4 de febrero 2011 - 00:00

¿Qué fue de la crisis europea?

¿Qué pasó con la crisis europea? La corrida en sí desapareció del radar. Hizo mutis por el foro sin avisar, y no se registran pedidos de bis. En el Foro de Davos, la premier alemana Angela Merkel, y su par francés, Nicolas Sarkozy, repitieron que no permitirán, bajo ningún concepto, que el proyecto del euro fracase y ello solo, como si no fuera un mantra archiconocido, calmó los ánimos. «El euro es Europa», machacó Sarkozy, nada original aunque eficaz. Se puede acusar al rally de las Bolsas de ser una creación artificial, inducida por las generosas promesas de la Fed, pero también habrá que reconocer la confección casera de los problemas al acecho. La corrida contra la deuda pública europea es fruto de una chapuza de las autoridades de la Unión Europea, un error grosero que sus pares de Japón no cometieron en dos décadas de convivencia forzosa con un endeudamiento creciente que ya alcanzó allí a duplicar la magnitud del producto bruto sin provocar nunca el menor desasosiego.

De temer la inminente destrucción del euro a que la moneda común ensaye una fortísima valorización medió apenas un breve trecho. Bastó con comprobar que Alemania y Francia no estaban urgidos por el deseo de empujar a Portugal al matadero (como insinuaban las usinas de rumores de Berlín a principios de año). Como se observa, la levedad del ser no es una propiedad exclusiva de la fiebre por las acciones. Las ideas de un simil de plan Brady, que permita canjear de manera voluntaria la deuda a descuento de los países afectados a cambio de nuevas obligaciones a largo plazo, garantizadas por la Unión Europea, para así recortar el valor actual del endeudamiento, iluminaron la visión regional. Pero le llevó años a América Latina poder aplicar esa solución. No era factible ejecutarla en 1982 porque los principales acreedores -el sistema financiero internacional- carecían del patrimonio suficiente para absorber el impacto sin caer en la bancarrota. El remedio hubiera sido peor que la enfermedad. Y no se advierte en Europa -con la excepción del proceso de capitalización de las cajas españolas- ningún empeño por fortalecer ese obvio talón de Aquiles de sus bancos. Más aún, con Basilea III en el horizonte, el cumplimiento de los nuevos requerimientos mínimos de capital (y ahora también de liquidez) demandará mayores inyecciones de recursos. Tal debilidad llevó a que fueran las autoridades del Viejo Continente, en la dura porfía que definió el cronograma de su implementación, las que pujaran por suavizar el incremento de los requisitos y por extender los plazos de entrada en vigencia.

Pero la inquietud va más allá. Según informa el FT Deustchland, Alemania impulsa ante la Comisión Europea una moción para aguar otro de los conceptos clave: el rigor de la definición de capital que estableció Basilea III tras el fiasco del corpus normativo que lo precedió (su integración con acciones ordinarias y ganancias retenidas, o sea la constitución de capital «de verdad», capaz de soportar quebrantos). Alemania se resiste: quiere que se puedan contabilizar instrumentos híbridos -como ciertas acciones preferidas- a la vieja usanza. Frente a esa realidad mezquina, el plan Brady es una procesión a contramano. Y si por estas razones se excluye a la banca europea del canje, y si se deja de lado también a quienes aportaron plata fresca en las operaciones de salvamento (los fondos europeos de rescate y el FMI), ocurrirá una de dos. O la quita sobre el resto de los tenedores deberá ser draconiana (el 30% que sufre hoy la deuda griega sería insuficiente) o el canje se probará irrelevante a la hora de aliviar la carga del endeudamiento. Como se ve, la refinanciación no traumática de la deuda en dificultades puede haber progresado en el tablero de diseño, pero, en todo caso, es un prototipo embrionario que no está en condiciones de rodar en fecha próxima.

Novedad

La reunión de ayer del Banco Central Europeo (BCE) aportó una novedad crucial. La inflación europea, cortesía del alza reciente en energía y alimentos, superó la meta oficial -el 2,4% frente a un objetivo inferior al 2%-. Varios de los personeros del BCE, de hecho, mostraron preocupación y la necesidad de tomar recaudos para evitar los efectos de segunda vuelta (con el italiano Lorenzo Bini Smaghi a la cabeza). Pero aun así el horno no está listo para bollos.

El titular del BCE, Jean Claude Trichet, se guardó mucho de agitar el avispero. Había expectativas de algún anuncio duro, pero Trichet fue salomónico en su apreciación de los riesgos. No solo no actuó sino que tampoco sugirió que hubiese motivos. El euro acusó rápido recibo recortando dos céntimos su cotización frente al dólar, pero a 1,36 no deja de lucir envalentonado. A mediados de 2008 otra ráfaga violenta de suba de precios de las materias primas empujó al BCE a gatillar un alza tajante de tasas de interés que, en perspectiva, se probó, en la antesala misma del derrumbe de Lehman Brothers, un desacierto que debió ser luego ampliamente revertido. ¿Habrá aprendido el BCE de la experiencia? En todo caso, en aquella ocasión, la inflación minorista había escalado mucho más que ahora: tocó entonces el 4%. Y vale consignar, ante la incertidumbre que genera la situación del Norte de África, que el barril de petróleo rozó esos días un récord de 147 dólares (tres meses después, se derrumbaría más de 100 dólares).

Como la semana pasada el BCE no compró bonos de deuda pública en el mercado secundario se especuló con el inicio de un posible endurecimiento de la política monetaria. No fue así. Simplemente la corrida cedió. No es que los inversores estén de brazos cruzados: basta ver la pujanza de las acciones en las Bolsas europeas. Esta bipolaridad, por cierto, es ardua de explicar. No es muy distinta del amor-odio que despierta el euro. El problema de fondo, sin embargo, subsiste. No se empujó a Portugal al abismo. Es un logro. Pero el equilibrio actual es inestable: hay alivio porque Portugal consigue financiamiento a una tasa del 6,75% a diez años. Sólo que a esa tasa su solvencia es altamente discutible. Casi una expresión de deseos. La faena no concluirá hasta aplacar esos rindes.

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