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Un perdurable Machado de Assis

Suele decirse que la celebrada estadounidense Susan Sontag sostenía que Machado de Assis era uno de los más notables escritores del siglo XIX y el mayor de América Latina en su tiempo. Era un brasileño que podía codearse perfectamente con Dickens, Flaubert o Maupassant. En las obras de Machado de Assis, en su realismo deudor de Laurence Sterne, está la base de mucha de la escritura posterior de Brasil y de toda América Latina. Tiene por momentos la feroz insolencia hacia su época que hizo de Esteban Echeverría, su contemporáneo argentino, con «El matadero» el origen de nuestra más apreciable narrativa.
Hay mucho del mejor Machado, en algunos de los cuentos de esta breve antología que abarca desde «Tres tesoros perdidos», que proviene de sus primer libro, escrito a los 19 años, a «Un incendio», publicado en 1907, un año antes de su muerte.
En Machado de Assis pareciera estar el laboratorio de donde salen quehaceres y procedimientos de otros escritores de nuestro continente.
Irónico e innovador
Comparte, por caso, con Borges la ironía, pensar que en el cuento «la forma ha de prevalecer siempre estéticamente sobre el asunto» y haber publicado sus notas y relatos en una revista para el público femenino; con Arlt la necesidad de escribir en el formato que le impone un diario (como lo hiciera, al mismo tiempo, en EE.UU. el admirable O.Henry) y esa gloriosa imprudencia que le permite renovar el género. Comparte con Cortázar el diferenciar a los lectores en «serios» y «frívolos» y hablar de la burguesía como si fuera una clase interesante, para mostrar sus hipocresías.
Se descubre en su escritura la debilidad por la mordacidad, por el oculto sarcasmo, herramientas que utiliza en la mayor parte de su obra y que lo une al genial portugués José María Eça de Queirós.
No se puede desconocer la saña que encubre el relato «Padre contra madre» al recordar que Machado era un mulato, hijo de un esclavo liberto y una mísera lavandera portuguesa. Allí se cuenta la historia de un cazador de esclavos fugitivos que, a punto de ser padre, siente que ha crecido la competencia en su trabajo. Para empezar se informa que a los esclavos se les colocaba una «máscara de hojalata para arrancarlos del vicio de la embriaguez, ya que les tapaba la boca. Tenía sólo tres orificios, dos para ver, y uno para respirar, y se cerraba por detrás de la cabeza con un candado. Con el vicio de la bebida se perdía la tentación de robar, porque generalmente se valían de las monedas del señor para aplacar la sed; y así quedaban eliminados dos pecados a un tiempo y resguardadas la sobriedad y la honestidad. Esa máscara era grotesca, pero el orden social y humano no siempre se alcanza sin lo grotesco, y a veces sin lo cruel». La prosa informativa y distante parece justificar esa atrocidad cuando en realidad la está denunciado. Esa misma fórmula está presente en el teatral y voltaireano diálogo de «Teoría del figurón» donde un padre enseña a su hijo que para triunfar tiene que convertirse en un farsante, un paquete, un careta.
Cuando, en la entrevista que aparece en esta página, el colombiano Willam Ospina recuerda que todo lo que deslumbra hoy tiene sus antecedentes, en estos cuentos perdurables de Machado de Assis están las raíces de la mejor cuentística brasileña, la de Jorge Amado, Rubem Fonseca, Dalton Trevisan, Luis Fernando Verissimo, entre otros muchos.
M.S.


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