Ese 25 de octubre por la noche, Cristina de Kirchner recibió el dato que alteró para siempre su visión del modelo económico. A menos de 24 horas de haber obtenido el 54% de los votos y haberse convertido en la jefa de Estado más apoyada en democracia, y de confirmar que la oposición no tendría mayor peso en el Congreso, le llegó desde el Banco Central un dato terminal. La cantidad de dólares que unos cuarenta operadores financieros (empresas, bancos, economistas y hombres de fortuna con nombre y apellido) se habían llevado al exterior en las diez jornadas previas (incluyendo la semana anterior a las elecciones del 23 de octubre) llegaba a los 5.000 millones. Se sumaba a los 12.000 millones que se habían fugado entre el primero de enero y el 15 de octubre, período en el que las reservas del Central habían sufrido un constante drenaje. Entre el viernes anterior a las elecciones y el lunes y martes posteriores, la cifra superaba los 3.000 millones de dólares, lo que para la visión de la reelecta Presidente era demasiado para soportar.
El proceso era seguido de cerca por el entonces ministro de Economía y electo vicepresidente, Amado Boudou, que interpretaba la situación como una simple operación de algunos agentes que apostaban a una eventual devaluación del peso en un próximo gobierno kirchnerista. Analizaba que con el simple sostenimiento de la política cambiaria podría ser enfrentada la embestida. Incluso, pensaba con su número dos de esos días, Hernán Lorenzino, que una estrategia de poner un solo día en los mercados unos u$s 1.000 millones bastaría para ahuyentar cualquier sospecha devaluatoria oficial. Luego, con el tiempo a favor, el proceso y la agenda serían retomados, según la hipótesis del entonces titular de Economía.
No fue así como ese martes por la noche se interpretaron las cosas en Olivos. Un poco por propia convicción, otro poco por las palabras duras contra operadores del sistema financiero de algunos funcionarios presentes y futuros, pero con mucha influencia, se llegó a la convicción de que se estaba ante un "golpe financiero" y que habría que actuar en consecuencia. Alguno acercó la idea de cerrar el acceso a las divisas como mecanismo de operatoria "a sangre y fuego" para terminar con el procesos de fuga de capitales. Se insistía incluso en que el 54% alcanzaría para convencer al público para iniciar un cambio de lógica económico cultural y empezar, de una vez por todas, a pensar en pesos y no más en la divisa norteamericana.
Fue éste el nacimiento del "cepo" y el fin del plan alternativo que Boudou y Lorenzino tenían pensado para el segundo período presidencial de Cristina de Kirchner. La nueva estrategia cambiaria se llamaría "regulación de activos externos", y se basaría en un muy custodiado (y luego prohibido) acceso a los dólares por parte del público y las empresas.
El plan sigue hasta hoy y en la mente de la Presidente continúa firme lo que sucedió en aquellas jornadas de "golpe financiero". "Los que quieren ir por todo y por todos son ellos. Lo vi claramente a los pocos días de ganar las elecciones presidenciales en 2011, cuando en una corrida se llevaron 5.000 millones de dólares". Cristina de Kirchner habló así el miércoles en Tecnópolis; recordando aquella jornada que marcará, por siempre, su gestión y su estrategia cambiaria.
| @cburgueno |



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