• Interesante debate se produjo a partir de los cuestionamientos del exfuncionario kirchnerista Axel Kicillof respecto de la actualidad de la industria automotriz. Ayer en este diario se reflejaron sus palabras y se brindó una interpretación distinta. Básicamente, el último ministro de Cristina de Kirchner criticó la caída de la producción durante el Gobierno de Cambiemos y el aumento de la participación de autos importados en el mercado interno. En el artículo publicado ayer se ponía en duda la solidez de esos cuestionamientos por quién era el que los formulaba tomando en cuenta su gestión. Argumentos sólo entendibles en el marco de las chicanas políticas y para el consumo de un público que siempre mirará la realidad con un ojo tapado. Para recordar algunos puntos, Kicillof asumió en noviembre de 2013 con una producción en alza y en sus dos años en el cargo la hizo caer 22% en el primero y 12% en el segundo. Que él señale al actual Gobierno por profundizar en 2016 un derrumbe que se inició en su mandato no parece razonable. Menos que lo haga con los números de 2017, cuando la producción frenó su caída. No creció, pero tampoco cayó salvo que un 0,1% de baja se tome como algo significativo. Qué decir entonces del 22% de 2014. Kicillof no mencionó un tema clave que lo eximiría de las críticas porque también le corre al Gobierno macrista. La baja de la actividad fabril no se debe a la impericia de unos o de otros, es porque Brasil dejó de comprar a la Argentina 300.000 autos por año por su crisis económica. Pero eso no entusiasman a las masas las declaraciones vacías pero rimbombantes, sí.
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• Otro tema que ataca Kicillof es que en 2017 hubo un récord de participación de autos importados en el mercado interno. Aquí también el exministro esconde a conveniencia una parte de la realidad. Se explicó en el artículo de ayer que en los últimos dos años se dejaron de fabricar en el país modelos de autos chicos como el Classic, el Clio y el 206 (que hacían volumen pero generaban pocas divisas) que están siendo reemplazados por producción de vehículos de segmentos superiores y más caros que serán producción y exportaciones en el mediano plazo. Pero es cierto que creció, de todas formas, la importación de 0km, también por la crisis brasileña, en donde sobran autos. Por eso en las próximas semanas las automotrices que están fuera de los parámetros establecidos para el intercambio comercial tendrán que poner garantías ante posibles multas. Lo curioso es que el mayor volumen de ese crecimiento se debió a los autos del segmento chico, especialidad de Brasil. En el Gobierno kirchnerista se produjo lo contrario. Nunca se vendieron en el país tantos 0km de alta gama o premium como en 2013, cuando con la brecha cambiaria del 70% entre el dólar oficial y el "blue" se subsidió la compra de los autos "para ricos". Lo mismo que el turismo al exterior. Cuando el ex ministro asumió -a fines de ese año- tuvo que poner un desproporcional impuesto a esos vehículos para frenar las ventas y, pocos días después devaluó por si no alcanzaba. La decisión de pasar de un esquema al otro en un brindis de fin de año no se debió a una cuestión ideológica (se trataría más bien de un caso extremo de esquizofrenia política) sino por una terrible crisis por falta de reservas. No podían seguir perdiéndose dólares. Si Kicillof plantea esas medidas como una lucha contra la oligarquía, corre por su cuenta y por quienes le crean. Fue por falta de dólares. En Venezuela, unos años antes, también se vanagloriaban por frenar la importación de autos. Tampoco fue ideológico, fue por falta de divisas. Y no pasó mucho tiempo para que las plantas que producían en ese país se quedaran sin insumos y cerraran. Así, el país caribeño terminó con un mercado de autos insignificantes. Sería -en un paralelismo dramático- como terminar con la pobreza matando a los pobres.
• En la Argentina, después de ese 2014 en el que se derrumbaron las ventas de autos importados, 2015 comenzó a sufrir las mismas consecuencias en los insumos. El 80% de las piezas que componen un 0km "made in Argentina" es importado. Esa falta de dólares obligó al Gobierno kirchnerista a restringir las importaciones de autopartes llegando al punto de que las fábricas tuvieran que parar sus líneas de trabajo o mendigar a las autoridades algunas divisas para pagar a los proveedores del exterior que, en algunos casos, dejaron de suministrar insumos. Así, el mercado de autos de 955.000 unidades que Kicillof recibió en 2013, lo transformó en su primer año de gestión en 687.000 y en 2015 en 644.000.
• Es lógico que, con todo lo explicado, la participación de vehículos importados fuera en ese entonces menor, pero no se llegó a eso por una política de Estado, por convencimiento o por cuestiones ideológicas. Fue la resultante obligada de un Gobierno que se había quedado sin dólares. Por eso resulta llamativo que el exministro lo tome como bandera. Pregonar que la calidad de un sector como el automotor, en un país como la Argentina, se mida únicamente por la mayor participación de vehículos nacionales es un tanto anacrónico. Años atrás ya se probó ese esquema de economía cerrada y la resultante fue una industria obsoleta, con modelos sólo para consumo interno y con grandes ganancias para quienes manejaran el negocio. El mejor ejemplo es la familia del actual Presidente de la Nación que desde SEVEL, comandada por Franco Macri, engrosaron su fortuna vendiendo vehículos que tenían escasa competencia. En eso Kicillof parece coincidir con el padre del Jefe del Estado, como chicaneó ayer este diario. Tanto las fábricas como el sector comercial generan empleo y, en un mundo globalizado, no se mide el éxito por el origen de los autos sino por la calidad de lo que se produce y la competitividad para exportar. Eso es lo que hay que evaluar.
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