Quimera Galería presenta “El resplandor”, una serie de pinturas que marca el regreso de la artista Lorena Ventimiglia (1971) a las artes plásticas. Desde hace dos años, Ventimiglia enfocó su trabajo en el cine. A la dirección de arte, tarea que realizaba desde 2000 a la par de la pintura, sumó los guiones. “En estos últimos años me dediqué tan solo a escribir”, cuenta. En 2020 escribió el guión y realizó la dirección de arte de la película “Los impactados”, que dirigió Lucia Puenzo. “Golosina turca” es el último guión de su autoría para un film que, además, aspira a dirigir. “Pero llegó un momento en el cual necesité volver a pintar y así regresé al óleo”, agrega durante su propio vernissage. Después de haber trabajado con esmalte sintético los últimos 20 años y dominado esta técnica con singular virtuosismo, la artista logra seducir con las transparencias del óleo. Aquellos que conocen la vida secreta de la pintura, aseguran que, si se mira un cuadro al óleo al atardecer, es posible advertir que tiene vida propia. Cuando la luz es baja, la pintura reverbera de una manera especial, deja entrar la luminosidad y la refleja. Ventimiglia titula a su muestra “El Resplandor” y elabora con precisión y destreza sus campos de color, unos espacios con la profundidad del cielo. Allí mismo, en esas superficies traslúcidas se adivinan las formas difuminadas de los astros. La belleza de los esfumados de esta nueva serie procura placer a la mirada. Y el placer suplanta la admiración que lograba con las gotas de esmalte sintético suspendidas mágicamente sobre las telas.
Dueña de un oficio pulido, Ventimiglia dominó la técnica del esmalte como pocos, controlaba el proceso de secado y luego, con la paciencia de un artesano engordaba poco a poco el volumen de unas grandes gotas que descendían desde las telas. La superposición de capas de material, su peculiar procedimiento, transmitían las más diversas sensaciones. En la exhibición actual, la gramática del material coincide con las formas de la imagen y ambos ocupan con plenitud ese campo de acción que configura la tela.
La artista incorporó la abstracción junto con la pintura industrial y hoy no la abandona. Si bien el tratamiento de la obra, la ejecución, es mucho menos compleja que la anterior, la perfección resulta determinante. Los efectos ópticos y atmosféricos de sus óleos despiertan los sentidos, brindan expresividad e intensidad a los cuadros, despiertan esos sentimientos que existen desde los inicios la historia de la pintura.
La muestra está curada por Larisa Zmud, quien en su texto observa: “Las últimas pinturas de Lorena Ventimiglia nos muestran a una artista que vive adherida a su tiempo a la vez que mantiene cierta distancia de él. Son pinturas del destiempo porque enfocan la vista en el cosmos para permitirnos alcanzar con nuestra mirada a las estrellas, sus resplandores y espectros”.
Ventimiglia surgió en el ambiente del arte con la pujante energía de la década de los años 90. Ganó fama como retratista en 2003, cuando el entonces príncipe de Asturias y hoy rey Felipe de España, la invitó al palacio de la Zarzuela para ver los retratos de la familia real que ella había pintado, incluyendo el suyo que se llevó desde Buenos Aires. En un encuentro en la Embajada de España, consultada sobre la técnica, el estilo y el espíritu que anima sus obras, Ventimiglia explicó que puso el énfasis en la faz humana de los personajes, que eligió el rosa pálido para la reina Sofía, porque es femenino; el marrón de los robles para el rey, como sinónimo de fortaleza, y azul para él, porque es “un príncipe azul”. Y se lo dijo de frente, sin inhibiciones. El heredero al trono pidió tocar el alto-relieve de los cuadros de apariencia cremosa, cualidad que identifica a la artista en esa serie de retratos.
Con la perspectiva de Baudelaire, la obra de Ventimiglia conjuga la belleza eterna e invariable con la belleza relativa y circunstancial. La concepción estética de Baudelaire comprende los elementos eternos que subyacen en la totalidad de fenómenos circunstanciales que con el paso del tiempo dejarán de ser modernos, convirtiéndose en antiguos, incluso en clásicos, es decir, en valores eternos.
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