17 de enero 2012 - 00:00

Un mercado que se asienta, con algunos nubarrones

Viviana Blanco, cuyas obras se ven en Palatina, trabaja en la frontera donde se encuentran lo fantástico y lo real.
Viviana Blanco, cuyas obras se ven en Palatina, trabaja en la frontera donde se encuentran lo fantástico y lo real.
Las galerías porteñas culminaron un año extraño, sin grandes operaciones pero con un coleccionismo que se amplía. Al arribo de una clientela extranjera que comenzó a apreciar nuestro arte y suele regresar por más, se suman nuevos compradores, jóvenes muchos de ellos, que llegan atraídos por un mundo que se vislumbra glamoroso y que, por lo general, acaba cautivándolos.

El 2012 está en marcha y, salvo que se interpongan circunstancias excepcionales, clientes no van a faltar. Las expectativas son buenas, el campo artístico se amplia con el mejor sustento: el talento de nuestros creadores, el interés del público y de todos los integrantes del sistema. No obstante, no se puede obviar el registro de una ausencia lamentable.

La galería Dabbah Torrejón, luego de una trayectoria de 11 años de excelencia, acaba de cerrar sus puertas. En su carta de despedida Ana Torrejón y Horacio Dabbah aseguran que sus objetivos de «difusión, gestión y comercialización» están cumplidos. Dicen haber culminado un ciclo y agradecen el apoyo del medio. «Crecimos, y los artistas que confiaron en la galería también lo hicieron. Una pequeña parte de la historia queda marcada con el nombre de nuestra iniciativa», sostienen.

Pero lo cierto es que la bella galería de la calle Ecuador, se cerró, sin mayores explicaciones. El capital amasado en estos años, los estupendos artistas del staff (Fabián Burgos, Dino Bruzzone, Magdalena Jitrik, Daniel Joglar, Diego Vergara, Manuel Esnoz, Esteban Pastorino, Cecilia Szalkowicz, Marcela Astorga y Lucio Dorr, entre otros) no quedaron en la calle, de inmediato fueron invitados a integrarse a Vasari, Ruth Benzacar, Alberto Sendrós y Foster Catena.

Es probable que la determinación de Dabbah Torrejón poco o nada tenga que ver con las dificultades financieras (un alquiler elevado) que hicieron que el espacio Sonoridad Amarilla, un lugar casi mágico, desapareciera sin dejar rastros. El flujo de galerías que se abrieron y cerraron en estos últimos años, deja poco lugar para el recuerdo y menos aún para la nostalgia. Aunque es justo reconocer que nadie logró suplantar a «los amarillos».

La reina de los espacios fue Belleza y Felicidad, con su estilo insustituible. Pero su gestora, la incomparable artista Fernanda Laguna decidió hace unos años que el mercado no era lo suyo, así optó por emplear sus energías en su propia obra y en la escuela de arte que fundó en Villa Fiorito, donde ya se otorga título de bachiller.

Appetite, el emprendimiento de Daniela Luna, apareció casi de la nada y conquistó coleccionistas poderosos, pero sucumbió cuando sus díscolos artistas demandaron mayor dedicación. Lejos de amilanarse, ella marcó distancias: cargó sus valijas y se fue a seducir el ascendente mercado de la China e inauguró Appetite en Beijing.

Cada galería elige trabajar en un nicho del mercado, y aquellos que deciden abrirse paso acompañados por artistas emergentes, saben que cuentan con un gran potencial: algunos de esos jóvenes puede ser mañana una estrella. Pero, como contrapartida, estos galeristas también saben que a los principiantes les deben dedicar la vida, porque reclaman dedicación exclusiva y necesitan de estímulo permanente.

El galerista Daniel Abate conoce estas cuestiones, su staff se redujo a la mitad de la noche a la mañana. Abate cuenta que cuidó a sus artistas con genuino afán paternal y que las desavenencias comenzaron cuando cambió su actitud, y lo dice con claridad: «Crecí. Ahora tengo una hija y pienso en ella, no sólo en los artistas».

La experiencia de Florencia Braga Menéndez es especial. Renunció a la Dirección de Museos del Gobierno de la Ciudad, se fue con un logro memorable: logró reinaugurar el Museo de Arte Moderno que estuvo cerrado durante demasiado tiempo, sencillamente, porque no existía la voluntad política de abrirlo. Cuando regresó a la galería de la calle Humboldt, la mayoría de los jóvenes que descubrió con ojo certero se encontraban dispersos por Buenos Aires. Ahora, el desafío es comenzar prácticamente de cero.

En la actualidad exhibe las muestras de los vanguardistas que iniciaron sus carreras en la década del 40, Martín Melé y de Carmelo Arden Quin, obras que tienen el peso y la legitimación de la historia. Luego, la figura contemporánea es el holandés Rob Verf, que presenta «Full Foreground» 2010, una video instalación que realizó junto al poeta y teórico Roberto Tejada en la Universidad de Austin.

Estrategias

Enero es un mes de trabajo, las galerías permanecen abiertas y la mayoría exhibe muestras colectivas. Palatina presenta a varios de sus artistas y en la selección se advierte un vuelco estratégico hacia las nuevas generaciones. Beto de Volder fue el primero en quebrar, con sus juguetonas abstracciones, la estética «conservadora» de una galería donde el interés comercial predomina. La experiencia resultó inmejorable, las obras de De Volder no sólo incorporaron la contemporaneidad que estaba ausente, se venden casi al por mayor y abrieron camino a las del misionero Andrés Paredes. Los coleccionistas se enamoraron de sus árboles huecos, calados como un encaje y, luego, de los recortes en papel con formas ambiguas que evocan la selva natal de Paredes. Como el cuadro que en estos días está en la vidriera de la calle Arroyo junto a un bronce de Alicia Penalba.

Acaso porque hoy los compradores de arte están muy informados y piden -además de las grandes firmas, como las de Torres García, Gurvich o Roberto Aizenberg- algo más que un lindo cuadro para colgar en el living, Palatina agregó junto a las obras de Luís Fernando Benedit y Rómulo Macció, una pintura de Tulio de Sagastizábal. Se trata de un artista complejo, su pintura es un despertador de la percepción, con sus efectos de dilatación y la apariencia de un movimiento que la torna levemente cinética.

Viviana Blanco trabaja en la frontera donde se encuentran lo fantástico y lo real y presenta un dibujo con dos cisnes que se desplazan por las densas aguas de una laguna cuyas ondulaciones y ritmos, coinciden a la perfección con el impulso que mueve la mano de la artista. Luego, acaso el ingreso de las obras de Ignacio de Lucca, Delfina Bourse e Ignacio Valdéz, logren acentuar los cambios que recién despuntan en la tradicional Pa-latina.

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