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2 de abril 2019 - 00:01

Lollapalooza, o la ilusión de vivir en un mundo feliz

En la última jornada se destacaron Caetano Veloso e hijos, el rapero Kendrik Lamar y Lenny Kravitz, que ya pasó a integrar la selecta nómina de músicos clásicos del rock and roll, en un show con invalorable sucesión de hits que reunió a un público de mayores de 30 y sorprendió a millennials.

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plato fuerte. Lenny Kravitz, junto a su guitarrista Craig Ross, en lo más alto de la última noche. 

Cerró el domingo la sexta edición del Lollapalooza, festival que se perfecciona año a año y sumerge a los asistentes a un primer mundo ilusorio donde (casi) todo funciona. Fueron 300 mil personas las que se congregaron durante las tres jornadas de música, arte, gastronomía y esparcimiento familiar que tuvo lugar en el Hipódromo de San Isidro.

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El domingo se destacaron Caetano Veloso e hijos, el rapero Kendrik Lamar y sin duda lo mejor fue Lenny Kravitz, que ya pasó a integrar la selecta nómina de músicos clásicos del rock and roll, en un show con invalorable sucesión de hits que reunió a un público de mayores de 30 y sorprendió acaso a los millennials que pasaban a ver de qué se trataba. El festival estuvo dominado por artistas del trap, género que terminó por imponerse entre los jóvenes, con De Cazzu, Neo Pistea, Dakillah o Paulo Londra. Con ese rock sensual de ondulante movimiento que va cautivando conforme avanza el repertorio, Kravitz intercaló hits con temas más nuevos del último disco como “It´s enough”, con algo de tibieza ante las novedades y delirio en los temas más esperados y coreados como “Can´t get you out of my mind”, “Always on the run”, “Believe” (con un inolvidable solo de guitarra del majestuoso Craig Ross, quien además se lució en muchos otros fragmentos) y “American woman”, con hipnótica secuencia en la que el rock furioso devino en reggae. Las pantallas se tiñeron de los colores jamaiquinos de Bob Marley para corear “Get up stand up” en rojo, amarillo y verde. Las rastas de Kravitz estuvieron siempre a tono con ese espíritu y sus reiterados comentarios sobre cultivar el amor, la conexión y el ubicarse en el lado correcto de la historia.

En esa línea, la excepcional bajista Gail Ann Dorsey, de cabeza rapada y pies descalzos, que por veinte años acompañó a David Bowie, deslumbró con su arte, su prestancia y su espíritu zen. Debe destacarse que es esa banda lo que terminó de redondear un show con sonido magnífico y sincronización perfecta, algo que no se vio en todos los espectáculos del Lolla. Por caso, Vicentico en el escenario contiguo no sonó bien y optó por un repertorio que dejó lejos la vibración celebratoria de “Los Fabulosos Cadillacs”.

Kravitz agradeció con el latiguillo “este público maravilloso, mi favorito”, y pareció querer absorber algo de esa energía “sudaca” con los varios paseos que dio entre el público extasiado por poder tocarlo y abrazarlo. Los custodios lo seguían de atrás serios, mientras Kravitz amagaba que volvía al escenario pero insistía en la caminata sumergido entre el público. Su carisma fue marca distintiva, aunque desconcertó al gritar en la mitad del concierto “Michael Jackson”. Hubo silencio y continuó con el repertorio.

Para ingresar a ese “mundo feliz” que dura apenas 72 horas es preciso contar con la pulserita del Lolla, que contiene un chip para ingresar y para cargar el dinero necesario (no se acepta efectivo ni tarjeta en los locales, sólo la pulserita recargable). El sistema nunca pareció colgarse como la computadora del show de Cande Tinelli. En tanto la inmensidad del predio permite que la gente circule sin amontonamientos, lo que redunda en largas caminatas de una punta a la otra para acudir a los cuatro escenarios principales: Main 1, Main 2, Perry´s stage y Alternative, más el Kidzapalooza dedicado a los chicos. En los cuatro lados que delimitan el perímetro se ubican los infinitos stands de comida, venta de merchandising y puestos de indumentaria de primeras marcas.

Los publicistas han comprendido que no basta con regalar algo de tomar para captar la atención, en cambio, lo que impera en la actualidad es regalar una “experiencia”. El público aceptó de buen agrado largas filas para, por caso, pintarse y ponerse brillos mientras estuvo frente a un gran cartel de shampoo; aguardó paciente para tener su “momento instagrameable”, esto es, sacar lindas fotos y hacer GIFs en el stand de una marca de autos; o sumergir el brazo para sacarlo pintado cual tatuaje en el puesto de una marca de desodorante.

En este transcurrir por un predio donde se espera que todo el mundo esté feliz, es frecuente tropezarse, sobre todo de noche, con grupos sentados haciendo pic nics sobre mantas o hasta acostados durmiendo siestas, y también pueden explorarse las propuestas artísticas. La más imponente y vista desde la distancia es la de Marta Minujín, “Escultura blanda”, una pieza inflable de 15 metros de altura a la que se puede acceder y cuyas formas están inspiradas en sus colchones: desde los que presentó en el premio Di Tella de 1964 a las últimas versiones inspiradas en lo que ella denomina “arte psicodélico”. Pablo Reinoso presentó la obra Lolla Chill Out, consistente en un amplio círculo de reposeras acolchonadas donde se veía a la gente reposar y a la que denominan instalación. Cynthia Cohen montó una serie de grandes rectángulos contiguos de vinilo metalizado reflejado con luces de colores pensado para que el público “pueda verse reflejado y se sienta inmerso en Lollapalooza”.

También circuló una suerte de tren de personas unidas mediante una tira de luces. Primero se creyó que se trataba de una de las instalaciones pero al consultarles eran simples asistentes que querían dejar su huella en el festival y sentirse artistas por tres días. El Lolla es un pequeño gran gusto que se regala la clase media, que en muchos casos asiste en familia para mostrar a sus hijos lo rockeros que alguna vez fueron. Si bien esta modalidad algo “esquizofrénica” de superponer múltiples shows se viene haciendo hace tiempo con festivales como el BUE u otros, en una era en la que el multitasking es marca distintiva, este dispositivo se perfecciona y optimiza el rendimiento para los productores.

Vaya como ejemplo el comportamiento del público, ya no yendo de un escenario a otro sino inmerso en el concierto de Lenny Kravitz. Parecía no bastar con estar allí, o para ver mejor subirse a los hombros de alguien; el público actual se desespera por registrar en celulares, comparte en redes y manda mensajes mientras transcurre el recital. El estar aquí y ahora, como pidió Kravitz, “para que podamos establecer una conexión”, para una gran mayoría no fue corear, levantar brazos, bailar y disfrutar de la música, sino que consistió en registrar y compartir en redes, replicarlo con la ilusión de hacerlo eterno, ya no para atesorarlo uno en su memoria sino para que miles lo vean, y mejor, lo viralicen.

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