Espectáculos

"El arte es el mejor antídoto contra el aburrimiento"

Con este libro cierra un tríptico que arrancó con Emily Dickinson y continuó con Joseph Cornell. "Son tres seres desfasados", define.

Con “Objeto Satie” (Caja Negra), un pequeño libro de arte (como de algún modo lo son la mayoría de los de esta escritora), cierra María Negroni una admirable trilogía compuesta por “Archivo Dickinson” y “Elegía Joseph Cornell”, donde no sólo captura el universo de esos geniales creadores sino que realiza una deslumbrante abducción del imaginario de cada uno de ellos. María Negroni es HD en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Columbia, profesora visitante en New York University, directora de Maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Tres de Febrero, Premio Konex de Platino, autora de novelas, ensayos y libros de poesía. Dialogamos con ella.

Periodista: ¿Por qué dedicó sus tres libros más recientes a lo que a Cortázar le gustaba llamar piantados, seres extraños, fronterizos y geniales?

María Negroni: Construí un tríptico que tiene en su centro a Emily Dickinson, que no solo es mujer sino poeta, y a los lados al artista visual Joseph Cornell y al músico Erik Satie. Los tres son solteros, solitarios, excéntricos, coleccionistas, marginales. A los tres le gusta la miniatura, producen un arte mínimo, con pedacitos. Satie no tiene ninguna sinfonía, ninguna sonata, solo pequeños divertimentos. Los poemas de Emily Dickinson ni que hablar. Las cajitas de Cornell lo mismo. No tienen intención de monumentalizar. Se dan por satisfechos con encontrar una pequeña epifanía. Ninguno de los tres tiene una inserción canónica. Dickinson, acaso, por mujer, pero ni publicó en vida. Son seres desfasados. Satie tenía 50 años cuando surge la vanguardia en París. En medio de los sacudones juveniles él era un señor de traje de terciopelo y paraguas iba a tocar el piano en el cabaret Le Chat Noir. Era un hombre grande cuando entró a trabajar con Cocteau, Picasso, con los Ballets Russes, la vanguardia de París. Venía de algo formal y calzó en ese movimiento. En Satie hay sarcasmo, ironía, escepticismo. No se la creía...

P.: “Yo no busco, encuentro”, decía Picasso, y repite Lacan.

M.N.: Cornell recogía basura, compraba cosas en negocios de segunda mano para hacer sus famosas cajas. Entre las cosas que juntaba había películas caseras. Como tenía un hermano parapléjico se las pasaba, eran los años 30, pero como el hermano se aburría iba al sótano y hacia montaje de fragmentos. Lo cual para mí es prueba de que el arte es un antídoto contra el aburrimiento. Cornell luego alcanzó fama como cineasta experimental. En Dickinson no había intención de ser conocida. Ella tenía un herbario, y su obra es como la versión escrita de su herbario. En sus cartas agregaba cuatro líneas sueltas que hoy son conocidas como sus Cuartetos. Hay en ellos la idea del arte como un juego, como resabio de lo infantil, de un mundo privado donde nadie entra.

P.: Los tres tienen intrigantes amores secretos, cama afuera.

M.N.: De Cornell nada se sabe. Tiene un área turbia. Su amor por las nenas pre púber, lo mismo que Lewis Carroll, que Mark Twain. Pedofilia sublimada. No eran de actuar. Era una fascinación por lo perdido. Por la infancia.

P.: ¿La lengua poética fue su forma de alcanzar la intimidad de esas vidas?

M.N.: Yo no sé bien lo que hago. Hay algo que se me dispara. En Cornell un fotograma de “The Children´s Trilogy”, película que vi en ese Anthologie Film Archives de Nueva York que creó Jonas Mekas, donde se ve pasar a una nena de 10 años desnuda sobre una caballo blanco. Una Lady Godiva nena. El impacto, fascinación, perturbación fue tan fuerte que fui a los archivos del cine y conseguí un fotograma. Empecé a tirar del hilo, y así salió “Elegía a Cornell” tratando de explicarme quién es esa nena, qué representa, qué hace en relación a su vida. Se me armó un collage donde los textos relacionados con la nena son parte de Cornell, y los demás son partes de la biografía.

P.: ¿Y en el caso de Emily Dickinson, de Satie?

N.: En el Archivo Dickinson de Harvard encontré un Lexicon donde están todas las palabras que usa ella en sus poemas. Algo muy loco, una lista exhaustiva de sus palabras. Empecé a subrayar las que más me resonaban. Y a partir de ahí empecé a escribir. Así salió “Archivo Dickinson”. En Satie me encantó la ironía de sus escritos. Me dio la posibilidad de explorar el humor. Después supe de los papelitos. El año pasado en París visité la Fundación Satie, y le dejé a Ornella Volta, musicóloga que conduce la fundación, mi libro “Objeto Satie”. Ella me habló de los papelitos donde Satie anotaba ideas y reflexiones que sus amigos encontraron tirados en el sucucho donde vivía. Al tiempo ella me escribe que le gustó mi libro pero que hay algunas imprecisiones en los textos de los “papelitos”. No es que había imprecisiones, es qué los inventé.

P.: ¿Lo suyo es partir de vidas, algo que ha hecho en ensayos?

M.N.: Hoy recordaba con mi hija que en mi departamento de Nueva York, junto al escritorio, había hecho un mural con fotos de mujeres poetas. Yo estaba escribiendo ensayos sobre cada una de esas mujeres preguntándome cómo habían hecho para ser a la vez poetas y madres, trabajar y escribir. Por eso me interesan las vidas. Algo que hago en “Cartas extraordinarias”, extraordinariamente apócrifas, con Salgari, Dickens, Twain, London, entre otros.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.N.: Terminé “Oratorio”, un libro de poemas. Y estoy en “La tristeza de leer”, un conjunto de textos en un va y viene por la poesía, las ideas, la autobiografía. Yo tengo la hipótesis de que en mi caso yo empecé a leer para protegerme.

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