La exposición de Andrés Paredes (1979) “Pulsión de sombra y luz” que la semana pasada presentó la galería Cott, marca un cambio notable en la producción de un artista que ganó fama con la representación de la naturaleza, el encaje de los troncos de la jungla misionera y sus bellas mariposas. Hoy, Paredes acaba de pasar del arte escultórico y objetual a la pintura. Su reciente viaje a Madrid para exhibir una inmensa mariposa y dos exposiciones, significó mucho más que una buena recepción de sus obras en el circuito internacional. La estadía en España posibilitó que sus ojos curiosos conocieran y valoraran varias cualidades del arte ibérico. De sus visitas a los museos que, como bien se sabe, son la mejor escuela para los artistas, nació la atracción por las ásperas abstracciones de Antonio Tapies. Paredes descubrió entonces ciertas afinidades con la pintura matérica del informalismo europeo. Hace poco menos de una década había presentado la muestra “Barro memorioso” en el Centro Cultural Recoleta, con empastes densos y efectos de relieve.
Andrés Paredes: transformación de un arte siempre movilizador
En su flamante exposición, “Pulsión de sombra y luz”, que realiza tras un decisivo viaje a España
del que regresó con variadas influencias, pasa de las formas escultóricas y objetuales a la pintura.
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Tapies incorporó tierra en sus telas, además de añadir arena y aglutinantes a la pintura para lograr densidad; Paredes había modelado el barro con sus propias manos. Y el encuentro de estos materiales con características afines, sumado a la potencia de la obra del catalán, motivó el deseo de pintar. Durante el viaje de regreso se fue gestando el plan. Un plan movilizador. El barro “memorioso”, del artista revelaba la historia de su vida, y antes de partir hacia Madrid ya había modelado formas, como los brotes o las raíces que, dicho sea de paso, esquivaban la tradicional belleza de sus obras. Las formas rizomáticas de las raíces, exploradas y analizadas con minucias durante la pandemia en la muestra “Honrar raíces”, regresan en la muestra actual. Y al igual que las pinturas de Tapíes, las nuevas raíces son ajenas a cualquier discurso sobre el contenido de la obra y a toda pretensión conceptual. Son simplemente raíces que sin querer decir nada, adoptan en esta ocasión colores radiantes. El fucsia y las diversas tonalidades de rosas y rojos, se destacan dramáticos sobre los fondos intensos de pintura negra que cubre como si fueran murales, una serie de seis inmensos paneles. Dispuestos en un semicírculo que puede estrecharse o ampliarse, dado que estos grandes paredones poseen ruedas en la base, los paneles pueden cerrar un círculo y configurar de este modo una cavidad craneana. Así, la pintura invita a una relación más profunda. El espectador, en soledad, puede sumergirse en el interior de una obra de arte para disfrutar, experimentar el gozo y el placer estético que depara. Al acercarse a la pintura se vuelven notorios los diseños abstractos más pequeños, los gestos breves, algunos, blancos y sutiles. Y desde esta distancia se torna visible el volumen de la pintura, el espesor de la materia y las huellas de los dedos que le agregan una dimensión sensual. Allí está, presente, el recuerdo del espesor de las obras de Tapies, pero también reverberan en la memoria los paneles monumentales que pintó Anselm Kiefer en el Palacio Ducal de Venecia y los mares de Miquel Barceló, ostentando capas y más capas de materia pictórica hasta configurar un oleaje lujurioso.
Los colores radiantes de Paredes cobran una importancia crucial: le otorgan a las pinturas una condición única y personal. La energía del color restallante se distancia de los tonos tierra del catalán, también de los grises de Kiefer y procura un encuentro estimulante con el arte.
En la sala de exposición Paredes dispuso los paneles móviles cuyo exterior posee un fondo blanco, y en contraposición con la oscuridad interior, labró sobre ellos los dibujos una selva con enredaderas que los rodean, atan y envuelven, en el centro de la sala.
Durante la inauguración de la muestra, los colegas del artista elogiaron el coraje que implica abandonar los troncos y las mariposas que poseen alta demanda en el mercado internacional, para seguir el camino de la inspiración y avanzar en el territorio de la pintura, un género muy transitados pero inexplorado por Andrés Paredes hasta hoy.



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