16 de agosto 2011 - 00:00

“Termina un mito: ‘Tristán’ se puede hacer en La Plata”

Marcelo Lombardero (izq.) durante uno de los ensayos de «Tristán e Isolda» en el Teatro Argentino de La Plata.
Marcelo Lombardero (izq.) durante uno de los ensayos de «Tristán e Isolda» en el Teatro Argentino de La Plata.
Apenas finalizado el hito que significó el estreno sudamericano de «Il viaggio a Reims» de Rossini, el Teatro Argentino de La Plata se prepara para otro: producir por primera vez en sus 120 años de historia una ópera de Richard Wagner en su idioma original. Con puesta en escena de Marcelo Lombardero, también responsable artístico de la institución, y dirección musical de Alejo Pérez, «Tristán e Isolda» subirá a escena este viernes a las 19 -la modificación en el horario habitual responde a la longitud de la ópera-, con más funciones los domingos 21 y 28 a las 17, el jueves 25 a las 19 y el sábado 27 a las 17. El elenco de los días 19, 25 y 28 está encabezado por Leonid Zakhozhaev, Katja Beer, Hernán Iturralde y Adriana Mastrangelo, y el otro John Charles Pierce, Eiko Senda, Christian Peregrino y Eugenia Fuente. Dialogamos con Lombardero:

Periodista: ¿Cómo siente este nuevo desafío?

Marcelo Lombardero: Lo mas importante es su trascendencia histórica y cultural. En lo personal también es muy positivo, pero es más trascendente lo que le pasa al Teatro. Hay algunos mitos que se caen, como que el foso del Argentino no alcanzaba para este tipo de obras: nosotros estamos metiendo 85 músicos, y hay lugar para más. Hubo que hacer modificaciones, y también se requirió cierto grado de compromiso de los músicos, de saber que no van a estar tan cómodos como antes. Hasta ahora sólo había un teatro con la capacidad para hacer este monstruo de obra: ahora hay dos.

P.: ¿El orgánico es el original de Wagner?

M.L.: Sí. Hubo que hacer un trabajo logístico: acondicionar algunas cosas, todo ocupa lugar, y cada espacio que se ocupa es un músico menos que entra. Mi tarea como director artístico es correr los límites. Está bien programar más, menos, poner un cantante u otro, pero lo importante es lo que le queda a la institución el día en que uno se va. Esto pone a prueba un mecanismo. Hay dos elencos muy preparados y extraordinarios, y salvo los dos tenores protagonistas, todos los demás debutan sus papeles. El Teatro mismo debuta la ópera, nunca se hizo ahí una obra que durara 5 horas, es un esfuerzo de concentración enorme e infrecuente para todos.

P.: ¿Y con respecto al público?

M.L.: Esta es una ópera que obliga a mantener una concentración a la que la gente en la época del videoclip no está acostumbrada, pero ésta es una producción que según algunos no parece mía: no hay ni sexo, ni violencia, porque no es necesario. No es que yo me dedique a la escatología lírica: trato de contar la historia lo mejor posible, y en el caso de «Tristán» la gente tiene que estar relajada. Wagner era un gran compositor y creía ser también un gran dramaturgo, pero creo que su dramaturgia está en la música. Esta puesta es del 2007, se hizo originalmente para los 150 años del Municipal de Santiago, y tratamos de alivianarle visualmente a la gente todo lo que tiene que digerir musicalmente. Es una producción muy visual, un poco inspirada en los comics, con ese tipo de grafismos, atemporal, o con una mezcla de las tres épocas: el Medioevo, el Romanticismo y la contemporaneidad. El trabajo fue buscar que ese cuento que queríamos contar fuera atractivo para el público.

P.: ¿Cuál fue el mayor obstáculo?

M.L.: «Tristán» tiene un problema dramatúrgico en cuanto a su duración y su concepto espacial. Son 3 actos en 3 escenas determinadas: el barco, el jardín o la habitación de Isolda y la cueva donde duerme Tristán, y eso no se mueve. Lo que nosotros pensamos es que esos espacios podían ser transformados, pero tenía que ser a la vista, y la virtualidad nos permite eso: transformar el espacio a la vista del público. Esto tiene que tener su correlato dramatúrgico, porque el «Liebestrank», el filtro del amor, y los otros que traen Brangania e Isolda, remiten al Medioevo, una época donde las sustancias estaban a la orden del día, igual que ahora. Muchas veces se dice que las sustancias destraban inhibiciones, hacen mirar el mundo desde otra perspectiva, y el amor en ellos está desde siempre, por eso no puede matar a Tristan, porque ya lo ama, y cuando Brangania cambia los filtros y en vez de darle el veneno le da el filtro del amor, esas inhibiciones caen y los personajes están desnudos, y lo único que queda es el amor. Esto nos permite mostrar la transformación de ambos desde dentro y desde fuera, por eso en el momento en que se enamoran el espacio se modifica, algo mucho más complicado si no se usa la virtualidad, y este diseño de casi comic nos ayuda a encontrarle la fantasía.

P.: ¿Cómo fue su trabajo con las fuentes literarias del mito?

M.L.: Es una ópera que conozco demasiado: canté varios papeles y es la cuarta vez que la dirijo, de manera que el trabajo de investiguación ya lo había hecho en mi época de cantante. Creo que «Tristan» es una obra levemente inspirada en esas leyendas: es autobiográfica. Claramente Wagner está exponiendo al mundo su historia con Mathilde Wesendonk, hay un claro paralelismo entre Marke y Otto Wesendonk: Wagner se exilia en Suiza, un rico comerciante lo acoge en su estancia, en la inspiración de esta obra están las canciones sobre poemas de Mathilde donde está la simiente musical de «Tristan». Wagner sublimó sus culpas y sensaciones al morir idealmente y que ese amor entre Tristan-Wagner e Isolda-Mathilde sea consumado en una esfera superior, en este caso la ópera. Lo más interesante es que utilice sus errores para sublimarlos en una obra que vista hoy parecería una más, pero uno tiene que pensar en que en 1865 escribió una música que fue el final de 200 años de búsqueda, y tuvieron que pasar casi 60 más hasta que sucediera algo nuevo, que fue Schönberg y el dodecafonismo, es casi el comienzo musical del siglo XX, o al menos el fin de una etapa larguísima de concebir la estética en general y musical en particular. La ópera corre los límites de una manera impresionante, y es lo que el público se tiene que tratar de sentar a sentir, no a comprender.

P.: ¿Qué ventajas y desventajas le da el doble papel de director y régisseur?

M.L.: Es complejo por la cantidad de tiempo que me demanda: por más que esté haciendo una puesta mi trabajo como director artístico no se interrumpe, y cuando uno está en su propio teatro eso se complica, porque uno está más a la mano, y las necesidades de la propia gestión lo tienen a uno ahí, pero por suerte mi equipo es fantástico, está siempre al servicio del espectáculo y uno lo agradece, el cuerpo técnico y artístico está haciendo un esfuerzo enorme. Más allá de que hay algunos sectores a los que les cuesta un poco más darse cuenta de hacia dónde vamos, en el Teatro hay una mística que no sentía desde hacía mucho tiempo, y no es alrededor de mí sino de la obra: la rutina lleva al aburrimiento, y esto nos saca de ahí porque no se sabe aún cómo va a salir: hasta el día del general no se va a saber lo que es hacer la ópera completa, porque hasta ahora hemos hecho ensayos parciales, pero la gente se está proparando, lo sabe. Si esto nos sale bien estaremos en condiciones de lo que tenemos planeado para el futuro.

Entrevista de Margarita Pollini

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