18 de noviembre 2013 - 00:00

Un país para todos, expectativa pesada para el futuro Gobierno

Las barriadas de los alrededores de Santiago exhiben las insuficiencias de un modelo económico que, pese a sus logros, no alcanza a toda la población.
Las barriadas de los alrededores de Santiago exhiben las insuficiencias de un modelo económico que, pese a sus logros, no alcanza a toda la población.
Santiago - El Santiago de la prosperidad se diluye a pocas cuadras del límite del barrio Providencia, uno de los más lujosos de la capital, famoso por sus bulevares, edificios inteligentes y sus centros comerciales abarrotados de tiendas de productos importados. Apenas a un paso del desarrollo y el boom inmobiliario, el paisaje se convierte en tierra fértil de reclamos, daños colaterales del "milagro económico" del que los sucesivos presidentes -desde Augusto Pinochet hasta los democráticos- hicieron gala en los últimos cuarenta años. Ése será el gran desafío que aguarda al próximo presidente, previsiblemente Michelle Bachelet tras el balotaje de diciembre.

El barrio La Legua, ubicado en el sur en la Comuna de San Joaquín, rompe con el espejismo de las cifras macro. Esta pequeña población de 20 mil habitantes tiene su historia reciente escrita en sus callejones precarios: "Allende vive, la lucha sigue", se lee en un muro frente a una plaza descuidada, recuerdo de lo que fue allí mismo la cacería de miembros del Partido Comunista una vez iniciada la dictadura. Hoy, sectores como La Legua Emergencia, son puntos rojos de inseguridad, narcotráfico y otros flagelos. A pleno sol, carabineros fuertemente armados conviven codo a codo con las "mulas" de los capos locales de la droga, que se acomodan en cada esquina a la espera de clientes entre las pequeñas viviendas de material y chapa.

El barrio debe su nombre a estar exactamente a una legua de Santiago -y de sus instituciones, podríamos agregar- es, como otros ochenta del gran Santiago, casi zona liberada. La población comparte su territorio con basurales y jaurías, mientras que las conexiones clandestinas a las redes de electricidad y televisión paga crean telarañas en el cielo. Los servicios básicos, como clínicas, colegios y farmacias, quedan lejos. Cualquier nueva obra de infraestructura o remiendo estará sujeto al humor de los vecinos, algunos de los cuales suelen echar a piedrazos -o con tiros al aire- a policías, obreros o contratistas que osen entrar al laberinto.

A medida que se acercaban las elecciones y con el resurgimiento del debate sobre la desigualdad en el país se abrieron oficinas electorales como la de la opositora Nueva Mayoría en la calle Jorge Canning al 700. "En Chile no sobra nadie. Michelle Bachelet", se lee en otra pared usada de respaldo por un vendedor de droga.

Marcela Bustamante, de 45 años, se dedica hace más de 20 a la limpieza de hogares en Las Condes, otra de las zonas capitalinas más pudientes, donde los condominios millonarios se mezclan con el paisaje imponente de la cordillera. "Me lleva cerca de dos horas, con suerte, llegar a mi destino, pero ya estoy acostumbrada", se resigna en conversación con Ámbito Financiero. "En su momento quise estudiar, pero fue imposible. Traté de llevar a mis hijos a la universidad y no hubo caso. Yo lo veo, estoy en contacto con la buena vida, y no tengo forma de acercarlos a eso, es carísimo", sostiene.

Los extraños aquí llaman la atención, y un grupo de locales a bordo de un Mustang último modelo harán sentir la molestia. Mariana se pone incómoda: es momento de partir.

No hay forma de comprender el desasosiego social que quedó en evidencia en el último lustro sin examinar los primeros años de democracia. Desde la asunción de la entonces Concertación en 1990 hasta el comienzo del milenio, la pobreza se redujo del 38,6% al 13,7%, y la indigencia de 12,8 a un 2%, números que no se han movido casi nada durante el Gobierno de Sebastián Piñera. Pero esa mejora, aunque notable, dejó a millones de personas en el umbral del desarrollo personal: con alimentos, pero sin educación, salud de calidad ni posibilidad de superarse.

Hoy Chile forma parte de la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos), que nuclea a los países ricos. En los papeles, Chile está a puertas de ser un país desarrollado, con un ingreso per cápita de u$s 19 mil, pero la cifra se desdibuja si se mira con lupa. De hecho, un 50% de los chilenos vive con u$s 500 al mes, un monto limitado en relación con el alto costo de vida. Además, un reciente estudio de la Universidad de Chile desnudó que el 1% más rico se queda con la tercera parte del ingreso nacional, lo que hace de este país el más inequitativo del mundo.

"En un sondeo que hemos realizado en conjunto con el Banco Mundial, el 68% de la población se autoclasifica de clase baja. Los que protestan son los que salieron de la pobreza pero que no logran de ser clase media. Se estancaron, quedaron a mitad de camino. En la Argentina tienen clase media, Chile no. Y no se trata de revueltas ideológicas en contra del modelo, al contrario, quieren entrar a la fiesta, quieren ser parte del progreso del que tanto se habla", dijo a este diario Marta Lagos, directora de Latinbarómetro.

No hace falta irse a extremos como La legua para entender la realidad chilena. En San Ramón, en el Gran Santiago, el taxista Marcelo Bustos Dumenes (40) dice que se dedica al transporte por falta de opciones mejores. Casado, con dos hijos pequeños, cuenta con un salario cercano a los 1.200 dólares por mes, que es el único ingreso de la familia. "Todo se va para pagar, nada queda para gustos. Entre la renta (alquiler), el colegio de los chicos y la salud, está todo completo", se queja. Marcelo destina cada mes u$s 60 a un plan de salud público, que a la vez le implica depositar u$s 12 por bono, es decir, por cada consulta médica realizada. "Si se enferman todos es un caos para el bolsillo", sostiene.

Los chilenos pueden optar por dos tipos de cobertura: el ISAPRE (Institución de Salud Provisional), para la que se deriva a seguros privados el 7% del salario, y el deficiente FONASA (Fondo Nacional de Salud), estatal, que nuclea a más del 90% de la población.

En el hospital Sotero del Río en Puente Alto, la sala de atención de adultos tiene demoras de varios días, incluso para emergencias. En el fondo de la sala de esperas, el recién llegado Cristóbal Ortiz (23) aguardaba con su padre Carlos (66), hoy pensionado y exempleado textil. Casi en posición fetal por el dolor, el joven se esfuerza por hablar. "El sistema es para los ricos, vaya a saber ahora el tiempo que voy a estar para que me atiendan", afirma, mientras apunta con la mirada a una sala minada de pacientes.

Cristóbal es estudiante de Agronomía en la Universidad de Católica, para lo que debió contraer un préstamo de u$s 12.000, pero que "se transformarán en u$s 30.000" una vez que pueda empezar a cancelarlo. Tanto él como su padre votaron a Michelle Bachelet, "porque ha cambiado".

El sentimiento de muchos chilenos puede resumirse, ojalá que sin abuso de simplificación, en una viñeta de humor agridulce del caricaturista peruano Carlín. Mientras es revisado por su médico, el paciente obeso afirma: "Ha mejorado mi PBI, han mejorado mis exportaciones, ha crecido mi consumo, ¿qué le parece doctor?". El médico replica: "No crecen los salarios, casi todo lo que exporta es materia prima, y no crea tecnología. O sea, está más gordo, pero no más sano".

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