" El oficio del poeta, el oficio del escritor, es un oficio raro. Chesterton dijo: 'sólo una cosa es necesaria, todo'. Ese todo para un escritor es más que una genérica; ese todo para un escritor es literal. Representa lo capital, lo esencial, representa las experiencias humanas", señala Borges en el apéndice de este libro que reúne tres seminarios que dictó en la Universidad de Columbia en 1971. Luego el gran escritor argentino enumera que entre las cosas que un escritor necesita están la soledad, el amor, el ser amado y amante, la amistad. "De hecho, un escritor necesita el universo. Ser escritor es, en un sentido, ser el que sueña despierto, vivir una suerte de doble vida".
Durante casi 43 años estas charlas con su traductor estadounidense Norman Thomas di Giovanni y con alumnos del Programa de Escritura de la Universidad de Columbia habían permanecido en una cinta sin desgrabar. En el primer seminario, Borges comenta cómo escribió su cuento "El otro duelo". Refiere con humilde sinceridad que la historia se la había contado un atardecer Carlos Reyles, el hijo del novelista uruguayo. Recuerda que esa historia la llevó con él durante 25 o 30 años, hasta que se decidió a escribirla. Enseña cómo echa mano a al viejo truco literario de "simular que el autor no sabe nada sobre muchas cosas, de modo que el lector crea en las otras". Muestra el atractivo de la ironía de la que se hace cómplice al lector. Explica que mientras lo más importante en un cuento es la trama o el argumento, en cambio, en una novela, son menos importantes las situaciones que los caracteres. Por eso "puestos a escribir una novela, deberían saber todo de los personajes; en cambio, en un cuento, es la situación lo que importa". Considera que la mayoría de sus cuentos surgen de anécdotas, "aunque las distorsiono y las modifico". Borges, cuando inicia el diálogo con los estudiantes, ofrece esas respuestas brillantes que en muchos casos no han dejado de repetirse. A la típica pregunta de cómo un artista debería relacionarse con su propio tiempo, la desbarata con un explicativo: "la idea de que la literatura deba tratar de temas contemporáneos es ella misma moderna, tanto es así que pertenece más al periodismo que a la literatura. Ningún escritor real trató jamás de ser contemporáneo. Entonces, ¿por qué molestarse en ser moderno o contemporáneo, si no se puede ser otra cosa?". Adelantándose a quienes, como Ricardo Piglia, lo hacen inventor de la "ficción especulativa", indica que "ahora estoy abandonando la erudición, o la falsa erudición. Ahora intento escribir simple, intento escribir historias directas", y más adelante con cuidadoso sarcasmo agrega que hoy "hay otras personas que están escribiendo cuentos de Borges por mí. Escriben sobre laberintos y espejos, sobre tigres y demás; y, sin duda lo harán con mejor fortuna que yo. Ellos son hombres más jóvenes y yo estoy viejo y cansado".
En el siguiente seminario habla de su gusto por el soneto, para luego pasar a analizar sus poemas "Junio de 1968" (cuyo "asunto es esa rara felicidad que sentí, aunque estaba ciego, de regresar a mis libros y disponerlos en los anaqueles"), "El guardián de los libros", y "El centinela". Esos poemas lo llevan a comentar otros suyos como "Borges y yo". El último de los seminarios está dedicado a las tareas del traductor literario. Allí Borges habla como traductor de diversos textos, como autor que ha escrito textos en inglés, y como ha sido traducido por Norman Di Giovanni, desarrolla cómo se hace una traducción en colaboración, y cómo ésta puede enriquecer el texto original.
"El aprendizaje del escritor" muestra el contento de Borges por esas "dos semanas en que pronunció conferencias ante ávidos estudiante escritores. Puedo ver lo que esos talleres significan para ellos; puedo ver cuán importantes son para el avance de la literatura. En mi propia tierra, los jóvenes no tiene tales oportunidades". Participar hoy, como lector, de esos seminarios depara a cada instante felicidades, aprendizajes, momentos admirables y variadas sorpresas. Por ejemplo que Borges recuerde que una antología de cuentos la hizo con "Adolfo Bioy Casares, un buen escritor argentino", o que los editores estadounidenses crean que la literatura urbana en la Argentina se inició en 1969 con "Historia de Rosendo Juárez".
| M.S. |



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