11 de abril 2012 - 00:00

Si Rajoy ofrece la Luna, se le reclama el Sol

Antes de asumir como jefe de Gobierno español, Mariano Rajoy les pidió a los mercados «media hora de tregua». Le fue concedida con creces. Pero la gracia concluyó. Al decir de su par italiano, Mario Monti, por no prestar la debida atención a las cuentas públicas. No es una aseveración tan errada como lo es injusta. La prioridad del líder gallego, eso sí, fue otra: tomó las reformas estructurales como estandarte de su gestión y, para promover un «shock de expectativas», anunció sin dilaciones su profundización. De hecho, el propio Monti reconoció la propuesta de renovación laboral como «muy incisiva».

Sin embargo, la cuestión fiscal nunca estuvo ausente. La primera promesa que Rajoy quebrantó, no bien asentó su gabinete, fue la de no aumentar los impuestos. Y para ello antes tuvo que blanquear el verdadero déficit que recibió como herencia de Rodríguez Zapatero. Si la meta de 2011 era no sobrepasar el 6% del PBI terminaría siendo, tras revisar los números, del 8,5%.

La audacia de Rajoy, la que Monti le criticó públicamente, fue no ceñirse a la letra de los compromisos rubricados con Bruselas. Tocaba ajustarse a un déficit fiscal del 4,4% este año y el hombre fuerte del PP lo elevó, sin conversar con nadie, al 5,3% del PBI. La jugada era inconsulta, pero sensata.

¿Por qué no poner el celo en las reformas y flexibilizar la urgencia por nivelar las cuentas públicas en atención a los desvíos de arrastre y la recaída no prevista en una recesión (sin abandonar el objetivo)? De haber tenido éxito, hubiera surgido también una pequeña legión de imitadores (son varios los países que se ven en figurillas para cumplir lo pautado y la lista no se limita esta vez a los latinos de siempre). No fue así: Bruselas aceptó a regañadientes una nueva meta del 5,8%, pero mantuvo inamovible el 3% para el año próximo. El shock de expectativas no funcionó. La deuda de España volvió a empinar sus rendimientos por encima de la de Italia. Cuando Monti puso el grito en el cielo por el temor al contagio, los bonos españoles a diez años rozaron fugazmente el 5,50%.

Los presupuestos de 2012, tardíos pero durísimos, no mudaron la tónica sombría. Ayer, las tasas largas le apuntaron al 6% sin reparar en una flamante oleada de promesas y juramentos de austeridad. A Monti no se lo escuchó, demudado.

La crisis que estaba «casi terminada» mordió de nuevo. Se reabrió la herida. Sea tragedia o sea farsa, no es cómodo sangrar y volver a andar a los tumbos. Rota la luna de miel -la suba del riesgo-país opera a la manera de una orden de desalojo-, Rajoy es pasto de las críticas. La apuesta europea no es la única que salió mal. Demorar tácticamente los presupuestos (otro motivo de irritación con Bruselas) no le sirvió para conquistar el bastión socialista de Andalucía. Las reformas que son del gusto de Europa no cuajan bien con los votantes nacionales. Entre la elección general y la de Andalucía, el PP extravió 430 mil sufragios, y lo que parecía una victoria histórica al alcance de la mano trocó en prematuro fracaso. Y como tal inoculó el virus de la duda: ¿será que habrá músculo político para imponer las reformas?

Se le reclama a Rajoy -ayer, por ejemplo, en el editorial de El País de Madrid- que debería «inspirar confianza» como si ésta se adquiriese por nota de pedido. No debe pasarse por alto de que se trata de un juego perverso. Si Rajoy promete la Luna, se le pide el Sol. Y si trae un sol resplandeciente, entonces, lo grave será que falte la Luna. ¿Cuál es la desconfianza que irradia España? No le calza, por cierto, el cliché de Grecia.

Si se escarba en la historia de la moneda común, a diferencia de Alemania y Francia, siempre cumplió con los postulados de Maastricht. Rajoy puede sacar medidas de la galera -Esperanza Aguirre, la presidenta de la Comunidad de Madrid, y también militante del PP, fue más lejos que nadie al plantear la devolución al Estado central de las competencias de educación y salud que hoy ostentan las comunidades autónomas (ver aparte)-, pero ¿qué sentido tiene? Ya se vio con los presupuestos: cuando el fuego se desata no distingue el mobiliario, no discrimina entre la calidad del roble y la madera de pino.

Si se enfatizan las reformas, el talón de Aquiles son las cuentas públicas. Si lo que se ataca es el déficit, el escepticismo brota naturalmente por el lado de una economía que, en ese afán, se hundirá más en la recesión. Que España haya financiado ya la mitad de sus necesidades para todo 2012 no impide que las tasas largas merodeen el 6%. En ese marco conviene guardarse las medidas para cuando se calmen los ánimos. Éste es un conato de incendio que no debe apagar Rajoy en soledad, sino Europa. Porque la falla de diseño no está en España, sino en el cableado de la zona del euro.

Ya se dijo antes que se reabriera la herida: el problema europeo es que ellos mismos se han puesto la soga al cuello. La idea original de esa madeja sofocante de ajustes fiscales y reformas económicas era la de alentar la confianza. Y lo que se prueba en España es todo lo contrario. Cuanto más apretado el nudo, mayor el riesgo de estrangulamiento. Y cuando hay tropiezos, más se alimentan las apuestas en contra. Lo que Rajoy no puede hacer, pero Europa sí, es abrazar el lema de Fernando el Católico: «Tanto monta». Ésta es la memorable lección de Alejandro Magno ante el desafío del nudo gordiano: tanto monta cortarlo como desatarlo. Como sea, no puede resultar el impedimento de la Unión Europea. Se entiende, y se acepta, que ya se hizo una gran inversión en credibilidad con el tema y que sería un crimen tirarla por la borda. Pues bien: hay que aflojar el nudo entonces y no deshacerlo. Lo que no tiene ningún sentido es que el nudo no deslice si la economía se repliega. Migrar rápido a un esquema que ponga las exigencias sobre el déficit estructural, corregido por el ciclo, debería ser prioridad. Resulta obvio cuando Europa chapotea en una doble recesión.

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