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Un atractivo ritual casi religioso
Aunque la puesta de Ignacio Apolo resulta algo esquemática, «Rosa mística» tiene un buen elenco (en el que se destaca Ana Pauls) y algunos logrados climas cercanos al ritual religioso.
La anécdota remite, en un principio, a la crónica policial. En medio de un confuso allanamiento por drogas, muere un bebé. El episodio nunca se esclarecerá del todo, pero la gente de la villa santifica a la pequeña víctima atribuyéndole distintos milagros. Esto perturba el delicado equilibrio emocional de Rosa, una jovencita de doce o trece años que se aferra a la religión con un fervor cercano al delirio místico e inicia una cruzada para desmitificar al supuesto santito.
El padre de Rosa es un policía cínico y corrupto que a su manera se preocupa por el bienestar de su hija y de su mujer. Esta vive en una especie de limbo, feliz e irresponsable (tal vez sea la esclerosis o su necesidad de esquivar una realidad demasiado hostil). Amanda Busnelli anima a este delicioso personaje con gestos de despiste y un humor clownesco que, como suele suceder con esta clase de trastornos, aparece en el momento menos pensado.
También la protagonista, pese a su piedad, tiende a bordear el ridículo (tal como sucedía con los personajes católicos de Luis Buñuel, «Viridiana» en particular). Rosa -magníficamente interpretada por Ana Pauls- se obsesiona por hacer el bien sin contradecir las órdenes de su padre ni los preceptos de la Iglesia Católica. Para poder poner en práctica su evangelio se vale de «El Lauchi», nieto de una ex empleada doméstica de su madre. El chico es objeto y destinatario de su caridad, pero cuando la chica empieza a acosarlo por la venta de unas estampitas que ella bendijo para ser repartidas gratuitamente, todo se complica.
La puesta de Ignacio Apolo resulta algo esquemática en relación a las complejas situaciones que propone el texto. El enlace entre escenas (con cambio de locación) no fluye como debiera e incluso algunos gestos cotidianos, como el de sentarse frente a un televisor (imaginario) para ver el noticiero, resultan algo artificiosos. En cambio, las escenas de violencia física han sido resueltas con precisión.
La obra evita todo pintoresquismo y le da una curiosa vuelta de tuerca a todo apunte costumbrista o de connotación social. La labor del elenco es muy pareja y en los momentos más logrados, se instala en escena una atmósfera cercana al ritual religioso en la que se entrelazan las fantasías místicas y los escarceos sexuales de esta púber bastante caprichosa e ilusa que de todos modos resulta entrañable.


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