarse materialmente, sólo que supone una desgracia que se extravíe en esa superación por la pérdida de vista de lo esencial, y que en tal extravío se le escurra, en ocasiones, la verdadera vida que puede resumirse en el amor.
No es el único caso: en Brasil, no hace mucho tiempo, agentes de la Justicia electoral de Río de Janeiro allanaron la curia arquidiocesana y luego intimaron al arzobispo cardenal Eusebio Scheid y al obispo auxiliar monseñor Dimas Lara Barbosa para que ordenara a párrocos, vicarios parroquiales, diáconos y eventuales celebrantes de oficios religiosos a que «se abstuvieran de cualquier tipo de comentario o referencia político-ideológica, bajo pena de incurrir en el delito de desobediencia».
En nuestro país, para no pasar por alto la cuestión, no han sido pocos los casos de ataques contra la Iglesia y el desprecio por la referencia religiosa. Ya en el año 2007, en oportunidad de la apertura de la Asamblea de la Conferencia Episcopal, el cardenal Jorge Bergoglio sostuvo que «la Iglesia fue, es y será perseguida». Y añadió: «El Señor ya nos lo advirtió para que estuviésemos preparados». Si de algo no queda duda, es de que en algunos países subdesarrollados, como el nuestro, la dirigencia no tolera que los líderes religiosos se entremetan en las cuestiones pseudopolíticas.
Pseudopolíticas, sí, porque la verdadera política (que lejos está de ser partidaria, sectorial o discriminatoria) no puede ser incompatible con la religiosidad. Es más, las bases sobre las que se asentaron las grandes corrientes del derecho del mundo (el romano, por ejemplo) no son otras que los preceptos o mitzvot que Moisés dio al pueblo judío en el Sinaí. Pero ocurre que no es conveniente, según parece, en algunos países, que la ética y la moral judeo-cristiana se interponga con los intereses del sistema.
¿Cómo podría tolerarse, pues, que se pusiera por obra lo dicho, por ejemplo, por los obispos en Medellín?: «Con el desarrollo cultural, económico y social, se consolida en la mayoría el deseo de participar más plenamente en la ordenación de la comunidad política. La conciencia más viva de la dignidad humana ha hecho que surja el propósito de establecer un orden político-jurídico que proteja mejor en la vida pública los derechos de la persona, como son el derecho de libre reunión, de libre asociación, de expresar las propias opiniones y de profesar privada y públicamente la religión».
No es intención de esta reflexión recordar las frases tristemente célebres de dirigentes y funcionarios argentinos contra la Iglesia y sus sacerdotes, ni repasar desprecios e indiferencias históricas contra la religiosidad en la Argentina; en todo caso, la tarea del recuerdo o el repaso de archivos lo dejamos en manos del lector, pero sí es oportuno, a propósito de la toma de juramento del nuevo presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama, hacer algunas comparaciones que tienden a examinar ciertas cuestiones.
En primer lugar, es menester recordar que nada menos que el billete dólar tiene una inscripción conocida por todos: «In God we trust» (En Dios confiamos). El leitmotiv es lema nacional en el país del Norte y comenzó a imprimirse en el billete estadounidense en 1956. Tiene su antecedente en el himno de ese país que dice: «And this will be our motto: In God is our trust». (Y éste será nuestro lema: En Dios está nuestra confianza).
Contrariamente, aquí un presidente debió partir en helicóptero, pero no despedido por su sucesor, sino en medio de un caos fenomenal y después de haberse ridiculizado de manera dramática durante tiempo, y hasta televisivamente, la investidura presidencial. Contrariamente, aquí la histórica Catedral de Buenos Aires quedó en soledad en muchas fechas patrias, pasándose por alto el rito protocolar, entre otras cosas, claro.
No es que Dios bendiga de manera especial a las naciones que lo tienen formalmente en cuenta, ni ello supone que las penas o las crisis no les tocarán, sino que tal parece que el respeto por ciertos valores (y no sólo los religiosos), que en muchos países como el nuestro están mortalmente heridos, predispone al líder y al grupo social en la fe y en la unidad para un mañana mejor. Aquí, el divorcio entre el liderazgo es notorio, y el ataque contra toda aquella manifestación religiosa que critique sanamente ese resquebrajamiento, una constante. El «E pluribus unum» (De todos uno) norteamericano ha sido y es una ausencia desgraciada en la Argentina con las consecuencias que todos conocemos.


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