La actriz de moda en España Leonor Watling (derecha) es la verdadera protagonista de un
film que hace naufragar en un mar de clichés sus posibilidades de emocionar o divertir.
«A mi madre le gustan las mujeres» (Idem, España, 2003, habl. en español). Dir. y Guión: I. París y D. Fejerman. Int.: L. Watling, R.M. Sardá, M. Pujalte, S. Abascal, E. Sirova, Ch. Amado, A. Angulo, A. Mazo, X. Elorriaga.
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A diferencia de tantos films que muestran padres horrorizados, (amén de culpabilizados), cuando algún hijo se revela homosexual, en esta película es una madre la que declara un amor lésbico a sus tres escandalizadas hijas treintañeras. Así, directa y sencillamente, empieza «A mi madre le gustan las mujeres». El título de la película es el estribillo de una canción que la hija más liberal, o más hipócrita, interpreta sorpresivamente en un recital al que asiste toda la familia, incluido el ex marido de la madre, es decir el padre. Pasados pocos minutos de proyección, la novedad y la sencillez ya se convirtieron en lugar común y tontería.
En realidad, este film-manual de corrección política, parece más una excusa para el lucimiento de Leonor Watling, la actriz de moda en España desde que Pedro Almodóvar la convirtió en objeto de deseo en «Hable con ella», a punto tal que algunos afiebrados críticos españoles compararon este trabajo con «cualquier personaje de Woody Allen» y hasta con «el Travis Bickle de Robert De Niro en 'Taxi Driver'» (sic).
Ella, todo hay que decirlo, se esfuerza en ser graciosa o simpática o emotiva, pero naufraga en el mar de mohines que le permiten las directoras debutantes Inés París y Daniela Fejerman, y en las situaciones ridículas (pero nunca graciosas, no confundir) que le dedica el guión de las mismas realizadoras. A saber: para empezar, Elvira, su personaje, le grita «mi madre es lesbiana» a un desconocido del que se termina enamorando, no sin antes enloquecerlo con sus contradicciones; entretanto, confabulada con sus hermanas, trata de seducir a la novia de la madre para separarlas, pero termina sexualmente confundida, y cuando se lo confiesa a su analista, éste aprovecha para «meterle mano» (sic) en plena sesión. Y así sucesivamente.
• Prejuicios
Las dos hermanas de Elvira no son menos neuróticas, pero ocupan menos lugar en el argumento, y desaparecen a cada rato. Hasta que a la hora de ir redondeando, reaparecen para colaborar con el final feliz que puede resumirse en el triufo del amor por sobre todos los prejuicios. Curioso en una película tan prejuiciosa que prohíbe a la madre, cincuentona larga, (María Rosa Sardá) el menor intercambio erótico con su joven amante (que es checa, lo que propicia unas bonitas postales de Praga), pero se regodea en unas escenas de baile y un apasionado beso entre esta última y la bella y glamorosa Watling, en una búsqueda acaso inconsciente de cierta adhesión espúrea.
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