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Renovó la liturgia en San Pedro; lo esperan en el desierto
La Semana Santa, celebración cristiana por excelencia, marcó el primer hito en el ministerio del papa Francisco, un espacio óptimo para comenzar a delinear la línea pastoral de su pontificado. Cuatro días pletóricos de rituales, gestos y símbolos en los que el "estilo Francisco" se impuso a los formalismos protocolares.
El miércoles previo, ya había instado a "salir a las periferias" (un término muy caro a sus sentimientos), frente a unas 15.000 personas en la Plaza San Pedro, durante su primera audiencia general. "Donde hay sufrimiento, hay sangre derramada", sostuvo.
En la misa crismal del Jueves Santo, en la que se bendicen los óleos que se utilizarán durante todo el año en bautismos, confirmaciones y unción de los enfermos, pero también en la que se renuevan las promesas sacerdotales, el Papa exigió predicar desde "la realidad cotidiana, cargándose el pueblo al hombro". Jesús había llamado a los fariseos "sepulcros blanqueados", muy relucientes por fuera, pero llenos de alimañas por dentro. Francisco, no menos enérgico, llamó, según su propia expresión -bien telúrica- a ser "pastores con olor a oveja", a involucrarse en el ministerio sacerdotal, para no ser simples "gestores": otro gesto con la mente puesta en la burocracia anquilosada en las altas esferas del Vaticano.
Con evidente incorrección política, Francisco cambió de sitio el tradicional lavatorio de pies, habitualmente celebrado en la basílica San Juan de Letrán, por el centro de detención de menores Casal del Marmo, en las afueras de Roma. Durante la misa de la Cena del Señor lavó los pies de doce jóvenes.
Que el gesto involucrara a menores de edad fue interpretado por algunos como una demostración de humildad con la mente puesta en los delitos de pederastia que han sacudido a la Iglesia en los últimos años. Y que hubiera dos mujeres, una de ellas musulmana, prolongó sus costumbres porteñas, pero en Roma no puede ser interpretado como algo diferente a una acción para que tomen nota también los sectores más conservadores.
Estos hechos, sumados a la elección de jóvenes feligreses del Líbano para leer textos en las estaciones del Vía Crucis del viernes, tendieron a aceitar la relación con el islam, enfriada desde el discurso de Benedicto XVI en el que, citando a un emperador bizantino, había dicho que algunas enseñanzas del profeta Mahoma eran "diabólicas e inhumanas", lo que valió el repudio de Al Azar, el instituto para el conocimiento rector del universo musulmán sunita. La institución, de hecho, había congelado el diálogo con el Vaticano hasta la elección de Francisco, cuando el imán Ahmed el Tayib envió su felicitación por la designación papal.
La vigilia pascual del sábado se mantuvo dentro de la tradición vaticana de bautizar a "catecúmenos", es decir adultos, que fueron administrados a cuatro jóvenes: un albanés de 30 años, un italiano de 23, un ruso de 30, y un muchacho norteamericano de origen vietnamita de 17.
En línea con lo trazado por Benedicto XVI antes de dejar el trono de San Pedro, la misa de Pascuas no rompió formalismos, fue celebrada en latín y sin homilía. Luego de la bendición, el Papa dirigiría el mensaje hacia todas las naciones, el Urbi et Orbi, donde imploró por la paz. Pidió "determinación y disponibilidad" para el conflicto entre israelíes y palestinos, la paz para Irak y, sobre todo, para la "amada Siria". También pidió por una solución en el reciente conflicto de la península coreana.
Un hecho que desilusionó a muchos latinoamericanos fue que, a diferencia de sus predecesores, evitara saludar en distintos idiomas y sólo lo hiciera en italiano, algo que marcó su opción por encarnar un papado para todos, por encima de las diferencias nacionales.
Tras el fin de la Semana Santa comienza lo fáctico del ministerio de Francisco. Su estilo informal allana el camino para escuchar la "voz que clama en el desierto", al decir del profeta Isaías; para realizar los cambios que imponen estos nuevos "signos de los tiempos", eslogan emanado de uno de los más importantes documentos del Concilio Vaticano II y que hoy cobra más vigencia que nunca. Signos que imponen otros desafíos. Los más urgentes -intramuros-, combatir la crisis financiera y las sospechas de corrupción vaticana, investigar y llegar a fondo sobre los escándalos sexuales y de pederastia. Hacia afuera, sectores cada vez más mayoritarios que reclaman desde un poder más horizontal dentro de la jerarquía hasta la ordenación de las mujeres en el ministerio sacerdotal, pasando por la abolición del celibato. Cabe recordar que no existe documento en la Iglesia que reglamente esta última práctica, que se ha mantenido sólo por tradición.


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