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Se inicia en el MAMBA el tour por el distrito del arte
“La donación León Ferrari” es un conjunto de 72 dibujos que la familia del artista acaba de legar al MAMBA. La muestra se enriquece y amplía con distintas obras (pinturas, esculturas, instalaciones) que pasarán en comodato al museo, además de algunos préstamos.
Los operadores del arte tienden siempre a concentrarse en determinados circuitos para facilitar y estimular las giras. Hoy, las salas refrigeradas de Proa, la Usina del Arte y los museos de la calle San Juan, el MAMBA y el MACBA, son un grato refugio cultural en medio del verano porteño. El público, más allá del que concurre a los vernissages, va en aumento.
El MAMBA exhibe seis exposiciones, entre ellas, "La donación León Ferrari" (1920-2013), un conjunto de 72 dibujos que la familia del artista acaba de legar al Museo. La muestra se enriquece y amplía con distintas obras (pinturas, esculturas, instalaciones) que pasarán en comodato al museo, además de algunos préstamos.
A nadie puede pasar inadvertida cuán importante es la presencia de Ferrari en el MAMBA. En el año 2003, la directora del Museo, la curadora Victoria Noorthoorn, supo atar los hilos de una firme relación con el artista cuando presentó la muestra "León Ferrari. Escrituras" en la galería Ruth Benzacar. Noorthoorn exhibió entonces los aspectos más bellos y poéticos de la producción, pero sin eludir el arte político y de agitación ideológica. Un inodoro cargado de frases bien legibles y manuscritas en tinta negra ostenta la gracia de un discurso que, finalmente, se irá por el caño. La contundencia explícita de esta obra que en distintas versiones figuraba en la muestra de Benzacar y también en la actual, descubre el pesado humor de un genuino provocador, un artista que mantuvo hasta el fin de sus días el rigor de un militante.
La sensibilidad de Ferrari queda expuesta en las escrituras, caligrafías que van más allá del sentido de las palabras o los textos. Casi o plenamente abstractos, estos dibujos se perciben como acordes sinfónicos. Las letras enruladas, el estupendo despliegue de bucles y crispados rayones coinciden en un acorde. Los garabatos y arabescos donde en ocasiones se desliza alguna palabra como al pasar, no revelan el contenido de lo escrito que, en definitiva se intuye, jerarquizan más bien la imagen visual del manuscrito. Estas parodias de la escritura, grafías sin sentido literario, están cargadas de resonancias significativas. Los rasgos de puño y letra, levísimos o rotundos, son eficientes vehículos para la imaginación.
"Dibujo desde hace más de treinta años sin un propósito definido", reconocía Ferrari en 1997. "[Dibujo] porque me gusta como forma de expresión, como ejercicio mental y como una fuente de posible renovación de lenguaje. Dibujo palabras que cuentan cosas [...], manuscritos cuyos trazos recuerdan voces. La forma de escribir, de dibujar las palabras, es parte de su significado, como lo es el tono de la voz que las pronuncia. Y escribo dibujos para contar pensamientos, imágenes que las palabras no saben contar".
En el MAMBA señalan que las acuarelas realizadas entre 1995 y 2000 y los dibujos de entre 2005 y 2009 que integran la donación, son representativos del afán del artista de comunicar emociones, tensiones, crítica, musicalidad y sensualidad, mediante la sencillez de un simple trazo. Así, en una clave conceptual, la obra provoca reflexiones sobre el sentido y sinsentido de los textos, sobre las posibilidades siempre diversas de comprensión y la dificultad interpretativa. "El ritmo de lo escrito es el ritmo del que escribe", dice el verso de Alberto
Girri, y los dibujos de Ferrari son el sugerente registro gráfico de este ritmo que se vuelve inspirador en sí mismo.
*Exilio
Ferrari vivió el exilio político y su historia contribuye a tornar más enigmática aún la escritura donde subrepticiamente se cuelan términos comprensibles que se perciben como mensajes ocultos, enmascarados por el enmarañado simulacro de un texto. Esa mágica y a la vez sutil complejidad ostentan las esculturas de alambre o "esculturas aéreas" y la serie de obras escritas en Braille y dedicadas a un Borges ya ciego. Ferrari escribe algunos versos del poema "Despedida" sobre la célebre sonrisa de Man Ray, "Los labios de Kiki", con este gesto, subraya el procedimiento de facilitar la visión a través de un código que permanece oculto.
La muestra se completa con un capítulo dedicado a la "Heliografías", documentos del contexto que habita el hombre. Y finalmente están las esculturas cargadas de pájaros y las formas espumosas de poliuretano, alegres algunas, como la figura roja con ojos incrustados en la superficie del cuerpo, acaso un símbolo de la percepción, o del "saper vedere" de Leonardo. La espuma de poliuretano, la misma que se utiliza en la construcción para rellenar huecos y sellar uniones, sale de un pomo y se expande como una crema formidable. Es el dúctil material que le sirvió a Ferrari para diseñar la nube negra de una explosión nuclear que presentó en la Bienal de Venecia, donde ganó el León de Oro. Claro, allí también estaba su obra maestra: "La Civilización Occidental y Cristiana" (1965), Cristo clavado sobre un avión bombardero.
El año que Ferrari murió, los argentinos que llegaban al Museo de Arte Moderno de Nueva York miraban atónitos el homenaje que le rendía la institución. Toda la poesía de sus grafismos colgaba de una pared.


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