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Refinada puesta de Renán en drama de trazos gruesos
Ana María Picchio y Gipsy Bonafina en “Incendios”, de Wajdi Mowawad, con puesta multimedia de Sergio Renán.
Cuando los gemelos Janine y Simón deciden cumplir a regañadientes la última voluntad de su madre recién fallecida, no imaginan que el pasado de esa inmigrante libanesa, extraña y distante, oculta una espiral de horror. Sometidos al mandato materno viajan de Canadá al Líbano con la misión de contactar a su padre, al que creían muerto, y a un hermano mayor cuya existencia ignoraban. De allí en más, este perturbador drama de Wajdi Mowawad (adaptado al cine por Denis Villenueve y candidato al Oscar 2011 como mejor película extranjera) se interna en un viaje a los infiernos a ritmo de thriller y con elementos de tragedia griega. El idealismo temerario de la protagonista se asemeja al de Antígona, y el dilema de sus hijos que se debaten entre conocer la verdad y mantenerse al margen del truculento legado familiar los acerca a Edipo. También recuerdan a este personaje, las malas decisiones de Nawal y su desafortunado reencuentro con el hijo que le arrebataron de jovencita (al que amentablemente no logra reconocer a tiempo).
Emulando al modelo trágico, Mouawad muestra cómo los actos individuales de la protagonista, quien comete magnicidio y va a la cárcel donde es torturada ferozmente, inciden en lo social con funestas consecuencias, y viceversa. La suma de desdichas, injusticias y episodios sangrientos que se desploman sobre Nawal puede resultar excesiva y algo difícil de digerir, pero estos hechos tienen coherencia dentro del relato y dan forma a una cruel parábola familiar que refleja, con trazo grueso, la demencial guerra civil que asoló el Líbano (entre 1975 y 1990) enfrentando a cristianos y musulmanes.
La refinada puesta de Sergio Renán, logra atenuar la brutalidad de ciertas revelaciones y el esquematismo de las primeras escenas (la juventud de Nawal, el encuentro de sus hijos con el albacea del testamento) ambientando la acción con proyecciones de paisajes, tipografías animadas y algunos primeros planos de los protagonistas. Uno de los cuadros que mejor articulan este lenguaje multidisciplinario es el monólogo de Daniel Aráoz (el torturador llevado a juicio) que luce como un siniestro y delirante show televisivo.
Ana María Picchio recurre a gestos demasiado aniñados en las escenas de adolescencia, pero su personaje va ganando consistencia y hondura hasta resultar francamente conmovedor. La actriz expresa verdades atroces y sentimientos muy complejos con una exquisita sensibilidad y mesura. Como los hijos, Esmeralda Mitre y Mariano Torre se muestran algo inermes ante la inmensa tragedia que viven sus personajes; sobre todo al actuar en proscenio, con la pantalla a sus espaldas y sin ningún elemento en el que apoyarse. En cambio, son muy destacables los trabajos de Stella Galazzi (la doctora); Marta Lubos (la admirable abuela de Nawal); Gipsy Bonafina (la amiga que le enseña a cantar) y Fabiana Falcón dando vida a una sencilla y apasionada libanesa.
Pese a la crudeza de sus testimonios, "Incendios" ejerce un extraño magnetismo sobre la platea. La pieza es menos efectista que la película e invita a reflexionar sobre el alcance de la dignidad humana, que cuando todo está perdido es capaz de revertir la propia barbarie.


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