24 de octubre 2006 - 00:00

A 25 años de su muerte, Neuquén homenajea a Berni

«Primeros pasos» (1937) de Antonio Berni, un artista reconocidoy admirado, al que el Museo Nacional de Bellas Artesde Neuquén rinde homenaje con una muestra al cumplirseel 25 aniversario de su muerte.
«Primeros pasos» (1937) de Antonio Berni, un artista reconocido y admirado, al que el Museo Nacional de Bellas Artes de Neuquén rinde homenaje con una muestra al cumplirse el 25 aniversario de su muerte.
Antonio Berni fue un artista reconocido y admirado, que no claudicaba en su mensaje combativo y apasionado sobre la condición humana ni tampoco en su búsqueda de formas nuevas. Por ello aceptó sin dudar cuando se lo invitó, en 1969, a la primera exhibición del Centro de Arte y Comunicación, «Arte y Cibernética», aún cuando debió entrenarse, como los demás expositores, en una nueva técnica. Su obra también acompañó a los artistas del Cayc (Testa, Maler, Grippo, Portillos, Bedel, Benedit y Marotta), en varias muestras europeas: en el Centro de Arte Camden de Londres; en el Espace Cardin de París -donde se hizo presente para dar una conferencia-; en el Centro Internacional de Cultura de Amberes; en el Museo de Arte Moderno de Ferrara; en el Museo de Arte Moderno Louisiana, de Humlebaek, cerca de Copenhague; en la Fundación Joan Miró de Barcelona; en la Academia de Bellas Artes de Berlín; en la Universidad de Nueva York y en la de Mineápolis.

Un hito en la convocatoria del gran artista que generó el arte político en la Argentina fue la muestra retrospectiva con 140 obras, organizada y expuesta en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires, entre julio y agosto de 1997, que tuvo 360.000 visitantes en un mes, récord absoluto en la más que centenaria existencia de ese Museo.

Al cumplirse veinticinco años de su muerte, Oscar Smoljan presenta una muestra en la sede del MNBA Neuquén que dirige, en el Parque Central (Mitre y Santa Cruz) de esa Provincia. Berni nació en Rosario el 14 de mayo de 1905, y murió en Buenos Aires, el 13 de octubre de 1981. Pintor autodidacta, realiza su primera muestra a los quince años, en 1920, y obtiene a los veinte el primero de sus premios, nada menos que en el Salón Nacional de Artes Plásticas -el sanctasantorum de la Argentina estética-, en 1925. Hace entonces el canónico viaje de estudios y trabajo a Europa: después de vivir unos meses en Madrid, se afinca en París, donde ha de permanecer durante un lustro.

Al postimpresionismo que lo había guiado hasta 1925, suceden en París una etapa postcubista y otra postfauvista. Pero es preciso señalar que Berni no imita: reinterpreta y recodifica. Sumado al grupo que lidera André Breton se vuelca al surrealismo a fines de 1929, dentro de una línea más afín a la de De Chierico y el incipiente Magritte. Vuelve a la Argentina un año después, y exhibe en 1932 sus obras surrealistas, que ha realizado en París y en Rosario. Pero esa exposición de óleos y collages es desechada por la crítica y el público. Abandona entonces, aunque «no del todo», según dirá más tarde, la orientación surrealista.

Es que, entre tanto, la Argentina ha entrado en una larga noche de tempestades políticas y convulsiones sociales, tras el golpe del 6 de septiembre de 1930-32. Los artistas daban cuenta del hombre alienado en un mundo -el europeo- al borde de la guerra; Berni advierte en la Argentina otra alienación y decide dar testimonio de ella, a partir de 1934. Se trata de la marginación desatada por la honda crisis económica de la década del '30, traducida en la miseria y el desempleo.

Surge así el Arte Político, tan ajeno a la propaganda ideológica como al adoctrinamiento partidario. «Si hay arte, no hay pancarta -razonaba Berni-; pero si no hay arte, la pancarta es burda y no sirve para nada; mejor dicho, llega a servir a lo contrario de lo que se propone». Sus obras no son pancartas: son obras de arte. Berni, hombre de izquierda, toma a la pintura como una militancia ética y así lo hará en adelante, a lo largo de casi medio siglo. Presenta a los desamparados, la vida popular, las diferencias sociales, las víctimas del abuso del poder y la violencia. En la década del '50, en busca de los olvidados en las provincias pobres del Norte argentino. Y en la década del '60, los encuentra en las villas miseria, esas comunidades precarias que rodean a la ciudad de Buenos Aires y aún se alzan dentro de ella, donde sobreviven las familias de los campesinos venidas del interior en procura de trabajo. Berni narra la subsistencia de estos migrantes a través de un niño-arquetipo: Juanito Laguna. Pero suma a su historia la de otra marginada, Ramona Montiel, una muchacha indigente que se lanza a la prostitución en los burdeles y cabarets de la gran capital.

Sin interrumpir las vidas paralelas de Juanito y de Ramona, Berni emprende, en la década del '70, una crítica aguda y llena de sarcasmo a la sociedad de consumo, poniendo el acento en la uniformización de los gustos y los hábitos, el acoso de los mass media, los mitos y leyendas de lo que el economista John Kenneth Galbraith denominó «la nueva opulencia», y, desde luego, el desvalimiento de grandes sectores humanos expulsados por las leyes del mercado.

En eso estaba cuando lo sorprendió la muerte. También es destacada su obra gráfica. Obtuvo el Gran Premio de Grabado y Dibujo en la XXXI Bienal de Venecia, de 1962 y en la VI edición de la Bienal de Liubliana, de 1965, recibió uno de los lauros y fue distinguida su obra El matador (101 x 52 cm, realizada en 1964), una xilografíacollage, sistema original del artista, que había crecido con él. Berni había aprendido las técnicas del grabado en París, en 1928, junto al poeta Max Jacob. Sin embargo, su obra gráfica empieza sistemáticamente en la década del '60, con motivo de la serie de Juanito Laguna y, sobre todo, la de Ramona Montiel.

Después de iniciar la serie de Juanito con tres telas, el artista decidió emplear el collage, utilizando residuos de objetos cotidianos y desperdicios industriales (latas, botones, arpilleras, clavos, espejos rotos, tuercas, restos de máquinas). Tales piezas, que Berni adosa sobre tablas de madera para añadir luego imágenes pintadas (estas obras fueron denominadas «óleo-collages» por el artista), formulan una equivalencia con los materiales empleados por los habitantes de las villas para hacer sus viviendas marginales. Con Ramona reitera las equivalencias, pero en este caso lo que Berni usa son elementos femeninos: sedas, pasamanerías, puntillas, bordados, encajes, fragmentos de cortinas y colchas, estampas populares, adornos domésticos, aunque también arandelas, piezas de Meccano y tornillos.

Es entonces cuando Berni se lanza a experimentar con el grabado, porque, dirá más tarde, «lo necesitaba para expresar ciertas ideas, formas e imágenes que me preocupaban».

Pero su obra gráfica no se detiene en sus personajes característicos. En la década del '70, Berni se vale de la xilografía para tomarle el pulso al mundo del armamentismo nuclear, a la América latina del atraso y las dictaduras, y a la Argentina (tenebrosa y represiva) de entonces: «Tragedia del Tercer Mundo» (1972), «La era post-atómica», y «Un niño murió en la explosión de la bomba», «El dolor de los soldados» y «Cámara de torturas» (1973), «Escuadrón de la muerte», «Los caídos», «Día negro» y «La violación en la oficina» (1974), son algunos de los grabados que desarrolla en esa época y que exhibe, con otros anteriores y posteriores, en sus grandes muestras de obra gráfica en 1977, 1978, 1980.

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